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Jueves, 22 de Febrero 2018


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Escribe:José Quezada Macchiavello.- En el 2010, la Organización Mundial de las Ciudades (CGLU) aprobó una declaración sobre la cultura como cuarto pilar del desarrollo sostenible. Las políticas de desarrollo sostenible consideran por lo general tres áreas: la económica, la ambiental y la social. Sin duda acertaron cuando señalaron la incidencia de la cultura en los procesos de desarrollo. Se postula que existen presupuestos culturales que fundamentan y sostienen en gran medida dichos procesos, como son, por ejemplo, la creatividad, el conocimiento crítico, o la belleza.

El término sustentable se refiere a lo que puede sostenerse por sí mismo con razones propias e intrínsecas. El término sostenible se refiere generalmente a aquello que puede darse porque las condiciones económicas, sociales o ambientales lo permiten, o que se puede desarrollar sin afectar al medio ambiente, sin comprometer a las futuras generaciones, o sin perturbar a las poblaciones. Creo que es válido hablar de “sostenibilidad cultural”, de una “cultura sostenible”. Tal vez en la medida en que esta haga posible un desarrollo integral en armonía. Creo también que es pertinente hablar de una “cultura sustentable”, como aquella que tiene la capacidad de sostenerse en si misma por sus propios valores y arraigo. En ambos casos nos referimos a la cultura como algo dinámico y cambiante.

Pero también se puede hablar de una cultura insostenible, cuando esta compromete a las futuras generaciones y afecta la identidad, el sentido y la cohesión de una sociedad. Creo que la actual situación de la cultura en el Perú es esa: la cultura no es sostenible ni sustentable, aunque parezca otra cosa a primera vista, o un exceso de pesimismo apocalíptico de mi parte. El Perú contemporáneo no ha asimilado el legado de su historia. Permanentemente abre heridas, rompe sus cicatrices y alienta resentimientos absurdos. El patrimonio cultural, en el mejor de los casos, se concibe como un simple atractivo turístico, o como un motivo de orgullo sin mayor sustento.

De manera muy amplia, se puede calificar como cultura todo aquello que es creado por el hombre o por la sociedad, más allá de los valores que comporta. En ese sentido la televisión y los medios masivos difunden y promueven “cultura”. Y las acciones que realizan los medios de comunicación masivos en el ámbito cultural resultan teniendo mayor incidencia social que las que realizan las organizaciones oficiales, encabezadas por el Ministerio de Cultura, y esto es lamentable porque la “cultura” que promueven, por lo general los canales de televisión la radio y la prensa barata, es “anticultura” por antonomasia. Creo que es necesario explicar el sentido que le doy al término “anticultura”, distinto al concepto extendido, que se refiere a una postura intelectual, anárquica, que postula un rechazo y una negación de la cultura “oficial”, o acciones orientadas a romper con el establishment. Yo me refiero aquí a “anticultura” en un sentido axiológico –en el trasfondo de toda cultura hay unos valores, una idea del hombre, del sentido de la vida- como la difusión y promoción de valores y comportamientos perversos, que se imponen sobre los valores tradicionales de calidad, belleza y bien.

El estado no puede actuar para combatir la anticultura, y creo que tampoco es necesariamente quien tiene que actuar. Por un lado, el estado está atado a mitos como el de la libertad de expresión o libertad de prensa; por otro lado, si se soltara de estas ataduras, probablemente impondría autoritariamente una concepción ideologizada de la cultura. Esto ya lo vivimos en el Perú en el primer lustro de los años 70 del siglo pasado. Como todos los mitos, el de la libertad de expresión tiene algo de verdad, pero sin duda quienes más lo defienden son los que poseen los medios de comunicación masivos. La libertad de expresión es un privilegio, que felizmente la Internet está ampliando. Seguro que lo que yo escribo en esta columna, podría ser considerado contra la línea de muchos medios.

La promoción de los valores de la anticultura es un hecho real que obedece a una estrategia global de embrutecimiento y de estandarización cultural, que hace más fácil la penetración de ideologías que sustentan a enormes como nefastos intereses económicos, entre estos el mega-conglomerado que representa la industria del sexo y la de la violencia. La estandarización cultural facilita la estrategia de penetración. Los valores tradicionales resultan peligrosos enemigos. Aquella estrategia no está escrita en ningún lado, aparentemente nadie la formuló; pero no es necesario que esté escrita para que realmente exista, aunque lo nieguen precisamente quienes la promueven. Se dice que la mejor estrategia del maligno es hacer creer que él no existe, que el mal no existe.

Pero si nadie formuló la estrategia, cómo resulta convertida en una realidad y no es un fantasma creado por los denominados conservadores y moralistas a ultranza. La pérdida de los valores culturales y artísticos, y la del sentido del bien y la belleza, es resultado de la relativización que impera en el pensamiento moderno y postmoderno y que tiene una historia de varios siglos. La promoción de la degradación cultural, ética y moral, es un largo proceso que se ha acentuado más bien en la sociedad postmoderna alentado por grandes las “industrias culturales” (promotoras de la anticultura). Y está degradación cultural llegó por cierto hasta al culto religioso: la peor manera de hacer música, por ejemplo, posiblemente se escucha en las iglesias, no solo en Lima, sino en muchos países del orbe. El relativismo moral genera el permisivismo, sin duda. El relativismo estético genera una cultura del mal gusto, de la anti- belleza. Ambas posturas sustentan la cultura de la falsedad. Las ideologías están imbricadas y se sostienen unas a otras, al margen de la verdad: la ideología no es necesariamente verdad.

La estrategia a la que me refiero es resultado de una coincidencia de políticas establecidas en diversos foros. Está implícita en una enorme cantidad de documentos difundidos a escala mundial, plenamente asumidos por gobiernos, organismos no gubernamentales, empresas de medios masivos, instituciones educativas y entidades culturales de muy diverso carácter.

Todo aquello que signifique defender valores culturales tradicionales es férreamente combatido. Es “políticamente incorrecto” y en esto no hay tolerancia. Entonces la defensa del bien, la belleza y la verdad, como algo absoluto, resulta una postura “absolutamente incorrecta”. Es algo irónico, pero quizá esto es uno de los pocos conceptos absolutos aceptables en el ámbito de lo “políticamente correcto”. Quizá lo empresarios y los programadores de la TV basura (que existe en todo el planeta), o los editores de los diarios chicha en nuestro medio, no lleguen a tal nivel de conceptualización, pero están, sin la menor duda, configurados por la ideología del relativismo ético, moral y estético.

Lo que manda es lo que le gusta a la gente, lo que vende. La fealdad produce hábito como también la belleza. La gente consume lo que le venden. Es cierto que es más fácil vender basura en lo que a contenidos concierne. La libertad, por otro lado, es enemiga de la estandarización; en el fondo produce posturas críticas y diversidad de miradas y perspectivas.

Obviamente, no todas las expresiones culturales son valiosas, y simplemente por ser tal, expresiones o productos culturales, merecen ser protegidas, promovidas y conservadas. Desde la perspectiva del relativismo cultural y moral, no tendríamos porqué rechazar la antropofagia, o la manera como se trata a la mujer en el mundo islámico; o el cortarle el cuello al que no cree lo que uno cree; o la crueldad con los animales.

Hace poco tiempo relativamente, leí un artículo en Internet con un título muy atractivo “Dime qué música escuchas y te diré cómo eres”. Se refería a científicos de la Universidad de Cambridge (Gran Bretaña), que proponían que los gustos musicales son clave para indagar sobre la personalidad e incluso predecir la forma de pensar y comportarse de las personas. Un equipo de científicos dirigido por David Greenberg, al parecer ha demostrado que el "estilo cognitivo" de cada uno también puede influir en las preferencias musicales y, por tanto, sabiendo la música que uno escucha se puede saber más de esa persona . Creo que se puede invertir esta relación y plantear que la música que escuchamos puede afectar nuestra manera de pensar, e inclusive el desarrollo cognitivo, especialmente en el caso de los niños y adolescentes.

Entonces, la “sobre exposición” a Justin Bieber o a los centenares de exponentes de la música chatarra, embrutece sin la menor duda. Estoy seguro que muchos “intelectuales” considerarán políticamente incorrecta mi posición y postularán que es tan música Beethoven como Justin Bieber, que es cuestión de gustos y que no hay nada absoluto al respecto. Desde mi perspectiva los considero los mejores operarios y promotores de la anticultura. No es extraño que estos intelectuales coincidan plenamente con todas las posturas “políticamente correctas” de la sociedad contemporánea.

No están determinados, felizmente, los límites de lo bello, los límites de lo que es o no es arte; en ese sentido, la apertura crítica a todas las formas de creación musical, en un mundo en el cual todas las músicas de todos los tiempos son la música contemporánea, representan un ejercicio cognitivo excepcional y también un cuestionamiento y enriquecimiento constante de nuestra capacidad de establecer valores sólidos: sostenibles y sustentables.

(1) Dime qué música escuchas y te diré cómo eres Madrid Europa Press http://www.infosalus.com/salud-investigacion/noticia-dime-musica-escuchas-te-dire-piensas-20150723120408.html

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