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Jueves, 20 de Setiembre 2018


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Escribe: José Quezada Macchiavello- Muchos enfermos mentales acuden a los templos en busca de experiencias místicas y religiosas muy peculiares y de gente con quien compartirlas, inclusive en el confesionario. Sin embargo, obviamente, no todo aquel que acude a los templos o se confiesa es un enfermo mental.

Muchas personas vinculadas a la religión (y no solo a la católica) son intolerantes en materia de fe y de moral; practican el deporte de juzgar al prójimo y de rasgarse las vestiduras, muy frecuentemente por inseguridad y dudas sobre sus propias creencias. No toda persona religiosa, sin embargo, es intolerante, retrógrada o poco más que primitiva y fanática, como suelen calificar muchos intolerantes y fanáticos “anti-religiosos” a todo aquel que no cree como ellos. No estar a favor del matrimonio gay no significa ser homofóbico. Estar en contra del aborto no significa estar contra la libertad de nadie, sino a favor de la vida.

A mi hasta ahora no me han “abduccionado” los extraterrestres, no se me ha aparecido la Virgen, ni he tenido una revelación personal (la revelación ya concluyó), y voy al templo y escucho Misa. Mis experiencias místicas, o lo más cercano a ellas, se producen escuchando Música (Palestrina, Victoria, Bach, Mozart, Beethoven, Bruckner, Mahler). Soy católico pero como muchos católicos, soy absolutamente respetuoso de la manera de creer o no creer de la gente. Muchos de mis mejores amigos piensan y creen distinto a mí. No pierdo mi tiempo rasgándome las vestiduras por la moral y la conducta personal de nadie, en tanto no afecte la moral pública y genere escándalo. Creo además que la corrupción política es un problema moral bastante mayor que los relacionados al sexo, por ejemplo.

El fanatismo religioso, peor aun cuando se vincula a extremismos políticos, me repugna.

Expuesto todo esto, creo que tengo derecho a manifestar mi opinión sobre el tema terrible de las acusaciones contra Luis Fernando Figari y German Doig, dirigentes y fundadores del Sodalitium Christianae Vitae (SCV). Hay personas que me han manifestado que piensan que mi silencio sobre este tema, hasta el momento, obedece a un temor de hablar claro o a alguna forma de complicidad. Nada más falso.

No formo ni he formado parte de ningún movimiento religioso; no creo que lo haré tampoco en el futuro, más aún cuando he vivido así al menos los 2/3 de mi vida. Esto es una convicción personal y por una forma de ser: soy espiritualmente un libérrimo empedernido, casi inmanejable. Mis respetos y aprecio a mucha gente que sí forma parte de algún movimiento entre los diversos que se dan en la Iglesia Católica.

He conocido a muchos miembros del SCV en los últimos años, gente verdaderamente honesta y de irreprochable conducta moral. He trabajado durante algunos en una institución educativa del Opus Dei, sin ser parte del Opus De,i y conozco a gente de la Obra realmente valiosísima e intachable. He estado vinculado a personas de otros movimientos que van desde la llamada “derecha católica” hasta la denominada “izquierda católica”. Es cierto que lamentablemente en uno de los lados se han cobijado fascistas y neo nazis, como, en el otro, gente ultra que desembocó en el terrorismo. Pero eso no significa que los seguidores de la teología de la liberación sean poco más que semejantes en su creer y proceder a la gente del MOVADEF, o que todos los miembros del Opus Dei o del SCV sean nazis o algo semejante.
Desafortunadamente, desde el propio interior de la iglesia, los enconos entre los extremos llevan a propinar estas insólitas calificaciones a los que están al otro lado. Cabe recordar que la doctrina social de la iglesia no es una ideología política y admite en su aplicación en el campo político matices muy distintos, no ciertamente los extremos fanáticos y totalitarios.

No debe ser fácil para los seguidores de un movimiento religioso, gente de buena fe, encontrarse con que los fundadores llevaban una doble vida: habrá mucho que replantear y ya lo deben estar haciendo hace varios años. Guardando las distancias, en el Renacimiento hubo papas de execrable conducta, asesinos algunos de ellos, lo que no descalifica a la Iglesia, que tuvo en esos años también a verdaderos santos y virtuosos; como tampoco significa que el horror de haber enviado a Giordano Bruno a la hoguera o perseguido a Galileo descalifique a toda la Iglesia y nos lleve a no reconocer el aporte de científicos, pesadores y, sobre todo, el de seres humanos heroicamente bondadosos que dieron su vida por la fe y su amor desmedido al prójimo.

Sin embargo la verdad debe salir a la luz. Hay que saber pedir perdón, como lo hiciera San Juan Pablo II, por las atrocidades de la inquisición; y esto no es ironía: aunque hubieran pasado siglos. El perdón no devuelve nada de lo que el mal quitó, ni elimina el daño hecho, pero es un gesto imprescindible.

Personalmente no estoy en condiciones de decir si es verdad o no lo es, lo que se le imputa a Fernando Figari, y ni siquiera – al 100%- lo que se ha afirmado sobre German Doig, a quien el mismo SCV descalificó, después de haber propuesto llevarlo a los altares. Tampoco estoy en condiciones de afirmar que Pedro Salinas es un difamador ni mucho menos. A Figari y a Doig los conocí hace muchos años y confieso que Figari no me gustó nada, y que Doig más bien me resultó interesante; sin embargo eso no es más que una anécdota. A Pedro Salinas lo conozco y dudo que esté sirviendo a una causa maligna, sin embargo podría haberse equivocado. Se las ha jugado en todo caso.

Si las acusaciones contra Doig fueron ciertas, el juicio humano ya no le impondrá castigo alguno. Él está en el plano del juicio divino, que puede ser terrible. Las acusaciones contra Figari, sin embargo, de ser probadas y ciertas, merecerían un juicio humano y un muy severo castigo. Por otro lado, si esto fuera falso, Salinas estaría expuesto igualmente al juicio y castigo por la difamación.

Ante el juicio divino no hay nada que hacer, pero el juicio humano es en este caso imperativo y obliga a buscar la verdad, sean cuales fueran las consecuencias. El daño moral y psicológico que se hubiese perpetrado contra niños y jóvenes inocentes no admitiría de modo alguno nada menos que el más severo peso de la ley humana. En el ámbito divino queda el perdón y la infinita misericordia. Espero que la gente sensata del SCV y de la Iglesia, que es mucha sin duda, contribuya realmente a esclarecer la verdad y lo haga pronto, por el bien de todos y la salud de la Iglesia y la sociedad en general.

Tenemos la obligación moral de exigir que esto sea así.

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