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Martes, 22 de Mayo 2018


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Casta
Escribe: José Quezada Macchiavello.- El negro cimarrón era en la Iberoamérica en los siglos XVII y XVIII el esclavo que huía, rebelándose contra su situación y el sistema que lo oprimía. Los cimarrones se iban a vivir a rancherías en lugares poco accesibles y transitados, para escapar de quienes los querían recapturar. En Lima, en zonas como Huachipa o Carabayllo, se dice que hubo rancherías de cimarrones. Si un cimarrón fugitivo era capturado, los dueños le cortaban un pie para que no volviera a huir, o lo castraban y a las mujeres les amputaban los pechos. Aunque no se tiene datos que esto ocurriera con mucha frecuencia en el Perú, donde el esclavo negro no vivía en barracas sino en las casas de sus amos, y era considerado como un objeto de valor, de alto precio, que podía servir inclusive para ser empeñado, alquilado o dado en garantía.

En varios países hispanos “hacer la cimarra” es huir, es escaparse, es también “hacerse la vaca” o “tirarse la pera”. Cimarra es ausencia, huida. El esclavo rebelde que huía de la esclavitud, es por eso llamado cimarrón. La palabra cimarra o “zimarra” en italiano, viene de “zamarra” en español, que es una larga capa que usaban los clérigos en los siglos XV y XVI. Pero el zamarro es también el astuto, el huidizo, el pillo que quizá huye embozado en una zamarra. Zamarra, cimarra, cimarrón, no tienen relación etimológica con marrón, al parecer. Marrón es un galicismo (en francés es castaña) que equivale al color castaño o pardo (del latín pardus y del griego párdos, el color predominante del pelaje del leopardo o Panthera pardus). Más allá de la etimología, es curioso sin embargo: el cimarrón es un pardo que huye. Pero así como hay pardos astutos que se escapan, hay también los que se quedan en la marginalidad, que no pasan de la periferia de la ciudad y la sociedad.

Es interesante recordar los términos con los cuales se designaba a las mezclas raciales en la sociedad virreinal, todas las cuales tenían en común el color de la piel más o menos pardo; eran los pardos y marrones: mestizos (español con indígena), zambos (negro con indio) mulatos (español con negro). Y seguían otras designaciones, que hoy pueden parecer jocosas, para explicar lo que podrían ser mezclas raciales más complejas o compuestas: morisco (mulato con español), cholo o coyote (mestizo con indio); chino (mulato con indio); albino (español con morisco) saltapatrás (albino con español), u otras tan pintorescas como “Tente en el aire” o “No te entiendo”.

Al paso del tiempo, todo este conglomerado racial tiende a simplificarse como concepto, y también como una consecuencia de la continuidad y ampliación del mestizaje. En el Perú de los siglos XIX y XX se habla de negros, zambos, mulatos y cholos, ya no de tal variedad de matices como en la época virreinal. El zambo se confunde con el negro, el negro con el mulato, todos son negros, mandingas. El cholo es el mestizo, en realidad es el que tiene algo de inga y poco o nada de mandinga. Parece hasta aquí algo hasta cómico, sin embargo detrás de esta terminología se encuentra un problema muy grave: el racismo.

En el Perú republicano no hubo clases dirigentes, ni las hay todavía: hay clases dominantes y más aún, excluyentes. Y en el siglo XIX se formó una especie de supra clase que englobaba desde los más ricos hasta una clase media alta que vivía no más que modestamente, aunque guardando apariencias de distinción. Esta supra clase se definía más por una conciencia de quienes no eran, antes de quienes eran. Ellos no eran “los otros”, aquellos que tenían de inga o de mandinga; aunque a veces por allí algo -especialmente de mandinga- se camuflara. Crearon así un “nosotros” por oposición a los “otros”.
Al paso del tiempo, al iniciarse el presente siglo, quienes hoy se sienten el “nosotros”, evidencian haber perdido el pretendido espíritu aristocrático y nobiliario (conceptos distintos) que remedaba a Europa, particularmente a Francia, a fines del siglo XIX, sustituyéndolo por una ideología plutocrática y oligárquica reciclada, a partir de la cual estandarizan a “los otros” y replantean un concepto y reutilizan un término virreinal que engloba al cholo, al zambo, al mulato: los “marrones”, epíteto bastante más despectivo que cholo. Son aquellos que definitivamente no se acepta que estén en el juego; los que no son “nosotros”. La identidad racista por oposición persiste. Los marrones no son parte del proyecto. ¿Pero cuál es ese proyecto?. No parece siquiera existir en un país que mira permanentemente afuera pero por el lado equivocado, y no entra precisamente a la cultura universal sino a la simple globalidad, a través de las redes de TV, del cable.

Pero “los otros” jugaron su propio juego. Algo empezó a ocurrir y se hizo incontrolable: Ya no son los cimarrones que huyen, o los indios, los cholos y toda la variedad de “otros” que vivían en la periferia. Son los pardos que se quedan, los que se meten en el juego y se adueñan de este; de la cultura, la política y la economía, que dejaron de ser asuntos a tratarse exclusivamente en el ámbito y la perspectiva “entre nosotros”.

Sin embargo, hay unos espacios culturales -en realidad de una cultura de baja calidad- unos reductos, donde “los otros” no pueden entrar: la discoteca exclusiva, que nos es para marrones “color puerta”; las páginas sociales, de espectáculos y hasta las deportivas de ciertos diarios, exclusivas para los que forman el “nosotros”; o redes de TV con nombre en inglés que piden a sus reporteros que no traigan imágenes de “marrones”, y a sus editores que aparezcan solo blancos, no mostrar imágenes de gente marrón, porque no son el público objetivo: el NSE A y B. Esto es real aunque parezca mentira; hace pocos días he colgado en mi muro e Facebook un testimonio valiente al respecto de Anika Urrunaga, una joven periodista. Pero aunque los marrones del NSE C y D no son el tipo de gente que el “nosotros” quiere en casa, resulta que ahora los hay también en el NSE A y en el B, pero no se reconoce ni se acepta que formen parte del “nosotros”; son los llamados “nuevos ricos”, son los políticos que la hicieron, los narcos que se blanquearon; en todo caso, “se zamparon” en el NSE A y B.

Aunque la huachafería tiene algo de encanto, esa cultura huachafa que surge de un enfrentamiento racial entre un “nosotros”, ante o contra “los otros”, tiene que quebrarse, y radicalmente; eso debiera ser un objetivo nacional. Y no se trata precisamente de alentar “la otredad”, que muchos postulan por razones ideológicas, o por el negocio de reivindicar al excluido. Simplemente cambiaremos el lado de la mirada pero no la perspectiva. No se trata de que “los otros” se conviertan en un nuevo “nosotros” y viceversa.

No podemos seguir aceptando que hay “otros peruanos”, ciudadanos de segunda, o de tercera, distintos a los que forman el “nosotros”. Es imperativo crear más bien un “todos nosotros”, en el cual el origen étnico, el tono de la piel no defina nada; como tampoco el pedigrí. Muchos en el Perú viven aún el mito del árbol genealógico que no pasa de ser en numerosos casos, simplemente ginecológico.

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