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Lunes, 16 de Julio 2018


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Escribe: José Quezada Macchiavello.- Vivimos en una sociedad convulsionada, fragmentada, que pareciera complacerse en sus divisiones y jactarse de sus desencuentros: racismo encubierto y abierto, violencia, inseguridad, y una visión del mundo, la sociedad y el país que no pasa de sobrevivir hoy y alcanzar objetivos políticos y económicos inmediatos. Es penoso constatar la diferencia fundamental entre la visión de los políticos, a los que les preocupan las elecciones, y de los estadistas -escasos en el mejor de los escenarios- a quienes les preocupan las generaciones; esta diferencia fue percibida hace aproximadamente 150 años por Abraham Lincoln, pero hoy sigue siendo un problema grave en el Perú y como también a escala mundial.

En el mundo, por fanatismo o por intereses mezquinos de poder y de predominio económico, hay quienes no tienen el mínimo temor o escrúpulo de poner en riesgo la paz mundial y la propia continuidad de la humanidad. Siguen apareciendo sociópatas iluminados que discurren y guían a los pueblos por el camino de la cultura de la muerte. Los muertos en el planeta, por fobias étnicas, por fanatismo religioso y por los nacionalismos a ultranza, son cada día más. Los niños que mueren de hambre, a consecuencia del terrorismo o antes de nacer, abortados por egoísmo; las mujeres violadas como las mutiladas y asesinadas por razones pretendidamente «culturales y religiosas» parecieran ser cada vez más.

En este escenario trágico, ¿Qué podemos hacer los artistas, los músicos? ¿Protestar?, ¿Dejar de cantar, de tocar? ¿Componer y ejecutar obras que describan o de alguna forma reflejen el horror? También es posible reafirmar nuestra esperanza en la humanidad, nuestro compromiso y nuestro amor a la vida, confrontando contra lo que hoy es el mundo a la “gran música” que por siglos fue fruto de un mensaje de fe en el hombre, de asombro ante el misterio, del amor a la vida.

En el ámbito interno, es urgente transformar el perfil sociológico de nuestro país, cada vez más afectado por la delincuencia y la corrupción. Aquí hay niños que matan por cien soles. Pero la gran música es un instrumento excepcional para formar una sensibilidad en los jóvenes y niños que los fortalezca en el plano ético y moral, y los saque así del estado vulnerable al que están sometidos. Solamente los políticos oportunistas e inmediatistas, o los negociantes sin visión (me resisto a llamarlos «empresarios») son incapaces de percibir que la formación en la belleza es un arma poderosa para luchar contra la pobreza y las injusticias sociales. Basta recordar que el acceso a la belleza, que es además a una dimensión del ser, es un derecho y, por otro lado es una tremenda injusticia que existan miles de personas excluidas de acceder a dicho bien.

Podemos generar una verdadera rebelión, una revolución imparable de conciencia. Quizá bastaría con manifestar nuestra intención y nuestra convicción, con saber llegar a la más amplia comunidad posible en la aldea global y dejar que la música obre.

La misión no es simple y puede parecer ingenuo todo lo propuesto, a primera impresión; pero hay que hacerlo, es nuestra mejor y quizá única manera de trabajar por la paz y por el bien común, que parece muy poco común en el tiempo presente.

Hace 200 años Beethoven estaba componiendo su novena sinfonía. La estrenó el mismo año en que en Ayacucho sellamos nuestra independencia y empezamos a creer que somos libres, algo que es aún un proyecto. La novena sinfonía fue sin embargo un proyecto logrado en el ámbito estético y quizá político en un sentido trascendente. Es una obra que empieza en clave de dolor, de tragedia, que va pasando por el torbellino frenético de la falsa alegría, de la búsqueda, apasionada de un sentido que no se halla y que cuando se cree que aparece, se esfuma, se desvanece o se desploma; dramáticamente se pierde. Hasta que la gran respuesta se encuentra en la interioridad, en la contemplación del bien, la verdad y la belleza, hasta llegar finalmente a la conquista de la alegría, la alegría de quien conoce el dolor y quien ha tenido que luchar titánicamente por mantener una esperanza en la frase clave de la oda de Schiller, con la cual cierra su portentosa sinfonía: «Todos los hombres serán hermanos».

Más allá de las ideas e imágenes idealistas y románticas, el itinerario de la Novena Sinfonía es aun hoy realista. Y la frase que añade Beethoven, antes de iniciar el canto de la oda de Schiller, adquiere hoy un sentido aún más dramático: «O hermanos basta de estos sonidos». No son ya los de la música pura, los de la sinfonía clásica tradicional sin canto, sino, hoy, el terrible ruido del mundo, el grito de miles y millones, sin armonía, sin paz, sucumbiendo en la cultura de la muerte.

Escuchemos al gran sordo: Votemos por Beethoven. Y dejen que los músicos hagamos lo nuestro; es más, cooperen con ello, y verán los resultados. Precisamente ante la urgencia es menester apostar al futuro o sucumbiremos en el presente. Quizá no evitaremos hoy un solo muerto con la Novena Sinfonía, pero seguramente, insistiendo con ella, con su mensaje y con el de muchas obras maestras, podemos lograr la transformación de la conciencia y de la vida de las personas de las futuras generaciones, y que se comprometan con la paz; algo que la pacificación impuesta por las armas y las derrotas militares no alcanzará. Hay que ponernos «a tempo» ahora mismo.

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En este enlace de You Tube se puede apreciar la Novena Sinfonía de Beethoven dirigida por el Maestro José Quezada Macchiavello en la Catedral de Chiclayo el año 2012

https://www.youtube.com/watch?v=xpxtCYsgrTc

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