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Miércoles, 21 de Febrero 2018


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Escribe: Primo Siena.- La hostilidad que el cristianismo encontró en ese largo período, no se transformó en normas amparadas explícitamente en una prohibición jurídica, siendo ajena a la mentalidad del romano el recurrir al derecho para reprimir una religión extranjera.

La represión del cristianismo, incluso en los períodos persecutorios más violentos, se manifestó con medidas policiales y de orden público, motivadas principalmente por el rechazo de los cristianos a practicar el culto divino a la maiestas imperial. En estas medidas policiales, el cristianismo era reputado como una superstitio; esto es: una corrupción del concepto religioso vigente en Roma, donde la religión presentaba un carácter social público enmarcado en una tradición nacional, mientras que el cristianismo primitivo - como hemos ya visto - era generalmente considerado en Roma un culto individual de carácter privado, con rasgos de fanatismo que se contraponían a la moderación y a la racionalidad del sentido religioso derivado de la antigua tradición romana.

Los cristianos, en cambio, desde un principio se preocuparon de manifestar su respeto hacia las autoridades del imperio: "Estamos sometidos a toda institución humana por amor del Señor" afirmaba Pedro desde Roma; y Pablo en su famosa Epístola a los Romanos (57 d.C.) recomendaba: "Toda persona debe someterse a las autoridades superiores, porque no hay autoridad si no de Dios; y aquellas que existen han sido ordenadas por Dios. Por lo tanto quien se rebela a la autoridad se opone al orden establecido por Dios. Los magistrados no son temidos por quienes obran bien, sino por aquellos que abran mal. ¿No quieres temer a la autoridad? ¡Obra bien y serás alabado!".

Esta epístola de San Pablo, considerada como su testamento espiritual, ha sido interpretada en clave escatológica: el destino de los cristianos es la ciudadanía celeste, siendo transitoria la presencia cristiana sobre la tierra. Pablo exhorta, por lo tanto, al respeto de las autoridades políticas terrenales porque en el orden cósmico el principio de autoridad proviene de Dios, quien ha otorgado el poder a las autoridades (exousiai) para la tarea específica de practicar el bien, pero no en el sentido teológico de la salvación eterna, sino simplemente en el sentido jurídico de acatar la ley para respetar el orden natural proveniente de Dios.

El resentimiento popular hostil a los cristianos, suscitado por los neronianos entre la población romana, estimuló a los intelectuales de la sociedad culta, más sensible hacia la conciencia nacional, a considerar el cristianismo como superstitio nova, prava y maléfica, términos que se usaban para definir toda novedad religiosa extranjera perversa (prava) y nociva (malefica) sólo por el hecho de ser ajena a la ancestral tradición religiosa romana. Ya en la época de Domiciano, la motivación esgrimida para perseguir a los cristianos era aquella de impiedad establecida en el Institutum Neronianum, cuyo fundamento básico era: Ut christiani non sint (esto es: "No está permitido ser cristiano"). Desobedecer a tal criterio - a pesar de que nunca se codificó come una ley escrita - significaba ponerse afuera de la comunidad cívica y religiosa de los romanos; es decir: ser impíos y merecedores del máximo rigor previsto por una culpa de tipo religioso, pero no político.

El culto al Dominus Imperator y a la Diosa Roma dispuesto por Domiciano y el esmero cortesano de su funcionarios en el imponerlo, especialmente en la provincias orientales del Imperio, habían provocado la protesta solemne y vehemente contenida en el Apocalipsis del apóstol Juan hacia la nueva Babilonia identificada en aquella Roma dominada por la dos bestias, la que sale del mar y la que sale de la tierra: representación simbólica del carácter demoníaco del poder político [6].

El historiador italiano Giorgio Jossa, supone que "las improvisas calamidades y adversidades" mencionadas en una "Carta de Clemente romano a los cristianos de Corinto" constituyan una referencia indirecta a la represión sufrida en el tiempo de Domiciano. En esta carta el autor, después de haber invocado de Dios paz y concordia, solicita obediencia hacia todos aquellos que "nos mandan y guían sobre la tierra", en el presupuesto que la autoridad y el mando fueron otorgados por Dios; actitud que induce al historiador italiano ya mencionado a entrever un tentativo de Clemente Romano (representante autorizado de la iglesia cristiana) de acreditar una evaluación positiva de la dinastía Flavia en razón de la sustancial tolerancia demostrada por ella, con la excepción de Domiciano, hacia el cristianismo [7].

En la misma carta, el autor exhorta a la comunidad de Corinto, angustiada por luchas y polémicas internas, a la armonía social (homonoia), poniendo como modelo la jerarquía de las legiones romanas. Es interesante destacar que este documento, donde aparecen oraciones por los gobernantes imperiales, fue incluido en las colecciones del Nuevo Testamento de muchas iglesias antiguas.

Esta actitud no debe parecer extraña en el ámbito cristiano, puesto que en la defensa de la nueva fe, los apologista cristiano del II° y III° siglo no manifiestan rasgo alguno de rebelión (stasis) al imperio y de oposición al emperador; ellos sólo arguyen una justificación del rechazo al culto imperial exponiendo el derecho de los cristianos de adorar a su Dios. Se trata de una defensa del cristianismo donde se ilustra al poder político romano la ventaja que ofrece el monoteísmo cristiano: un solo Dios omnipotente resultaba más poderoso y conveniente que una corte de dioses ocasionalmente borrachos y litigiosos entre sí.

Ya en el Apologeticum 24 de Tertuliano, se asoma la motivación fundamental que postula la posible conjunción de la Iglesia cristiana con el Imperio, en un encuentro providencial del monoteísmo con la monarquía imperial [8]. Argumento, este, que aflora además en el Dialogo con Trifón del apologista Justino (160 d.C.), donde el autor, hijo de un funcionario imperial en Efeso, cuenta su itinerario al cristianismo desde la filosofía griega.

Para Justino el cristianismo es la manifestación plena y visible del logos que se hace presente de modo misterioso en la humanidad ya antes de la encarnación de Cristo, esparciendo sus semillas no sólo entre los judíos, sino entre todos los hombres, incluidos los mejores filósofos y legisladores de Grecia y Roma.

Según Justino, el cristianismo es la culminación de un largo trayecto de la humanidad, iniciado tanto en el Antiguo Testamento como en la filosofía griega y en el derecho romano.

La adhesión a la fe cristiana no implica, entonces, la renegación de la tradición romana, puesto que, aclara Justino, nomos y logos, tradición y razón, pertenecen también al cristianismo.

Pero, siendo que en el mundo anterior al cristianismo Satanás había prevalecido, se hace necesaria la encarnación, la muerte y la resurrección de Cristo Jesús para restituir logos y nomos al reino de Dios.
En este marco teológico Justino reconoce al imperio romano una función específica de salvación. Puesto que lo romanos son inocentes de la sangre de Cristo, Roma aparece como un instrumento de la voluntad de Dios; esta se hace visible en la coincidencia entre la expansión del imperio y la encarnación de Jesús, hijo de Dios.

Una pugna intelectual con el filósofo cínico Crescencio, es causa del martirio de Justino; quien es ejecutado junto a seis compañeros, bajo la prefectura de Junio Rústico (165 d.C.).

En la vertiente opuesta, la opinión dominante de la cultura romana sobre los cristianos se encuentra en los escritos de Tácito (55-120), Plinio el Joven (61-114) y Suetonio (69-160). El primero reputa que la religión cristiana es una superstición exitiabilis (esto es: perniciosa, funesta); el segundo la define prava (perversa) y el tercero la califica de malefica. Suetonio, además, agrega como elemento negativo del cristianismo el ser un culto nuevo (superstitio nova). Tácito, a su vez, considera que los cristianos son hostiles a la convivencia humana y por consiguiente culpables de odium humani generis; esto es: practicar su religión en lugares no públicos, reservados y talvez ocultos.

Es evidente, aquí, que Tácito olvidaba un hecho fundamental: la hostilidad hacia el cristianismo estaba impidiendo que el culto cristiano fuera practicado en público, mientras que las persecuciones obligaban a los cristianos a organizarse como una iglesia domestica, a refugiarse en las catacumbas o a ocultarse en otros lugares.

Plinio, de su parte, en su famosa carta al emperador Trajano (112 d.C.)

cuenta de haber averiguado en los interrogatorios que los cristianos se reunían en la madrugada de ciertos días para cantarle a Cristo come a un Dio (quasi dios), para tomar alimento común en forma inocente, obligándose además a no cometer delito alguno (robar, rapiñar, mentir, cometer adulterio). El procónsul de Bitinia admitía así, de modo indirecto, la inocencia de los cristianos.

Las definiciones adversas hacia el cristianismo de Plinio el Joven, Tácito y Suetonio atestiguan un cambio con respeto a la época de la Dinastía Flavia, cuando la actitud anticristiana de Domiciano había encontrado un consenso escaso entre la opinión pública.

Pero, al mismo tiempo, la carta de Plinio a Trajano y el rescrito del emperador nos atestiguan que no existía hasta aquel momento una ley general de proscripción de la religión cristiana en los territorios del imperio romano. En contra de los cristianos se podía utilizar sólo lo ius coërcitionis, atribuido como poder policial a los gobernadores romanos de las provincias [9].

En efecto los gobernadores imperiales hicieron largo uso de la discrecionalidad en aplicar sus facultades en materia de jurisdicción criminal durante los procesos abiertos en contra de los cristianos acusados ante los tribunales romanos. Esto resulta en un trozo de Ad Scapulam de Tertuliano, documento donde se cita la conducta de varios gobernadores africanos como distinta de aquella del procónsul Scapula, quien había tenido una rigurosa actitud represiva hacia la religión cristiana.

Como bien nos aclara Marta Sordi en la obra "I cristiani e l'impero romano", que hemos citado, los emperadores romano estaban convencidos de que el cristianismo no constituía un peligro político. El único delito de los cristianos consistía en rehusar el culto hacia los dioses paganos del imperio, lo que los exponía a la acusación de ateísmo y de otras culpas consideradas tenebrosas o infames, como los flagitia citados por Tácito, no siendo el cristianismo reputado culto lícito hasta la época de Galieno, como - en cambio - lo era el judaísmo desde los tiempo de César.

Considerando que, después de Nerón y Domiciano, el culto imperial ya no era impuesto, la acusación de no practicarlo elevada en contra de los cristianos constituía un pretexto patente para acusarlos de deslealtad hacia el imperio y justificar así la persecución de ellos. Además el ser cristiano fue siempre considerado una culpa individual (superstitio illicita) de carácter religioso, pero el cristianismo nunca fue mencionado por las autoridades imperiales como iglesia, lo que habría comportado su condena como collegium illicitum.

Se dio entonces una curiosa situación: mientras que los paganos intransigentes presionaban a las autoridades imperiales para obtener un mayor rigor hacia los seguidores del cristianismo, los cristianos mismos, relevaban la contradicción insita en la actitud hacia ellos y mediante escritos dirigidos a los emperadores, reiteraban la lealtad del cristianismo hacia el imperio.

Tal situación continuó hasta la llegada al poder de Marco Aurelio; quien confundiendo el entero cristianismo con la herejía montanista, que había asimilado el espíritu rebelde del judaísmo del I° e II° siglo, estimulando actitudes en contra del imperio y de la sociedad romana en busca del martirio, lo indujeron a levantar la prohibición de perseguir de oficio a los cristianos, emitida por Trajano, permitiendo la búsqueda oficial de los "sacrílegos", como entonces ellos eran considerados.

El rigor de Marco Aurelio se atenuó en los últimos años de su gobierno. Influido por la reacción de los apologistas cristianos Melitón, Atenágoras y Apolinares, el emperador pidió a los cristianos de respaldar la lealtad profesada hacia el imperio con una colaboración abierta, abandonando la clandestinidad que nunca fue una libre elección de ellos, sino una necesitad causada por las persecuciones.

Esto acaecerá bajo el reinado de su hijo Cómodo, cuando la iglesia cristiana sale a luz pública pidiendo la propiedad de sus cementerios y de los lugares de culto y reunión, puestos hasta entonces bajo la protección de la propiedad privada.

Devenida religio licita bajo el gobierno de Galieno, los cristianos eminentes, comprometidos en cargos de la administración imperial o del ejercito, están explícitamente exonerados de rendir culto a los dioses paganos; el cristianismo goza entonces de cuarenta años de paz, interrumpidos improvisamente por la persecución feroz de Diocleciano; persecución que fue detenida en Occidente después de la dimisión del co-emperador Maximiano y suspendida en el resto del imperio por el emperador Galerio. Seis días antes de morir por un cáncer en la garganta, este emperador emanaba desde Sárdica (311 d.C.) un airado Edicto donde deploraba la obstinada locura de lo cristianos en rehusar a la religión de la antigua Roma; reconocida además la inutilidad de las persecuciones en contra de ellos, que en lugar de amedrentarlos los habían fortalecidos, declaraba tolerado públicamente su culto y los exhortaba a rezar a su Dios por la salud del emperador.

La iglesia cristiana, obligada por largo tiempo a la penumbra de las catacumbas, sale definitivamente victoriosa a la luz de las catedrales, bautizando en el sol de la Verdad la antigua celebración del Natalis Solis Invicti como la fiesta solemne de la Natividad de Jesús, fijada el día 25 de diciembre.

Estaba concluyéndose, así, la larga y contradictoria relación entre el imperio romano y el cristianismo después de más de dos siglos, durante los cuales la clase dirigente romana había intentado, por las buenas y por las malas, de absorber a los cristianos en el tejido social de la civitas romana. Sin embargo, el resultado conclusivo había sido aquel de una gradual pero radical transformación de la civitas misma en un sentido cristiano. Tal trasformación culmina con la ascensión al poder de Constantino que inicia un intenso proceso de romanización del cristianismo asumido como religión universal (católica) del imperio.

[6] Es esta la tesis de GIORGIO JOSSA, I cristiani e l'impero romano. Da Tiberio a Marco Aurelio. Carocci Ed., Roma 2000. Cap. 2°: "I cristiani e l'impero nell'etá dei Flavi - La persecuzione di Domiziano", pag.73-82.

[7] G.JOSSA, Obra cit., pag.82-85.

[8] En su Apología, Tertuliano (antes de inclinarse hacia una versión moderada del montanismo) afirma que los cristianos rezan a Dios para obtener: "Imperium segurum, exercitus fortes, orbem quietum" (Apol. 30, 4), agregando - para contestar a las acusaciones de los paganos intransigentes - que: "Noster est magis Caesar a nostro Deo constitutus "(Apol. 33, 1).

[9] Esa es la tesis de J. MOREAU, La persecuzione del cristianísimo nell'impero romano (ed. italiana), Brescia 1977.

[10] Véase al respeto: SILVANO PANUNZIO, Metapolítica.La Roma eterna e la Nuova Gerusalemme (dos tomos), Ed. Volpe, Roma 1979.

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