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Lunes, 22 de Octubre 2018


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edicto
Escribe: Primo Siena.- La tolerancia religiosa del edicto de Sárdica, otorgada a regañadientes por Galerio in articulo mortis a quellos irreductibles cristianos, es enaltecida como libertad religiosa dos años después en el Edicto de Milán (313).

Este fue emitido por Constantino "Para dar a los cristianos y a todos los demás el poder de seguir la religión que uno quiera", como recita en latín el documento imperial: Ut daremos et christianis et omnibus liberam potestam sequendi religiones quam quisque voluisset.

"Así, pues, continua el Edicto, hemos promulgado con saludable y rectísimo criterio esta nuestra voluntad, para que ninguno se niegue en absoluto la licencia de seguir o elegir la observancia y religión cristiana. Antes bien sea lícito a cada uno dedicar su alma a aquella religión que estimare convenirle".

Marta Sordi destaca, al respecto, que el Edicto de Sárdica, firmado por Galerio, concede el perdón imperial a los cristianos a pesar de su obstinación en confesar a su religión, mientras que el Edicto de Milán emitido por Constantino resalta la libertad espiritual de todo ser humano, ensalzando el valor de la conciencia que profesa su fe religiosa.

Se trata de un vigoroso y hasta imprevisto salto adelante, debido a un misterioso y desconcertante evento que había precedido la victoria conseguida el 28 de octubre de 312 por Constantino sobre su oponente Maxencio en la batalla de Saxa Rubra, localidad en la ribera derecha del río Tiber, cerca de Puente Milvio.

Constantino, proclamado "Augusto" por las legiones romanas de Galia, después la muerte de su padre (el "Augusto" Constancio Cloro) en el 306 d.C., debió enfrentarse a Maxencio quien reclamaba para sí el titulo imperial. La noche anterior a la batalla de Ponte Milvio, tuvo una visión reveladora. Come nos cuenta Eusebio de Cesarea, quien será después consejero eclesiástico del emperador, Constantino vio en sueño la cruz de Cristo resplandecer sobre el disco del sol, mientras que una voz misteriosa le prometía: In hoc signo vinces. Por eso, aseguran los historiadores, durante la batalla los legionarios constantinianos, ostentando sobre su lábaro y sus escudos una cruz con el monograma cristiano, desbarataron a las huestes adversarias y el mismo Maxencio murió ahogado en las aguas del Tíber.

Comentando su victoria a un gobernador de África, Constantino escribirá: "He aprendido que el Dios cristiano castiga aquellos que lo ofenden y premia quienes lo sirven".

El sueño, como también el apologista Lactancio refiere, indujo a Constantino, seguidor del culto solar como lo había sido su padre Constancio Cloro, a reconocer en el Sol, summus deus con muchos nombres, al Dios de los cristianos: un Dios omnisciente y omnipotente, Dios Único que superaba y sustituía al Olimpo de los dioses paganos. Constantino entonces buscó en Él la suprema salvación del imperio de Roma.

El hecho que después del edicto de Milán, Constantino no haya renunciado formalmente a su cargo de Pontifex Maximus, que permitiera a sus legionarios continuar en los cultos paganos por ulteriores diez años, que hubiera grabado en sus moneda el monograma cristiano, pero manteniendo en la otra cara el símbolo del sol, que fuera bautizado poco antes de su muerte; todo eso ha inducido varios comentaristas a deducir que su conducta hacia el cristianismo estaba inspirada por una aptitud de conveniencia política. Esto es: utilizar la religión cristiana para establecer una sola ley, un solo emperador, una sola religión uniformada en lo máximo posible, para todos los hombres libres del imperio. Pero los hechos consumidos desmienten la hipótesis de una hipocresía política constantiniana.

Constantino celebra su victoria sobre Maxencio ascendiendo al Capitolio, pero sustituye la ceremonia del triunfo con aquella del adventus, sin dar gracias al dios Júpiter Optimo y Máximo y compartiendo además la publica laetitia con el pueblo y el Senado. De aquel momento opera en él, por instinctu divinitatis, la gracia de la conversión cristiana, mientras que culmina un dúplice proceso por parte de los cristianos: la aceptación de la tradición política y militar de Roma y el contemporáneo rechazo de su tradición religiosa, como queda grabado en el arco triunfal elevado en su honor (315).

La práctica del buen gobierno transitaba así misteriosamente desde el nivel social a los espacios de una "metafísica de los principios", elevando la política a las cumbres de la metapolitica, concebida en la dimensión escatológica de "ciencia de los fines últimos" [1].

En efecto, después de haber unificado en su persona el poder político supremo, en el año 325 Constantino convoca en Nicea un concilio cristiano ecuménico para enfrentar y resolver la cuestión teológica provocada por Ario, obispo de origen líbico, quien sostenía ser Cristo, segunda persona de la Trinidad divina, homooios (es decir: símil) y no homooúsion (esto es: consustancial) a Dios Padre.

El concilio de Nicea sanciona como herética la interpretación arriana de la doctrina trinitaria, confirmando la fe cristiana según el símbolo apostólico acogido en el Credo como todavía lo conocemos.

Al respecto, Marta Sordi observa con agudeza: la conversión de Constantino, antes que la del hombre tocado en el corazón, fue en primer lugar la conversión de un emperador que reconoció públicamente la fuerza del cristianismo proveniente de la verdad de su Dios; pero esto no avala algún cálculo político o militar suyo, siendo que en aquella época los cristianos eran todavía una minoría en todo el imperio, especialmente en Roma, y el poder cultural estaba en las manos de los paganos.

En la visión de Constantino, como se lee en el relato de Eusebio, "el Dios con muchos nombres" asume el nombre y el símbolo de Cristo. Esto explica, según Marta Sordi, porque Constantino haya mantenido hasta el año 320 el símbolo del sol en sus monedas, habiendo percibido su conversión al Cristianismo no como la renegación de una religión falsa, la solar, sino como la superación cristiana de una religiosidad incompleta.

La motivación profunda de la conversión de Constantino es, entonces, de haberse convencido que el Dios cristiano non sólo era el más fuerte, sino que el Verdadero y Único.
Apoyándose en la ayuda divina del Dios único predicado por el cristianismo, Constantino restaura la pax deorum y restablece la alianza con la divinidad. Él contribuye, así, a definir la esfera de libertad de las conciencias y a conservar al mismo tiempo la religión como fundamento del Estado, según la antigua tradición romana; esto es: romanizar al cristianismo. Pero el acaecimiento fue posible porque siglos enteros de historia romana prepararon y nutrieron aquel misterioso y providencial evento, ya grabado en el arquitrabe de una antigua casa patricia, ubicada en el cerro Esquilino en la era de Augusto, donde se leía: "La Mens Divina ha escogido el lugar más propicio para que la Urbs extendiera su dominio a todo el Orbis".

El 26 de febrero de 1937, recordando aquella inscripción vista en sus años mozos, el cardenal de la iglesia católica Ildefonso Schuster, siendo arzobispo de Milán, así comentaba: "En los consejos arcanos de la Divina Mens - como decía el epigrafista del Esquilino - o mejor de la Divina Providencia como decimos nosotros los Cristianos, estaba dispuesto que la universalidad del Imperio romano fuera la condición o el clima histórico más propicio para la fundación de otro imperio espiritual, imperio de verdad y de bondad que en Roma misma tenía que suceder para ampliar aquel de Augusto. Todavía hoy en día, en virtud de la Iglesia Católica, el Imperio romano, después de dos mil años no ha terminado, porque la Divina Mens le aseguró en el tiempo y en el espacio los límites de la eternidad. Esto es el sentido preciso y religioso recogido en el título clásico de Ciudad Eterna atribuido a la Urbe Roma" [2].

En ese mismo sentido, en la mitad del siglo pasado un eminente romanista como Guido Manacorda afirmaba: "Si en el curso de la historia hay una concepción que amerita de ser definida precristiana, puesto que el catolicismo significa universalidad, esa es la romanitas" [3].

El vocablo Romanitas es usado por primera vez -aclaraba aún Manacorda- por el apologista cristiano Tertuliano, quien en un librito del III° siglo d.C., escribía: "Romanitas omnia salus" (en la romanidad hay salvación para todos).

En la romanitas, enseñaba Manacorda, están resumidos tres elementos peculiares de la civilización: la dignitas, la gravitas y la maiestas. Mientras que los griegos presentaban al hombre nudo para distinguirlo de la divinidad, los romanos vestían a la persona con la toga para adornar la dignitas humana con la gravitas y la maiestas: virtudes, estas que serán atestiguadas heroicamente por los cristianos de cara al martirio durante las persecuciones.

Otra característica precristiana de los romanos es su profundo sentido de la pietas dirigido en cuatro direcciones: hacia la familia (pietas erga parientes), hacia la patria (pietas erga patriam), hacia los muertos (pietas erga mortuos) y hacia los dioses (pietas erga deos).

El mito romano por excelencia, pues, es aquel del Pius Aeneas: el combatiente troyano que deja su patria destruida llevando consigo los "lares" familiares, el joven hijo y cargando el viejo padre; esto es: el mito del miles pacificus que puede aparecer algo contradictorio en un pueblo como el romano, considerado belicoso según cierta retórica historiográfica superficial, mientras que la investigación histórica seria va restituyendo al hombre romano su característica de vir pacificus, concepto muy lejano de aquel de "pacifista" como especialmente hoy este mismo vocablo es entendido.

En textos de Cicerón, Tito Livio, Suetonio, Floro encontramos la definición de la guerra como bellum iustum ac pium; esto es: el recurso a las armas debe ser autorizado no sólo por el derecho, sino que no puede prescindir de la voluntad divina. De aquí la preocupación romana "de poner, especialmente por motivos religiosos, obstáculos rituales al efectivo inicio de las hostilidades bélicas, para conceder a los adversarios limites razonables a su reflexión" [4]. Por eso, los actos de guerra empezaban sólo después de haber invocado el dios Júpiter y el curso de las hostilidades bélicas estaba puesto bajo la protección del dios Marte (dios agreste y no sólo dios de las armas), cuya facultad era la de restaurar el orden violado por la guerra.

Pero la religiosidad ancestral de la romanitas asignaba una especial atribución al dios Jano Quirino, indicado por Ovidio como la divinidad más antigua y eminente del Panteón romano. Jano era invocado en las plegarias antes que Júpiter, por ser considerado guardián del universo, dotado del poder de abrir y serrar todo, de escrutar en el mundo interior y en el exterior, puerta (ianua) de los dioses y de los hombres, del "Principio" y del "Fin", símbolo de la ambivalencia universal que contempla en conjunto el día y la noche, el pasado y el futuro, la guerra y la paz. De aquí su representación de Jano bifronte: una ambivalencia que guarda en sí misma el misterio de la unidad prodigiosa del axisis mundi.

Por eso las puertas del templo de Jano, orientadas respectivamente hacia oriente y hacia occidente, mientras que estaban selladas en tiempos de paz, se abrían en caso de guerra indicando simbólicamente que las legiones de Roma marchaban en la justa dirección; es decir: que las armas actuaban no por arbitrio, sino por derecho.

La historia del mito nos aclara que los romanos importaron desde Grecia el culto de Istía, en Roma denominada Vesta; pero con esa diferencia: para los griegos Istía se limitaba a proteger el fuego domestico, en cambio en Roma el fuego domestico de Vesta abarcaba un sentido universal, extendiéndose de la "securitas domus" a la "aeternitas imperii". Si el fuego de Vesta se apaga, para el romano no se disgrega sólo la familia, se extingue la universalidad polifónica del imperio.

El voto de castidad virginal de las Vestales, tiene entonces un significado muy profundo en la sociedad patriarcal romana fundada sobre un solidísimo concepto de la familia. Por eso ellas, que asumían el apelativo de "Virgo Mater", renunciaban a la maternidad familiar para asumir la "maternitas imperii"; esto es: la maternidad del imperio, simbolizada en el privilegio de ser escoltadas por los "lictores".

Toda la liturgia ancestral de la romanitas parece preparar el camino para el mensaje providencial cristiano, incluso cuando el espacio religioso del imperio es invadido por cultos extranjeros, como es el caso del mitraísmo introducido en el espacio romano alrededor de los años 70 d.C., por los legionarios que servían en las fronteras orientales del Imperio.

El culto de Mitra, cuyas raíces remontaban en la prehistoria indoeuropea, estaba ampliamente difuso en las legiones romanas ya a finales del siglo II°.

El mitraísmo declaraba la inmortalidad del alma, un futuro juicio y la resurrección de los muertos, en sorprendente analogía con la creencia de los cristianos y que nos permite entender el hecho que hasta el apologista Tertuliano hubiera transitado al cristianismo desde el mitraísmo donde se había iniciado cuando joven. Su estructura jerarquizada atrajo luego al mitraísmo la simpatía de las autoridades imperiales, favoreciendo su fuerte expansión en Roma.

En su iconografía más notoria, Mitra está retratado en el acto de matar a un toro teniendo a su lado dos tedóforos: uno, Caute, con la antorcha levantada para simbolizar el aurora y el otro, Cautopate, con la antorcha dirigida hacia el suelo representando el ocaso. La figura central de Mitra simboliza además el Sol en su cenit.

El adepto de Mitra era iniciado como un soldado en permanente combate en contra del mal interior y exterior, entrenado al uso de armas cuales la abstinencia y la continencia para conservar la pureza de su espíritu. En el banquete, momento sagrado esencial de su liturgia, el sacerdote mitraíco distribuía pan y agua mezclada con haoma para sellar así la amistad entre Mitra, el Sol y los fieles.

A finales del siglo III° (año 274), se produjo un sincretismo entra los cultos solares de procedencia oriental y el mitraísmo, que se cristalizó en la religión del Sol Invictus, reconocida por el emperador Aureliano; quien estableció un cuerpo estatal de sacerdotes, cuya máxima autoridad llevaba el título de pontifex solis invicti: dignidad que sucesivamente será asumida por el mismo Constantino.

El cristianismo encontraba, entonces, en estos antecedentes religiosos un terreno fértil para su difusión, favorecida por la economía misteriosa de la gracia divina y aún nutrida por la sangre de sus mártires y el fervor de sus discípulos.

Cuando en la era de Constantino el Imperio se hermanó con la Iglesia, se completó el proceso metapolítico de la romanización del Cristianismo, nacido en los tiempos de Augusto y prefigurado en el episodio del centurión romano de Cafarnao; quien con humildad pide a Jesús su intervención para salvarle el hijo moribundo.

En sus tiempos precristianos, Roma había reunido en el Panteón los simulacros de todas las divinidades paganas de su imperio, intentando así una síntesis sincrética que, aún siendo copia falsa de la auténtica Divinidad, despejaba el camino a la religión del Dios verdadero.

Por eso Attilio Mordini se atrevió a sostener que la Roma de los Césares en realidad nunca fue un imperio, siendo sólo anhelito del imperio verdadero que será constituido sucesivamente por Carlos Magno; quien lo fundará sobre la verdad cristiana salida de las catacumbas, donde la fe de los mártires y de los confesores había preparado el reencuentro entre la tradición precristiana y el misterio theandrico del "Verbo hecho carne" [5].

El Cristianismo victorioso se hizo una religión militante, cuyo espíritu quedó simbolizado en la figura deslumbrante del Cristo legionario grabada en un mosaico bizantino del siglo V°. Las antinomias entre "bárbaro y griego, gentil y judío" se resolvieron y disolvieron en la ecumenicidad romana; la concepción sagrada de la romanitas alcanzó su plenitud en el verbum del Mesías Jesús.

El centro de la Iglesia universal se estableció en Roma al lado del Capitolio, donde su roca (Capitolii immobile saxum) fue consagrada por la piedra bíblica; y el Imperio Romano se transformó en el gran monte que, según la visión profética de Daniel, había brotado de esa piedra [6].

La historia de Roma, considerada perfecta y ejemplar por el genio católico de Giambattista Vico [7], se elevó, así, hacia el sentido misterioso de la historia ideal eterna, que providencialmente rige los pueblos y las naciones de la tierra.

[1] Véase al respeto: SILVANO PANUNZIO, Metapolítica.La Roma eterna e la Nuova Gerusalemme (dos tomos), Ed. Volpe, Roma 1979.

[2] Esta palabras del benedictino Cardenal Shuster, que forman parte de una clase magistral dictada por el purpurado católico en el Castillo "Sforzesco" de Milán , están reproducidas en la revista Carattere, n. 1 Enero-Febrero de 1969, editada en Verona, p. 25-26.

[3] GUIDO MANACORDA, Il senso della "romanitas" en revista Carattere n.0, diciembre 1954, p.

[4] Véase MARTA SORDI, Bellum iustum ac pium, en Contributi di Storia Antica, XXVIII, Milán 2002, p.3-11.

[5] A. MORDINI, Obra cit., p. 37-38.

[6] V. SOLOVIEV, La Russia e la Chiesa universale, (II ed.) Milano 1960.

[7] Véase, G. B.VICO, Scienza Nuova ( bajo la dirección de F.Amerio), Ed. La Scuola, Brescia 1958, p. 136.

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