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Viernes, 26 de Mayo 2017


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Correccion Agustin Laje Grande

ni una menos

Escribe: Agustín Laje.- Genitalizar la violencia ha creado víctimas de primera categoría y víctimas de segunda; víctimas que merecen marchas multitudinarias y víctimas condenadas a la indiferencia social; víctimas que a los medios hegemónicos conviene visibilizar y víctimas que es preferible no mostrar; víctimas que se constituyen en capital político y víctimas que a la política en nada sirven.

En la base de esta suerte de nueva estratificación sexual, se encuentra la ideología de #NiUnaMenos que puede ser resumida de la forma que sigue: dado que la violencia siempre va del hombre hacia la mujer, y en tanto que la violencia es un problema de género, marchar por no más mujeres muertas equivale a marchar por no más violencia de género.

La ideología revela su absoluta falsedad cuando comprobamos que la mayoría de las mujeres asesinadas no lo son por razones de género. Puesto que la violencia de género es aquella que se origina en el odio hacia el otro género como tal, los grupos feministas han tenido que falsear las causas de los “femicidios” para poder seguir reduciendo el complejo fenómeno de la violencia a un problema genital. ¿En cuántos de estos casos se comprobó que el victimario había sido movilizado en su criminal accionar por el odio hacia el sexo femenino como tal?

Empezamos a ver lo falaz de esta ideología cuando encontramos, además, que no sólo hombres matan mujeres, sino que muchas veces mujeres matan mujeres. Y todavía más: que incluso militantes del colectivo #NiUnaMenos matan mujeres.

Tal es el caso de Jorgelina Domínguez Reyes1, miembro de #NiUnaMenos de Trelew, Argentina, que acaba de caer presa por asesinar a una joven de apenas 13 años de edad. En su perfil de Facebook, Jorgelina rendía homenaje a las “víctimas de la violencia de género”, publicaba fotos de mujeres asesinadas por hombres y clamaba por “Ni Una Menos”. No obstante, no vaciló en descargar cuatro balazos sobre Candela González, tras convocarla mediante redes sociales a una plaza pública para pelear.

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Escribe: Agustín Laje.- La negación del progresismo a debatir sólo puede explicarse por el daño que está sufriendo su insufrible hegemonía: intercambiar ideas, en este marco, se vuelve para él un asunto peligroso del cual hay más para perder que para ganar.

En la intensiva semana de gira por el Perú que tuvimos con Nicolás Márquez, esta realidad quedó expuesta en toda su dimensión. Quisiera listar sólo algunos hechos que me resultaron significativos al respecto, y reparar al final de este breve artículo el sentido de esta negativa.

Un mes antes de viajar al Perú, la agrupación “Familia UNInclusiva”, junto a estudiantes y egresados de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), comunicaron públicamente que se ampararían en el Decreto Ley Nº 1322, Art. 46, mejor conocido como “decreto mordaza”, para solicitar al Estado que censure nuestras conferencias programadas. La suerte, no obstante, se puso de nuestro lado: pocos días antes de viajar, el Congreso peruano derogó esta normativa inquisitorial.

Una semana antes de viajar, empero, otro grupo salió a la palestra: la Federación Estudiantil de la Pontificia Universidad Católica de Perú (PUCP), donde teníamos programado un debate, lanzó una junta de firmas exigiendo al decano de la Facultad de Letras que cancelara dicho evento. ¿Las razones? Cito el comunicado en cuestión: “Como estudiantes que defendemos el respeto, la libertad de expresión y la pluralidad de voces en la PUCP, nos preocupa que se esté avalando la presencia en la universidad de ponentes reconocidos por sus discursos discriminatorios”, y dicha preocupación se convierte, finalmente, en una exigencia de censura. Tan evidente fue el contrasentido, que este grupo estudiantil devino rápidamente en un inevitable objeto de burla en las redes sociales.

En paralelo, las amenazas personales se incrementaban. Una vez en Lima, esas amenazas que al inicio eran más o menos embozadas, se convirtieron en claras amenazas de muerte, situación que llevó a la Fundación anfitriona (Fundación para la Familia) a contratar guardaespaldas para que protegieran a Nicolás Márquez y a quien suscribe.

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tapa laje

Escribe: Agustín Laje.- Progreso no es lo mismo que progresismo. Lo primero designa la cualidad de un hecho o una serie de hechos específicos que permiten el avance en algún campo de la realidad; lo segundo es la ideología según la cual todo hecho novedoso entraña esta cualidad. Es en virtud de esta diferenciación conceptual que debemos retratar al joven progresista de la sociedad occidental contemporánea.

En efecto, deslumbrado por toda novedad —por su mera condición novedosa— el joven progresista es parte del paisaje socio-político de nuestros tiempos. Podemos verlo en Facebook dedicando algunos minutos de su día a despotricar contra las “multinacionales”, a través de su MacBook último modelo que compró en su último viaje a Europa debidamente financiado por papá; en Change.org firmando peticiones para proteger al tigre de bengala y, al mismo tiempo, otras para legalizar el asesinato del ser humano por nacer que indulgentemente denomina “interrupción del embarazo”; en Twitter condenando al “heterocapitalismo patriarcal” en 140 caracteres por la violación que una joven sufrió ayer, en manos de un violador que la justicia (con minúscula) soltó anteayer en virtud de la ideología garantista que el joven progresista también defiende en sus próximos 140 caracteres.

El joven progresista es un producto bien diseñado por la institución educativa y los medios de comunicación dominantes. Probablemente no lo sepa, pero es el hijo necesario de la crisis histórica del marxismo clásico que derivó de la absorción de la clase obrera por el capitalismo avanzado. Habiendo quedado huérfana de su sujeto revolucionario arquetípico, la izquierda se replegó sobre la juventud que protagonizó en la década del ’60 hechos de trascendencia mundial como el Mayo Francés, los movimientos contraculturales y la emergencia de la New Left norteamericana.

Claro: quienes en aquellos tiempos eran jóvenes, hoy son los adultos que educaron al joven progresista contemporáneo. El problema, no obstante, es que a diferencia de sus antepasados progresistas, el joven progresista de nuestros días ha dejado de ser contracultural: se ha convertido en una figurita repetida y verdaderamente mainstream de un espacio ideológico1 que intercambió la guerra de guerrillas por los viajes de mochileros, también financiados por mamá y papá.

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1000 dolares

Escribe: Agustín Laje.- Y llega otro 24 de marzo más. El día de la memoria poco memoriosa; de la historia descuartizada por criterios ideológicos, y de la justicia solo para algunos. El día en el que el relato setentista irrumpe con toda su fuerza otra vez, y nos sumerge en el ya clásico cuento de ángeles y demonios.

Es así que muchas cosas no te serán contadas este 24 de marzo. En primer lugar, harán lo imposible por descontextualizar. Los grandes medios y los políticos tomarán esta fecha como si antes del 24 de marzo de 1976 no hubiera habido historia, como si el gran drama que vivimos los argentinos se hubiera originado ese mismo día porque, de repasar un poco hacia atrás, su relato se haría trizas.

Así, no te contarán por ejemplo que Argentina en esos años atravesó una guerra contra el terrorismo; que las organizaciones terroristas cometieron entre 1969 y 1979 la cantidad de 21.644 atentados; que para ello, contaban con el respaldo de Estados extranjeros como el cubano, y de organizaciones terroristas internacionales como la OLP de Yasir Arafat.

Por supuesto que mucho menos te dirán que el 52% de estos atentados fueron perpetrados en período democrático, entre el 25 de mayo de 1973 y el 23 de marzo de 1976, y que, por lo tanto, los objetivos de las organizaciones terroristas no fue “luchar contra la dictadura para devolvernos la democracia”, sino luchar contra la democracia para instaurar su propia dictadura. Por cierto, tampoco te contarán que durante el gobierno democrático anterior al 24 de marzo se registraron cerca de 1.000 desaparecidos.

Obviamente, ni la clase política ni los medios mencionarán sus propias responsabilidades en el drama en cuestión. Los radicales olvidarán que su partido durante el Proceso nada menos que 310 intendencias y que su líder, Balbín, solicitó a Videla el golpe; los peronistas se harán los distraídos respecto de la verdadera significación de los decretos de aniquilamiento del terrorismo que ellos firmaron; los socialistas no reconocerán que hombres de sus filas, como Americo Ghioldi, fueron también parte del gobierno de facto en calidad de embajadores; la gente del Partido Comunista querrá borrar de la historia que el 25 de marzo de 1976 lanzó un comunicado de adhesión al gobierno de Videla subrayando que “era necesario y urgente cambiar el rumbo”.

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Escribe: Agustín Laje.- El feminismo radical es un movimiento ciertamente minoritario, aunque sumamente ruidoso. Su base de representación, se supone, es el género femenino en cuanto tal; pero son muy pocas, en verdad, las mujeres que se dicen a sí mismo feministas, y menos las que tienen algún grado de compromiso en la militancia feminista.

No hay muchas encuestas que se hayan preocupado por determinar qué cantidad de mujeres se definen como feministas. En Argentina, ninguna. Pero como referencia, podemos tomar el caso de Gran Bretaña, donde casi la totalidad de mujeres apoya la igualdad entre los géneros, pero sólo un 9% se asume como “feminista” (y como del decir al hacer hay un largo trecho, suponemos que el porcentaje de militantes feministas debe ser muchísimo menor). Esto anuncia una disociación, en la percepción social, entre igualdad de género y feminismo: es que el feminismo ha pasado a ser una suerte de “hembrismo”, es decir, machismo a la inversa.

Es inevitable no preguntarse, entonces, cómo y por qué el feminismo nos provoca esa sensación de masividad de la cual otros movimientos sociales carecen. La respuesta no es demasiado compleja: en una sociedad mediatizada, en la que el poder de los medios de comunicación para construir hegemonía es cada vez más arrollador, la opinión pública se vuelve un “artefacto” diría Bourdieu, un constructo artificial al servicio de intereses bien delimitados.

No es ninguna novedad, en este sentido, decir que el feminismo radical está siendo ampliamente beneficiado por los medios hegemónicos en todas partes. El #tetazo en Argentina es un ejemplo claro: durante semanas los medios convocaron —de manera más o menos embozada— a asistir a la protesta y, a pesar de que finalmente la manifestación fue un verdadero fiasco —sólo concurrieron un puñado de mujeres y muchos mirones— todos los medios cubrieron el suceso como si se tratara de una noticia de suma importancia, y continuaron hablando del tema durante los días sucesivos.

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