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Jueves, 23 de Noviembre 2017


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Correccion Agustin Laje Grande

izqui

Escribe: Agustín Laje.- La secularización como nota distintiva de la modernidad ha sido un proyecto demasiado ambicioso. Apenas si pudo desplazar, en el terreno político, la religiosidad teologal como fuente de legitimidad. Pero tal desplazamiento no supuso la extinción de la lógica religiosa en el espacio de la política, sino su redefinición en nuevas formas de “religión civil” en el mejor de los casos, y de “religión política” en el peor de ellos.

De la sacralización de lo religioso en su forma teologal, pasamos simplemente a una sacralización de lo político. Vox populi vox dei (la voz del pueblo es la voz de Dios) es el mandato cívico-religioso de nuestro pretendido mundo secular, bastante alejado en muchos de sus aspectos al “desencantamiento del mundo” que Max Weber anunciaba en La ciencia como vocación.

La razón parece asistir, más bien, a Daniel Bell que, más adelante, escribiría su ensayo “El retorno de lo sagrado”, donde precisamente anotaba sobre la imposibilidad de borrar las dimensiones trascendentes de la vida del hombre. El propio Antonio Gramsci, incluso desde su óptica marxista donde la religión es “el opio de los pueblos”, no tuvo más remedio que aceptar en Il grito del popolo que “La religión es una necesidad. No es un error. Representa la forma primordial e instintiva de las necesidades metafísicas del hombre”.

El vacío de la religiosidad teologal fue llenado rápidamente entonces por religiones políticas.2 Seamos claros: estamos hablando de la religión como lógica que, al decir de Aleardo Laría, “remite a la existencia de un dogma, de una serie de rituales, un conjunto de sacerdotes oficiantes del rito y propagadores de la fe y, finalmente, una congregación de creyentes”. Esa lógica, lejos de extinguirse en el mundo moderno, fue trasladada al campo de las ideologías políticas en forma de religión secular.

La más llamativa de todas por su supervivencia, definición y redefinición en el tiempo, es la de la izquierda, a partir sobre todo del marxismo y la pretensión “científica” de un socialismo que Hans Kelsen no dudó en tildar de religioso.

La doctrina marxista fue un profetismo que pretendió haber revelado las “leyes necesarias de la historia”. Como profetismo, necesariamente condenó el presente, construyó un deber ser ideal, anticipó la venida de un nuevo mundo, la venida de un “hombre nuevo”, consagró un grupo de elegidos y los imbuyó de la sagrada misión de redimir a la humanidad como tal.

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feminazi

Escribe: Agustín Laje

Querida Feminazi:

Ante todo, sé que te molestarás por el calificativo que uso para describirte. A ningún totalitario le gusta que le digan que lo es. Y como el feminismo ha sufrido tan amplias modificaciones y deformaciones, decirte “feminista” a secas sería algo así como no decir nada.

Pero sé, al mismo tiempo, que sabes muy bien que me estoy dirigiendo a ti. Tú, que pones a la mujer como excusa para destilar tu odio de género; tú, que dices estar “oprimida” por el “patriarcado”, cuando en verdad lo único que te oprime es la mediocridad de culpar cínicamente al hombre de tus propias frustraciones que otras mujeres, con más agallas que tú, han sabido utilizar para superarse a sí mismas; tú, que paradójicamente atacas al mismo sistema económico, político y cultural que acabó con las desigualdades entre los sexos en el Occidente libre.

¿Te molesta lo que digo? Pues lo seguiré diciendo. Y es que si algo te aterra, es la imposibilidad de “apropiar” políticamente la etiqueta “feminazi”. Debo admitirlo: la izquierda es muy buena apropiando significantes peyorativos. “Queer”, por ejemplo, que nació en la lengua inglesa como una conjunción insultante de “wird” (raro) y “gay”, hoy ingresa incluso al campo académico como “teoría queer”, en un hábil proceso de modificación valórica del vocablo. Pero “feminazi”, eso sí que no lo puedes apropiar. Por eso te desespera. Por eso pataleas cada vez que te lo dicen. Y es que expone todas tus miserias. Revela el motor de tu causa: el odio. Devela tu vocación: totalitaria. Pone de manifiesto tu representatividad: minúscula.

Te he visto, en efecto, arrogarte la representación de la mujer, mientras paradójicamente encuentras maravilloso aquello de “la mujer no existe” que Monique Wittig, siguiendo a Lacan, anotara en sus libros que tanto gustas consumir.

Te convences en tus violentas convocatorias, con otras feminazis como tú, ser la síntesis de los intereses de la mujer.

Pero allá afuera, en el mundo real, millones de mujeres continúan amando a los hombres, continúan esforzándose para superarse día a día, continúan trabajando y estudiando, amando a sus hijos y a sus familias, y no necesitan mostrar los senos en la calle, pintar propiedad ajena, lanzar bombas molotov, destruir iglesias o arrojar su propio excremento contra feligreses para sentirse mujeres. Ellas prefieren ser femeninas antes que ser feministas, conceptos que, por feminazis como tú, cada vez resultan más antitéticos.

Entiendo que, quizás tanto como conmigo, te enojas mucho al ver a esta inmensa mayoría silenciosa de mujeres que eligen no emularte y que, en muchos casos, hasta les causas desagrado. Odias verlas felices. Odias verlas fortalecidas. Y dirás sobre ellas que, si no te siguen, es porque “el patriarcado no las deja pensar”, subestimando su capacidad (puedes ser muy misógina cuando quieres), como si toda aquella que no pensara como tú fuera una débil mental. Pero tu estratagema está ya muy trillada: no haces mucho más que aplicar el clasismo marxista al terreno del género. La conciencia de clases de ayer es la “conciencia de género” que esgrimes hoy. Así, toda aquella que no tome la conciencia que tú quieres que tome, no será mucho más que una “alienada” respecto de los intereses que tú decretas que debe profesar.

Tu problema fundamental, querida feminazi, es ontológico. El principio constitutivo de la realidad que propones es el género. Tú no ves individuos; ves géneros. Eres tan colectivista como cualquier totalitario (por más que muchos liberales despistados y presos de la corrección política te compren el cuento). Y aún más: los visualizas en constante disputa, impulsando siempre el conflicto, incluso allí donde no existe. Así, frente a cualquier problemática social, reduces sus determinantes al género.1 Para ti, por ejemplo, no hay violencia social: simplemente hay “violencia de género”.

Y es que jamás te has preocupado por analizar cómo evolucionan los homicidios respecto de lo que llamas “femicidios”, pues hubieras descubierto que, dado que el comportamiento es prácticamente idéntico en términos de su crecimiento o decrecimiento relativo, no median motivos de odio de género en estos últimos. Menos te has preocupado de aquellas mujeres asesinadas que no han sido víctimas de hombres, sino de otras mujeres: dado que no puedes alegar cuestiones de género, para tu ontología estos casos no forman parte de la realidad. ¿Y para qué decir sobre los casos en los que la víctima no es una mujer sino un hombre? La invisibilización es tu estrategia: sabemos bien que comulgas con esos vocingleros partidos de izquierda que, cuando la ciudadanía marcha contra la inseguridad y la violencia en términos generales, acusan a los manifestantes de “fascistas” por pedir que el Estado les garantice una vida más segura frente a la delincuencia.

Pero tu juego está empezando a terminar. La rebelión de lo políticamente incorrecto que ha despertado en todas partes del mundo está rompiendo la espiral del silencio en la que el progresismo, al cual tú tan bien sirves, nos sumergió. Cada vez somos más los que no te tememos ni a ti, ni a tu doble discurso. Cada vez somos más los que no te creemos esa forzada postura hipócrita que, mientras pide “Ni una menos”, despliega actos de vandalismo urbano y grita, a través de las paredes públicas y privadas que estropean con pintura, consignas como “muerte al macho”, “matá a tu novio”, “La Virgen María era tortillera” o “abortar nos hace felices”.

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mujer1

Escribe: Agustín Laje.- En 1969, la feminista radical Kate Millet p1ublicaba su afamado libro Sexual Politics —considerado en 1998 por el New York Times como una de las diez obras más influyentes del Siglo XX—. Una renovada narrativa feminista se expresaba en aquellas páginas, articuladas por un viejo vocablo que, aggiornado, volvía a tomar centralidad discursiva: “el patriarcado”.

El concepto ya había sido utilizado antes por Friedrich Engels quien, en El origen de la familia, el Estado y la propiedad privada, adjudicaba su raíz a la aparición de la propiedad privada.[1] Pero Millet le daba, 85 años más tarde, un alcance mucho más importante. El “patriarcado” es ahora el régimen político “a través del cual la mitad de la población, que es femenina, es controlada por la otra mitad, que es masculina”.[2] El “patriarcado” es el sistema de dominación fundamental, vale decir, atraviesa todos los otros tipos de sistemas de dominación (si en Engels el sistema de clases es fundamento del “patriarcado”, en Millet el “patriarcado” es fundamento del sistema de clases).

En una palabra, el “patriarcado” es un sistema estructurado para colocar, de manera inexorable, a la mujer en inferioridad respecto del hombre. Las tesis más extremas del “patriarcado” motorizan el lesbianismo como “forma de resistencia”, pues la heterosexualidad equivaldría a “dormir con el enemigo” (la propia Millet, sin ir más lejos, era lesbiana).

No obstante, aquí argumentaré que, en verdad, el “patriarcado” ya no existe en los países occidentales, y ello no gracias a la vocinglera militancia feminista, sino gracias al sistema económico y político que tanto odian las feministas: el capitalismo de libre mercado y la democracia liberal.

Los datos de la realidad, en efecto, parecen mostrar algo bien distinto de lo que establece el discurso del “patriarcado”: en numerosas dimensiones e indicadores de la vida social, cuidadosamente omitidos por el feminismo, el hombre aparece mayormente perjudicado.

Veamos algunos ejemplos.

A nivel mundial, el 79% de las víctimas de homicidio son hombres[3] (Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito). En Argentina, por caso, en el año 2014 —los datos más actualizados de que disponemos— se cometieron 3.269 asesinatos, de los cuales el 83,60% corresponde a hombres asesinados (2733 hombres), y el 16,40% a mujeres asesinadas (536 mujeres).[4]

En las guerras, históricamente, el más perjudicado ha sido siempre el hombre. En una de las más recientes, la de Irak, las bajas correspondientes a Estados Unidos fueron un 97,68% hombres.[5]

En lo que hace a la violencia contra la mujer, es interesante advertir que las más altas tasas se registran precisamente en aquellos países donde menos libertad económica hay, si se compara el siguiente gráfico del Banco Mundial[6] con los datos del ranking de libertad económica de la Heritage Foundation.[7] (Llamativamente, ni el Banco Mundial ni otras Organizaciones Internacionales han hecho estudios profundos sobre la violencia de la mujer contra el hombre).

Cuadro1

A nivel mundial, la esperanza de vida de una mujer es 5 años mayor que la de un hombre. En un análisis entre países, podemos advertir asimismo que la mujer vive más allí donde la economía es más libre (Organización Mundial de la Salud).[8] Un dato curioso complementario: también a nivel mundial, hay tres veces más suicidios en hombres que en mujeres (Organización Mundial de la Salud)[9].

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golpeado

Escribe: Agustín Laje.- Hoy se vuelve a marchar bajo la consigna #NiUnaMenos, a la cual se ha agregado un nuevo eslogan que resuena cada vez con mayor fuerza: “Nos están matando”. Pero el recorte del fenómeno de la violencia por los bordes del género no puede sino ocultar toda su complejidad, aquella que, de otra manera, podría poner también en evidencia que “a los hombres también nos están matando”.

 

En el año 2014 —los datos más actualizados de que disponemos— en Argentina se cometieron 3.269 asesinatos, de los cuales el 83,60% corresponde a hombres asesinados (2733 hombres), y el 16,40% a mujeres asesinadas (536 mujeres).1

 

Estos números guardan especial elocuencia. Los hombres, indudablemente, tienen mayor propensión que las mujeres a ser asesinados en nuestras sociedades: en concreto, tienen casi 8 veces más posibilidades de ser víctimas de un homicidio que las mujeres.
Las causas deben ser bien variadas. Principalmente, y para nuestro esquema moral occidental, es más sencillo matar a un hombre que a una mujer. Las víctimas de robos que terminan en homicidio, por ejemplo, suelen ser hombres; las peleas que terminan en homicidio suelen también ser entre hombres.


¿Esto no debería llevarnos a la conclusión de que estamos viviendo bajo un “maldito matriarcado”? Ese no es el punto; de afirmar ello, caeríamos en la misma retorcida visión ideologizada de la violencia que repiten aquellas que reducen toda su complejidad a las explicaciones estructuradas por el “maldito patriarcado”. Los análisis de género sólo insertan neblina, acortando aún más nuestra visión del problema.

 

No obstante, podrá decirse que el punto aquí —lo verdaderamente importante— estriba en determinar el género del victimario. Tanto así, que es ampliamente conocido el eslogan “muere una mujer cada 30 horas por violencia de género”. Estos datos salen de las mismas estadísticas del año 2014: según la ONG La Casa del Encuentro, de las 536 mujeres asesinadas aquel año, en 277 casos el victimario fue un hombre.

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genero bizarro

Escribe: Agustín Laje.- “En la familia, el hombre es el burgués y la mujer el proletariado”, escribía en 1884 Friedrich Engels (El origen del Estado, la familia y la propiedad privada). Así empezaba el fin del lazo que unió al liberalismo con el feminismo, en los propios inicios de este último, y daba comienzo al unísono a una nueva ola feminista: el feminismo socialista.

 

Pero la teoría social del marxismo clásico era clara al respecto: la verdadera revolución es la que ocurre al nivel de la estructura social, es decir, al nivel de las relaciones de producción. La lucha de clases era lo que verdaderamente importaba; la “lucha de sexos” referida por Engels era, en todo caso, un intento por poner a la mujer del lado del proletariado.

 

La revolución comunista hizo pie en Rusia, y al poco tiempo quedó en evidencia que la “liberación femenina” no ocurriría como efecto automático de la “liberación obrera”. Más bien, sucedió todo lo contrario. Pero lejos de producirse una tendencia antiizquierdista en el seno del feminismo, se mantuvieron los lineamientos fundamentales de Engels (oposición al capitalismo liberal) aunque invirtiendo la lógica: la revolución feminista será la que libere a las clases y no al revés, como anotó en los ´70 la feminista radical Shulamith Firestone.

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