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Martes, 21 de Noviembre 2017


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Escribe: Agustín Laje.- He leído, recientemente, comentarios y artículos de liberales chilenos negando la existencia de la ideología de género. Destaca entre ellos el de Luis Larraín, un economista a quien respeto mucho en el ámbito de la economía, pero que según mi humilde juicio carece de fundamentos, en un terreno ajeno al suyo y que por ende lo aborda desde la doxa, cuando afirma que “la ideología de género, si hemos de ser honestos intelectualmente, no existe”.

Si hemos de ser honestos intelectualmente, lo primero sería ofrecer, al menos, una discusión teórica de lo que llamamos ideología, y luego recién afirmar que no existe en virtud de argumentos bien explicitados. Ni la una ni la otra aparecen, no sólo en el artículo de Larraín, sino en ninguna de las aseveraciones de un liberalismo completamente desorientado en lo que hace a las luchas culturales que exceden a los marcos conceptuales de la vieja izquierda marxista o socialdemócrata.

La única razón que ofrece Larraín, en efecto, es que la ideología de género no existe porque “Nadie la ha formulado, establecido sus premisas ni desarrollado sus postulados”. Por supuesto que nadie ha adoptado el lugar de “ideólogo del género”, del mismo modo que ningún pensador marxista se asume “ideólogo marxista”, por ejemplo. ¿Quién podría decir: “heme aquí, yo cree la ideología de género”? El argumento es absurdo. Lo que ha habido son innumerables cientistas sociales y filósofos que han ido dando forma a lo que hoy llamamos “ideología de género”. Probablemente en Simone de Beauvoir, “no se nace mujer: llega una a serlo”[1], se encuentre la raíz de la cuestión.

Pero el desconocimiento que cada quien tenga sobre la materia no habilita a decretar que no existe. Además de De Beauvoir, podríamos mencionar a Wittig, Firestone, Green, Eisenstein, Money, Reich, Kinsey, Foucault, Millett, Buttler, y, para ser justos, un inacabable etcétera. Quien no haya estudiado la cuestión, no puede aseverar, sin más, que no existe porque él no la estudió.

Lo más importante, no obstante, para determinar si la “ideología de género” existe o no, es discutir qué alcance tiene la noción de ideología. Lo primero a decir es que sus orígenes se encuentran en la Ilustración, cuando “ideología” significaba el estudio científico de las ideas humanas, aunque rápidamente devino en una materia vinculada a la sociología del conocimiento, muy bien representadas por el pensamiento de Karl Marx o de Karl Manheim[2].

 

Así, hay una tradición central que va de Hegel y Marx, pasando por Lukács hasta llegar a algunos marxistas posteriores, donde la “ideología” significa un conjunto de ideas ilusorias, mistificadoras, políticamente efectivas. Esta noción “epistemológica” de la ideología nos llega hasta hoy, y es ciertamente transversal a las distintas corrientes de pensamiento.

Bajo el imperio de esta significación de “ideología”, es innegable que la “ideología de género” existe, en la medida en que falsea la realidad en muchas maneras. Afirmar, por ejemplo, que “el sexo siempre fue género”[3], como lo hace Judith Butler, constituye sin dudas una operación ideológica que puede ser desmentida simplemente recurriendo a los estudios científicos del “Proyecto Genoma Humano”, el cual identificó y cartografió entre 20.000 y 25.000 genes (los genes del genoma humano precisamente) desde un punto de vista físico y funcional, y hoy nos permitió constatar, por caso, que 6.500 de esos genes funcionan de manera distinta en hombres y mujeres (BMC Biology).

La ideología de género se nos presenta, en efecto, como la concepción anticientífica de nuestra sexualidad que, buscando efectivizarse políticamente, la desarraiga de su realidad natural para querer explicar semejante dimensión humana, sencillamente, a través de la cultura. Es una expresión más de la posmodernidad que a los liberales, si somos consecuentes con nuestros principios, debería preocuparnos. Sin asumir que la ideología de género existe, por ejemplo, hoy no podríamos explicar cómo un hombre que dice ser una mujer encerrada en un cuerpo masculino es el campeón del levantamiento de peso femenino en Australia. Tampoco podríamos explicar que la Asociación de Médicos Británicos haya prohibido a sus profesionales de la salud decir las palabras “mamá”, “papá”, “hombre” y “mujer”, porque pueden ser “ofensivas” para algunos.

Un enfoque que también hace hincapié en la cuestión de la falsedad, pero no la remite a una realidad externa al lenguaje sino a sus propios enunciados y efectos, es el del filósofo Denys Turner, quien afirma que la ideología consiste en una “contradicción performativa”, en la cual hay un conflicto entre lo dicho y el contexto de su enunciación: “contradicción entre un significado transmitido explícitamente y el significado transmitido por el propio acto de transmitirlo”.[4] Lo ideológico de la ideología de género es que enuncia “liberación” mientras construye un “camino de servidumbre” a lo Hayek, promoviendo regulaciones y adoctrinamientos estatales; pide diversidad mientras pide que se censuren voces disidentes como la mía (Rolando Jiménez hizo que me cancelaran auditorios en Chile); pide tolerancia mientras arroja piedras contra un Bus porque no le gusta su mensaje y contra la gente que piensa distinto.

Hay, sin embargo, otros enfoques a la hora de abordar la noción de “ideología”. Uno de los más populares es el de la ciencia política, que entiende por “ideología” todo conjunto de ideas, independientemente de su veracidad o falsedad, que sirven a un grupo específico para catalizar la movilización política. Es la postura del filósofo Martin Seliger, quien define la ideología como “conjunto de ideas por las que los hombres proponen, explican y justifican fines y significados de una acción social organizada y específicamente de una acción política”.[5]

¿Qué duda cabe, al respecto, que la filosofía del género ha devenido en ideología desde el mismísimo instante en que sirvió a la conformación y movilización de grupos políticos? Hablar del “Bus del Odio” por ejemplo, para referirse a un Bus que pide más familia y menos Estado, es indiscutiblemente una operación ideológica: busca la movilización política contra el Bus como representante de una visión sobre la sexualidad que hay que desterrar porque ciertas minorías la consideran “odiosa”. Por cierto, Larraín debería reparar en el hecho de que lo que ocurrió en Madrid no es como él lo relata en su nota: el Bus no fue sacado de circulación por “manifestaciones adversas”, sino porque el Estado se lo prohibió. ¿Dónde quedó la defensa liberal de la libertad?

En la ciencia política no podemos prescindir del enfoque discursivo, que bajo la pluma de Ernesto Laclau redefine a la “ideología” como una operación hegemónica de cierre semiótico. Bajo esta perspectiva, podemos arribar a la misma conclusión de que la ideología de género existe, en la medida en que las problemáticas y los discursos de género han excedido sus contenidos particulares representando, a la postre, un conjunto de elementos que le exceden. En efecto, para Laclau, “representación ideológica consiste en hacer un cierto contenido equivalente a un conjunto de otros contenidos”.[6] Esta operación ideológica está, por ejemplo, en el discurso de la “liberación” que se desborda del terreno sexual y acaba ofreciendo una visión de liberación política y económica, como en Herbert Marcuse[7] (por si necesitaran constatar la existencia de la ideología a través de sus autores), y en la praxis discursiva cotidiana de los grupos que responden a la ideología de género, apoyados siempre por las más extremas izquierdas.

Asiste razón a Terry Eagleton cuando anota que “calificar de ideológicas las propias creencias entrañaría el riesgo de convertirlas en objeto de contestación”.[8] Algo de esto hay en los liberales que, un tanto desorientados, niegan la existencia de la ideología de género: en la propia negación se hallan los rastros de su malestar frente a los nuevos paradigmas culturales de una izquierda a la cual no acaban de comprender.

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