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Domingo, 9 de Diciembre 2018


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Escribe: Agustín Laje.- La composición etaria de los movimientos sociales que devienen rápidamente en movimientos de masas dice mucho, no sólo sobre ellos mismos, sino sobre la sociedad en general. Y, en este sentido, nunca ha dejado de llamarme la atención el hecho de que el movimiento feminista, contracultural en sus orígenes, se haya convertido hoy en el lugar de encuentro de adolescentes que, ahora como antes, precisan abordar el tren de la moda para no desentonar con su entorno social.

La moda no es un mero capricho humano. Es, más bien, la respuesta social al contradictorio deseo humano de integrarse y, al mismo tiempo, distinguirse. Tal es la dialéctica de la moda, bien reconocida por Georg Simmel cuando anotaba que “La moda nunca se limita a ser. Existe en un permanente estado de devenir”.

 

En efecto, la moda se modifica a ritmos esquizoides (sobre todo en el marco de lo que Zygmunt Bauman llama la “modernidad líquida”) porque una vez que aquélla se vuelve demasiado uniforme, el deseo humano de la distinción toma fuerza para inaugurar una nueva moda y reiniciar, de tal suerte, un nuevo ciclo que se agotará ni bien el deseo de integración termine por igualarnos a todos bajo una moda ya pasada, precisamente por ello, de moda.

Tal dinámica atraviesa a la adolescencia en general. La propia identidad busca formarse bajo la insoportable tensión que de pronto irrumpe en el escenario, entre el pertenecer y el distinguirse. La integración y la originalidad luchan a muerte, y la identidad fluctúa a una frecuencia que rara vez vuelve a tener lugar en otras fases de la vida. De ahí, precisamente, adolescencia, como período en el cual se adolece, se sufre de una carencia, en este caso, identitaria.

El feminismo radical de nuestros tiempos tiene todos los componentes para convertirse en una moda exitosa para adolescentes. Presenta, primero que nada, un mundo en blanco y negro que simplifica la agobiante complejidad del espacio social en el que el adolescente es de pronto arrojado. La maniquea ecuación hombre = malo / mujer = bueno, estabiliza de manera engañosa las valoraciones que habremos de hacer, en una época donde la desorientación moral lleva el signo del relativismo.

La tensión de la identidad moral propia queda de alguna manera aliviada por un código binario, al buen estilo de las máquinas computadas, que resuelve automáticamente todas nuestras preguntas sobre el bien y el mal. “Muerte al hombre”, tal uno de los graffitis que se pintaron el pasado Día de la Mujer, o su más conocido “Muerte al macho”, se vuelve equivalente a “Muerte al mal” porque, después de todo, y por ahora (¿sólo por ahora?), se trataría de una “metáfora”. Y desear la muerte al mal equivale a querer el bien; desear la muerte al hombre se vuelve de pronto una función de desear el bienestar de la mujer.

Por otro lado, el origen contracultural del feminismo conlleva los encantadores aromas de la rebeldía. Cuán contracultural sigue siendo el día de hoy un movimiento que tiene a su disposición enormes multinacionales de la moda como H&M vendiendo camisetas feministas y prácticamente todos los grandes medios de comunicación, con Hollywood a la cabeza, de su lado, es un tema aparte, aunque no obstante permita ver la moda feminista en forma de mercancía. ¿Pero quién dijo que la rebeldía, original o impostada, espontánea o vendida al por mayor, no podía estar de moda y, más aun, que no constituye un atractivo señuelo para adolescentes desesperados por edificar su identidad?

La rebeldía, pues, es la esperable forma de la reacción del adolescente al contactar con el espacio social que lo rodea. En efecto, él es un recién llegado; forma parte de un mundo que él no hizo ni eligió. Quisiera uno a su propia medida. Y el feminismo radical de nuestros tiempos ofrece precisamente esa ilusión en forma de utopía, así como en tiempos pasados otras fueron las modas ideológicas en boga. En concreto, se le ofrece hoy al adolescente un protagonismo en la historia: ser alguien haciendo algo, tomando parte en la “revolución” de nuestros tiempos, paradójicamente auspiciada por lo que nadie menos que Herbert Marcuse tachaba en su momento como “establishment”.

La moda feminista se desplaza como por el lecho de un río con la corriente a su favor. Las fuerzas involucradas en la dirección del agua tienen la forma de la escuela, la televisión y el cine. En la moda se aplica aquel principio de “si no puedes vencerlos, únete a ellos”. En efecto, los costos sociales de no adherir al feminismo se volvieron incalculables: sólo equiparables en el adolescente al hecho de salir a bailar vestido con un poncho. Ser mujer y rechazar al feminismo radical devalúa hoy día la identidad como mujer (“Muerte a las heteras” fue otra de las originales consignas pintadas en muros el pasado Día de la Mujer); ser hombre y rechazar al feminismo radical lo transforma automáticamente a uno en un “misógino”.

En el camino, es la posibilidad de pensar la que queda verdaderamente devaluada. Porque, en tanto que moda, así como rechazar al feminismo radical tiene enormes costos, adherir a él no conlleva siquiera el costo intelectual de dedicarse a la formación como en otros tiempos pasaba. Hace unos días, recibí tres mensajes de tres chicas distintas ilustrativos al respecto. Una de ellas reconocía no haber leído ni una sola pensadora feminista en su vida, luego me insultaba y concluía: “No necesito leerme un p*** libro para luchar contra mis derechos” (sic!). La otra chica, por su lado, me contaba que una profesora la había visto leyendo un libro crítico del feminismo radical que escribimos con Nicolás Márquez (El libro negro de la Nueva Izquierda), y que se lo había quitado para luego tratar de humillarla en público. A otra directamente la desaprobaron, le desearon la muerte, la insultaron y la mandaron a hablar con la directora por expresarse crítica respecto del feminismo.

Jamás deja de sorprenderme ver los perfiles de las redes sociales de las adolescentes feministas, donde las huellas de esta nueva moda están a la vista de todos. En sus biografías se encuentran, al unísono, identificaciones con Justin Bieber y Malena Pichot (esta última, devenida de comediante a líder de opinión feminista, ya tiene incluso su propia serie en Netflix). Muchas, sin embargo, prefieren Miley Cyrus a Bieber porque, claro, es mujer y rebelde. Y otras han comprendido que Pichot no es una referencia intelectual en absoluto, y prefieren identificarse con gente más instruida, como aquella twittera que me deseó la muerte recientemente y que en su biografía llamaba a leer a Kate “Miller” (sic), confundiendo a Kate Millett de Sexual Politics con la marca de una muy conocida cerveza.

Si el estado permanente de la moda es el devenir, como subrayó Simmel, la pregunta que queda abierta es a dónde irá todo esto cuando la novedad se convierta en rutina, y la identificación que hoy se percibe como distintiva se vuelva, en la propia consciencia adolescente, una redundancia más que de poco sirve para fijar una identidad.

Hay, en tal sentido, una nueva contracultura en pleno desarrollo, que se estructura como la contracara de un feminismo dinamizado por las reglas de la moda. Es la contracultura de quienes nos animamos a criticar al feminismo radical, y que surge como resultado dialéctico de lo que está pidiendo a gritos una antítesis.

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