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Miércoles, 23 de Mayo 2018


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Escribe: José Romero.- Hace bastantes años, en mis primeras vacaciones universitarias, recurrí a una amistad de un familiar para que encontrar una oportunidad para realizar una práctica. Cabe mencionar que la Universidad del Pacífico, donde estudié, tenía un Plan de Prácticas para alumnos que hubieran ya cursado al menos 6 ciclos, vale decir 3 años de estudios.

Para mí era una necesidad pues requería contar con algunos ingresos así que persistí en mi empeño para buscar una práctica remunerada. La persona que aquella vez me recomendó fue el doctor César Arméstar Brazzini quien escribió una nota a su amigo “Chicho” Nicolini con la cual fui a buscarlo a la avenida Argentina 210 donde funcionaba la entonces gran empresa Nicolini Hermanos. Tuve la suerte de quien persiste. Fui atendido por el conserje de la Gerencia, el señor Correa quien me hizo ver que sería imposible ser atendido por el Gerente General pero que en su defecto hablara con su secretaria y me dio algunos tips para que tuviera éxito. Y así fue, la secretaria llamó al jefe del Departamento de Contabilidad, el señor José Quiñones y le dio instrucciones para que me atendiera.

 

Es cierto que yo recién contaba con algunos conocimientos que me permitían realizar trabajos de oficina más no tenía experiencia alguna en la vida real. Cómo dicen algunos, “donde las papas queman”.

Afortunadamente le caí bien al señor Quiñónes y si bien era cierto que era un “recomendado” del Gerente, él no se casaba con nadie. Conversamos sobre mi “experiencia” y me preguntó cuándo podía venir. Le dije que estaba a su disposición en ese momento. Inmediatamente llamó a uno de los encargados de llevar el Libro de Compras, Jaime Cruzado y le preguntó si estaba al día. Cruzado le respondió que estaba con algunos días de “atraso”. Quiñónez le dijo que se pusiera al día y que yo le apoyaría en esa tarea. La verdad que estaba con algunos días de atraso y Cruzado me dio las instrucciones de cómo hacer el trabajo e inmediatamente sacó cerros de facturas para que empezara a trabajar. Era un trabajo administrativo que seguramente debía ser remunerado, como lo fue generosamente. Otra hubiera sido la situación si hubiera tenido que manejar una de las modernas máquinas de la fidelería. Lógicamente hubiera tenido que pasar por un proceso de aprendizaje que incluyera el proceso completo de producción y específico sobre la máquina que me hubiera tocado operar.

Por supuesto que en el caso anterior, no hubiera tenido derecho a recibir un estipendio hasta que estuviera apto de operar al 100% esa máquina y como la empresa había invertido tiempo y recursos para enseñarme, está claro que mi paga debía incluir una amortización del monto invertido en mi capacitación. Así de simple. Otro punto importante es el tiempo que deben durar las prácticas y el compromiso que podría asumir las empresas de contratar al practicante en caso le sea útil en el futuro inmediato.

El tema pasa por la escasa infraestructura a nivel de instalaciones y de equipos en los Institutos Tecnológicos. La necesidad de que los alumnos sean capacitados y formados con equipos y máquinas de última generación es imperativa. No es posible que su proceso formativo sea con máquinas obsoletas y ello hace necesaria acuerdos entre la empresa, los institutos de enseñanza y el Estado para hacer viable un periodo de prácticas formativas. Está claro que esto cuesta y alguien tiene que pagar la factura. “No hay lonche gratis”, decía mi gran profesor Folke Kafka y eso es 101% cierto.

Si el Estado considera que las prácticas deben ser remuneradas debería haber mecanismos para que vía exoneraciones tributarias la empresa pague a los practicantes y quien finalmente asuma la inversión sea el Estado como parte de su obligación, al menos en los casos de los alumnos de institutos estatales y para los alumnos de institutos privados ver mecanismos para determinar quién pagará “la factura”. No hagamos demagogia con recursos de otros.

En cuanto a mí; la práctica duró 40 días. Al concluir ella me despedí y regresé los veranos de 1981 y de 1982. Las vacaciones de medio año de 1981 no pude pues me enfermé con tifoidea. Aprendí mucho pues sobre todo fue mi primera experiencia en una empresa y lo mejor de todo, como reconocimiento a mi esfuerzo el jefe inmediato recomendó que se me pagará por dos meses y un monto bastante significativo, a lo que accedió la Gerencia. No recuerdo el monto exacto pero me sirvió para cubrir mis gastos personales (que no eran muchos) hasta diciembre de ese año.

Las prácticas, si bien son necesarias para poner el desarrollo profesional, no son “obligatorias” y menos es aceptar las condiciones que nos puedan plantear. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el tiempo, esfuerzo y dedicación que debamos invertir se retribuirán con creces.” Solo en la cancha se ven los gallos”.

Finalmente, recuerdo con gran aprecio a mi “familia de Nicolini”, al finado José Quiñónes, a mi otro jefe el señor Guillermo Iglesias, al Contador el señor Santiago Bahamonde, al Controler Don Manuel Alvarez, Carlos Correa, a la secretaria del Don Luis Nicolini Bernucci (cuyo nombre lamentablemente no recuerdo), a mis compañeros Pablo León, Cachito Giménez, Zaida, Luchito Vera, Fabiola, Aldo Boggino, Carmen Rosa, las hermanas Rosa María y Chachi Muente, Rosa Tapia, Condorito Juan Velarde, Jaime Cruzado, César Ossio, la señorita Ada Russo, Tino Refulio, el cocinero Vargas que nos servía el almuerzo y tantos buenos amigos que no me llamaban por mi nombre sino por un apelativo que el señor Quiñónez me puso. Me decían “Ardiles” porque según él me parecía al gran mediocampista argentino, campeón del mundo en el Mundial de 1978 y triunfador en el Tottenham inglés.

Con el pasar de los años, Nicolini Hermanos desapareció pero nunca desaparecerá del corazón de quienes alguna vez trabajamos en esa empresa, que más que una empresa fue una gran familia y sus gerentes y dueños, Luis, Ernesto, Hugo y Jorge eran los hermanos mayores que velaron años por cientos de trabajadores.

Ojalá pudiéramos adaptar a nuestra realidad el modelo de aprendizaje que existe en Alemania o la filosofía de la sociedad japonesa respecto a la pertenencia a una empresa así como aprender del estilo de empresas como Nicolini Hermanos. Algunos dirán que eran paternalistas pero la gran verdad es que quienes formamos parte de esa familia vivimos felices aquellos años.

Finalmente, ojalá que se persista con el Proyecto de Ley presentado por la Congresista Bartra. El gran error es no haber explicado y hecho de conocimiento sobre todo de los beneficiarios, los jóvenes que cada año buscan ingresar al mercado laboral.

¡Basta ya de demagogia y mentiras de sectores radicales que solo buscan destruir!

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