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Lunes, 11 de Diciembre 2017


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laahaerraduara

Escribe Luciano Revoredo.-  Segura se deslizaba la vieja camioneta familiar por las curvas del Morro Solar, atrás quedaba Miraflores con sus playas de piedras, pescadores con su muelle en que las cojinovas espléndidas esperaban al vaivén de las olas el feliz maridaje con el limón que las llevaría al Olimpo del sabor.

Una cruz de camino anunciaba que estábamos llegando. De pronto Caplina, la playita legendaria en que aún se podía ver en el mar los restos del barco que zozobró en sus aguas. Y los niños imaginábamos aventuras de corsarios y las imágenes de Stevenson y su “Isla del tesoro” excitaban nuestra imaginación. No importaba que el barco se hubiera hundido en el año del Señor de 1963, no importaba que nos dijeran que en realidad era un barco moderno, pero que nunca se pudo rescatar. Para nosotros, para mí digo, siempre sería mejor imaginar el barco pirata y soñar con el mapa que guardaba en su viejo baúl el perverso borrachín Billy Bones, más aún cuando San Lorenzo, nuestra isla, entraba en complicidad para ser nada menos que la isla del tesoro.

Más allá se abría amplia la pista y habíamos llegado. La Herradura, uno de los lugares más limeños que existen. La playa era enorme, años después un alcalde incompetente se encargó de reducirla al mínimo. Había varías filas de carpas que fungían de vestidores, porque eso de ir por la calle en traje de baño era de muy mal gusto. También había alquiler de sombrillas y sillas de lona rayada.

 

Por unos altoparlantes sonaba la música de moda y un minucioso locutor daba la hora. El Club Samoa era el punto de encuentro y la heladería D’Onofrio prodigaba los más felices momentos en esas mañanas interminables de playa.

Los años pasaron y fuimos descubriendo que la Herradura también vivía de noche. Fueron los años de la Máquina del Sabor, aquél templo salsero por el que pasaron las más grandes orquestas del momento. Fuimos descubriendo que como sentenciara sabiamente Lavoe “la calle era una selva de cemento y de fieras salvajes, cómo no...”, y los metales de la salsa resonaban en todo su esplendor. Eran clásicas unas cervezas en El Nacional antes de entrar a ese reino de minifaldas, ritmo y trompetas. La rumba me está llamando... bongó dile que ya voy...

El Nacional era un bar notable, con rocola y todo. Tantas veces en su terraza, los amaneceres llegaban, los autos se iban esfumando y un sol, sólo uno era necesario para que la vieja rocola Wurtlizer pusiera a cantar a Rómulo Varillas o Benny Moré y llegará la luz del día mientras uno seguía metiendo letra al ritmo de “Que bueno baila usted”.

El Nacional era también el lugar de los amores prohibidos, esos de la tardecita, de una cerveza para ver la puesta de sol. Lugar ideal para  besos furtivos. Con mozos cómplices y un pisco sour de esos que relajan voluntades. Era el lugar de promesas de amor y cantos de sirena.

Pero la Herradura no sería la Herradura sin El Suizo, ese viejo restaurante que fundara en 1936 una pareja de suizos en sociedad con una inglesa y un ancashino. Abrió sus puertas frente al mar, cuando no había pista de por medio. Y deleitaban a las familias peruanas y colonias europeas con salchichas, rösti, raclette y otras delicias suizas a la par que los cebiches, arroz con pato, escabeches y otros célebres platos de la gastronomía local. Conviene recordar esta vieja sociedad para afirmar que el Perú siempre fue sede de la más exquisita fusión.

Los europeos murieron y el restaurante quedó en manos de los herederos peruanos. Los años fueron haciendo su trabajo y el gusto de los comensales en complicidad con este añejo centro del contento limeño fueron creando la carta definitiva, esa que hasta hoy, en que la Herradura yace herida de muerte, aún nos seduce.

El célebre cóctel de fresas, los inolvidables choritos al suizo, la sublime corvina Pardo, en recuerdo del Presidente José Pardo, cocida al vapor bañada en mantequilla y acompañada de una crema de espinacas que se adelantó por décadas a la etérea gastronomía del siglo XXI, si no se cae en la tentación de la corvina a la chorrillana, sin flambeos ni cuentos chinos, cocida aparte y bañada con una salsa en su punto, con cebollas aún crujientes y el color de ajíes trabajados con sapiencia y paciencia que sólo se puede cultivar frente al mar de Grau. Para terminar el obligatorio panqueque acaramelado. Mieles de la reina de Saba, manzanas del paraíso terrenal y hojas de la higuera de Pizarro son ingredientes obligatorios.

En esos mediodías nublados, en que Lima es tan limeña y la niebla besa sus acantilados, no queda otra cosa que hacer, hay que dejar todo de lado y salir al encuentro de lo único que queda de ese mítica Herradura. Llegar al Suizo y empezar a ser feliz.

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