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Jueves, 23 de Noviembre 2017


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Col Dario Enriquez

costocorrup

Escribe: Darío Enríquez.- Vivimos tiempos difíciles. Somos testigos atónitos e indignados del proceso a una red criminal internacional que resulta sin duda el escándalo de corrupción más grande de la historia humana. Hace unas horas, uno de los jueces que estaba dirigiendo las investigaciones en Brasil sobre la lumpenesca red político-empresarial, ha fallecido en un sospechoso accidente de aviación y de manera increíble, la caja negra de la avioneta en que viajaba no estaba instalada. La terrible sombra de la mafia contraatacando se cierne sobre las investigaciones. En el Perú, las imputaciones podrían alcanzar incluso a altos funcionarios como viceministros, ministros y hasta presidentes entre 2005 y 2014. También a reputadas empresas nacionales como Graña y Montero S.A., que se asociaron en proyectos que obtenìan fraudulentamente las empresas de la red corrupta. Por su lado, parte de la Prensa luce como deplorable cómplice de la enorme maquinaria corrupta y corruptora del socialista Foro de Sao Paulo y su brazo financiero, la podredumbre cartelizada de Odebrecht, OAS, Camargo-Correa, Petrobras, Andrade-Gutierrez, etc. Ni los medios ni la academia ni la “cultura” (véase las comillas) quedan exentos. Se habla de gente “decente y reconocida” contratada para asesorías, presentaciones, escritos y conferencias, con jugosas cifras que ninguna lógica podría validar. El silencio elocuente, cuando no las maniobras distractivas desviando la atención hacia otros temas menores, nos habla de compra de conciencias monda y lironda.

A todo esto, sobre la base del modus-operandi conocido hasta el momento, vale la pena identificar el impacto económico de esta corrupción. Lo primero consistía primero en ganar a toda costa la licitación de una obra pública de gran cuantía, pagando las coimas que fueran necesarias. Estas obras podían ser solicitadas por los propios estados corrompidos o propuestas por la empresa corrupta. No interesaba si el proyecto procedía o no según reglas de evaluación. El “sobrecosto” ligado a las coimas para ganar la asignación del proyecto era compensado luego interviniendo la ejecución del mismo proyecto con addendas al contrato original para obtener ingresos adicionales. Hay obras que han llegado a costar hasta ocho veces su valor original gracias a esas addendas que eran aseguradas también con coimas repartidas a diestra y siniestra entre los responsables estatales de evaluar las addendas, tanto técnicos como políticos de todo nivel. Se obtenían ratios de utilidad muy por encima de los que en promedio se tienen en proyectos similares. Las corporaciones adscritas a la mafia socialista del Foro de Sao Paulo tenían incluso divisiones organizacionales dedicadas exclusivamente a la distribución de coimas, bajo curiosas denominaciones como “Operaciones estructuradas” o “Relaciones estratégicas” entre otras.

El primer gran impacto es que dentro de una economía de libre mercado, los mejores proyectos deben ejecutarse y los que no califiquen deben esperar mejorar sus guarismos o simplemente desecharse. Ante la irrupción de elementos ajenos a una correcta evaluación económica, social y financiera del proyecto, se sub-optimiza el uso de recursos escasos y pierde el conjunto de la economía. Haciendo lo que no debe hacerse y dejando de hacer lo que se requiere hacer. Nos llenamos de “elefantes blancos”, el lucro cesante es inmenso y los ciudadanos seguimos esperando por reales y eficaces soluciones en infraestructura.

El segundo impacto es que, aunque las obras fueran necesarias y la evaluación pertinente al otorgamiento indique que procede su ejecución, los sobrecostos que se agregan en su desarrollo a través de addendas -para “recuperar” lo desembolsado al ganar el proyecto con coimas- distorsionan el valor inicial y generan pingües ganancias para la empresa corruptora, en perjuicio de la rentabilidad del proyecto y de los beneficios que el proyecto debe generar a favor de los ciudadanos.

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fuji2000

Escribe: Darío Enríquez.- El Perú de hoy fue forjado en la década de 1990, con todo lo bueno, malo, feo y horroroso que tiene consigo. Cuando Alberto Fujimori gana las elecciones en 1990 derrotando inobjetablemente al candidato del establishment empresarial y mediático Mario Vargas Llosa, el país necesitaba con urgencia terminar con el régimen iniciado el 3 de octubre de 1968 por el golpe militar socialista de Juan Velasco.

Desde 1980 habíamos intentado tal cambio de régimen, pero lucía prácticamente imposible porque el sistema estatista impuesto por la dictadura militar fue blindado en forma pérfida y vergonzosa por la ilegítima constitución de 1979. En este proceso constituyente no participó Acción Popular, partido de Fernando Belaúnde, presidente constitucional depuesto por la fuerza de las armas en 1968.

En 1980, sólo un año después, el partido que no participó y que había denunciado la ilegitimidad de la asamblea constituyente, ganó abrumadoramente las elecciones presidenciales y legislativas. La derrota inobjetable del Partido Aprista -promotor de la ilegitima C79- marcaba el derrotero a seguir, el cambio de régimen para dejar atrás los delirios socialistas totalitarios del período 1968-1980. Pero Fernando Belaúnde, teniendo mayoría en ambas cámaras legislativas -diputados y senadores- no tuvo la capacidad de tomar las decisiones cruciales que el momento exigía. Su partido, haciéndose del control del aparato estatal, se convirtió en la gran agencia de empleos de la enorme e ineficaz burocracia dejada por los militares.

Sólo en 1983, cuando la crisis amenazaba llegar a niveles inmanejable por el desborde de la deuda externa y con el subestimado fenómeno terrorista que avanzaba controlando una parte de la sierra sur, se intentó corregir rumbo pero ya era muy tarde. La extraviada idea de que “no es que haya muchas empresas estatales, sino que hay muy pocas” (Alan García dixit), fue ganando terreno y en 1985, el triunfo de Alan García impidiò una soluciòn, agudizó los desequilibrios y terminó por llevarnos a la peor crisis de nuestra historia. A modo de explicación, si con los militares y Belaúnde hacia 1985 nuestro símbolo monetario perdió tres ceros, con García hacia 1990 perdió seis ceros más. Es decir, tomando sólo el efecto de la pérdida de ceros, fue como si en 1980 un pan costara S/. 0.35 y en 1990 el precio fuera de S/. 350'000,000 (de 35 centavos a 350 millones).

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LA ABEJA 019 Dario Enriquez Lo que nos espera en el 2017

Escribe: Darío Enríquez.- Las perspectivas para el próximo 2017 lucen interesantes y a la vez difusas teniendo en cuenta la irrupción del fenómeno Trump. El presidente electo Donald Trump asumirá sus funciones el día 20 de enero y desde su proclamación hace casi dos meses, las expectativas respecto a un fuerte movimiento hacia arriba en la demanda y por lo tanto el precio de las materias primas, hace suponer un crecimiento importante de la actividad económica de la principal potencial mundial y por ende, del planeta entero, sea porque se participe de esa nueva dinámica, sea porque se reaccione frente a ella de un modo similar. Más allá de su perfil de anti-héroe y de una resistencia -felizmente casi diluida- a su investidura por parte de sectores opositores, la redefinición económica y geopolítica del mundo de hoy llegará con consecuencias aún poco previsibles

En la revisión unilateral de las condiciones de intercambio con USA que Trump prometió durante toda su campana, creemos que Perú no tendrá mayores problemas para adaptarse a los cambios que proponga Trump porque nuestro país no se encuentra entre aquellos que provocaban relaciones “injustas” de comercio contra USA. Nuestro comercio con el gigante norteamericano está a buen recaudo y no corre peligro alguno. El Perú debe prepararse para participar en la concurrencia de proveedores de materias primas. Para ello, deben destrabarse todos aquellos conflictos sociales que interfieren su extracción y comercialización. El actual gobierno, desde sus inicios, se ha mostrado incapaz de enfrentar el reto de abordar la solución a los diversos conflictos sociales. Ni los que vienen del (des)gobierno anterior, ni los que han aparecido en los últimos meses. Aunque finalmente se ha iniciado el esperado diálogo entre el gobierno y la oposición -que controla el legislativo por mandato popular- esto tiene poca o nula incidencia en lo manifestado. Los conflictos sociales quedan casi al 100% en la esfera de las decisiones políticas y el liderazgo del ejecutivo. Esa capacidad de decidir y ese liderazgo necesario, brillan por su ausencia.

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metropo

Escribe: Darío Enríquez.- Existe unanimidad en señalar dos problemas fundamentales en la Lima del siglo 21: la seguridad ciudadana y el transporte urbano. Aunque en ambos casos hay muchas falacias y creencias cuya desactivación marca el espacio de soluciones posibles, en las siguientes lineas centraremos nuestra atención en el transporte.

Sabemos que el grave problema que vivimos hoy responde a errores u omisiones cometidos por nuestras autoridades hace medio siglo. Durante este período, la indolencia, inacción e ineficacia de sucesivas administraciones ediles sólo reforzaron y amplificaron el problema. Sin embargo, creemos que -pese a todo- lo que se está haciendo en los últimos años va en la dirección correcta y diríamos que no hay mucho más qué hacer. Los habitantes de Lima se han adaptado a vivir en medio del caos y -contra lo que pueda proyectar un observador externo y ajeno- la ciudad sigue su rumbo. Tanto la “guerrilla urbana” de taxis, combis y custers, como el discreto avance del Metropolitano, los corredores viales de diversos colores, el siempre saturado Tren-Metro y las obras de infraestructura de inevitable corte reactivo, seguirán lentamente rindiendo frutos, poco o nada visibles para quienes en medio de la dura lucha del día-a-día insisten en que “todo sigue igual o peor”.

Debemos dejar de centrar esfuerzos, recursos y acciones en la capital. Ésta tiene su propia dinámica y todos sus actores, cada quien con lo suyo, harán lo que tengan que hacer. En pocas palabras olvidémonos de Lima que es un caso perdido para una visión de estándares y crecimiento ordenado. Debemos más bien centrar nuestra atención en evitar que otras ciudades del Perú sigan el camino caótico de Lima. Hablamos de Arequipa, Trujillo, Chiclayo, Piura y Huancayo, en ese orden. Éstas son ciudades que empiezan a acumular errores y omisiones cuya factura a pagar se expresará en una muy segura “limeñización” en las próximas décadas si es que hoy no se toman decisiones ineludibles. Es un momento clave en su devenir urbano.

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