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Sábado, 21 de Abril 2018


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Col Dario Enriquez

imagendariccEscribe: Darío Enríquez.- Hace sólo unos días atrás, el más grande aparato mediático, político, académico, financiero, tecnológico y cultural puesto al servicio de una candidatura política en la historia de nuestra civilización, aseguraba que el triunfo de Hillary Clinton en USA era un hecho. Se hablaba de cuán amplia sería la victoria y el establishment americano se aprestaba a continuar su dominio bajo el llamado “Consenso socialdemócrata” en cuyas fauces cayó desde 1990. Pero ganó Donald Trump.

En efecto, ubicamos el inicio de la hegemonía de tal consenso a partir de la caída del Muro de Berlín. Otros retroceden hasta 1963 con el asesinato de Kennedy e incluso hay quienes se remontan al lejano 1913 cuando se crea la Reserva Federal en USA. La única excepción sería el período 1980-1988 del presidente Ronald Reagan. Desde entonces, no importando si gobernaba el partido demócrata o el republicano, la importancia relativa del Estado en USA fue haciéndose cada vez mayor, al mismo tiempo que la deuda pública no cesaba de crecer y el desempleo dejaba de ser un guarismo útil pues el porcentaje de no-participación en el mercado de trabajo es inmenso, llegando a niveles cercanos al 40% y con tendencia a aumentar. Esta no-participación es un porcentaje que se descuenta de la tasa de desempleo, pues se trata de adultos que no tienen empleo (ni propio ni dependiente) y tampoco lo busca. Como sabemos, la tasa de desempleo nos indica el porcentaje de la población que busca un empleo, que quiere trabajar, pero no lo encuentra. En Perú, la tasa de no-participación es del 22% y con tendencia a disminuir en el tiempo, además de que buena parte es absorbida por el sector informal.

Pese a todo, la enorme potencia de la industria americana ha sabido sobreponerse y adaptarse en buena parte a las penurias de un Estado intervencionista y voraz. Ha logrado salir adelante asimilando el pasivo del entramado sistema de lobbies en Washington, que es la base operativa del “Consenso socialdemócrata”. Pero esta adaptación, concurrente a la revolución tecnológica y a la globalización, provocó una grave disminuciòn de empleos por la deslocalización industrial y la ruptura de la cadena de producción-ahorro-consumo de los trabajadores que ocupaban estos empleos y los indirectos que se generaban. Un paquidérmico Estado social pretendió cubrir estos vacíos con políticas insostenibles de economía-ficción e intervencionismo estatal. Así, la gran potencia industrial, comercial, tecnológica, militar, financiera y cultural del mundo, se parecía cada vez más al apocalíptico escenario descrito por Ayn Rand en Atlas Shrugged.

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erriviolen

Escribe: Darío Enríquez.- Para la izquierda neomarxista -que hoy ya no se muestra como “socialismo del siglo XXI” por obvias razones- usar la violencia, derramar sangre y matar inocentes es no sólo aceptable sino plausible si se justifica en “las buenas intenciones” de su trasnochado modelo. Su fraseo llevado a la acción desemboca inevitablemente (veamos los casos de Cuba y Venezuela) en métodos para someter a la población, vencer su resistencia e imponer su ideología. No han renunciado a la violencia.

A pesar de haber desarrollado una experticia conocida en el arte de la simulación y el enmascaramiento de sus medios y fines, la izquierda neomarxista no puede enfrentar una condena necesaria a regímenes despóticos y dictatoriales como Cuba, Venezuela o Corea del Norte. Siempre encontrará alguna salida retórica para eludir su responsabilidad. Dirán por ejemplo que están màs preocupados en lo que sucede en el Perú, que no deben inmiscuirse en la política interna de otros países, que les falta información para emitir una opinión sustentada, que en el Perú también hay problemas, que ellos deben resolver sus propios problemas, etc.

Tampoco llamarán terrorismo al terrorismo. Encontrarán muchas fórmulas “creativas” para decirle “conflicto armado interno”, condenarán “todo tipo” de terrorismo y no el específico que se vive y sufre, acusarán de terrorismo al simple ejercicio de la autoridad desde el Estado, dirán que “criminalizan” la protesta cuando lo que hay es intervención de la autoridad ante violencia, intimidación y terror que se ejerce contra la población que no se pliega a la “protesta popular”, y un largo etcétera. Hasta en el informe de la CVR, no sólo se desliza una supuesta ingenuidad de los seguidores de la violencia terrorista, sino que se dice explícitamente:

“La CVR expresa su pesar por los miles de jóvenes que resultaron seducidos por una propuesta que constataba los profundos problemas del país y proclamaba que «la rebelión se justifica». Muchos de ellos, con voluntad de transformar esa realidad injusta, no advirtieron que el tipo de rebelión que planteaba el PCP-SL implicaba el ejercicio del terror y la implantación de un régimen totalitario” (Informe CVR - Conclusiones, numeral 32)

¿De verdad cree la CVR que esos jòvenes “no advirtieron” el terror y el totalitarismo?¿Tan inocentes y vulnerables eran?¿Acaso muchos de ellos no admiraban al Che Guevara y lo siguen admirando hasta hoy, suscribiendo tantas frases cargadas de violencia, odio y sordidez del carnicero del cuartel San Carlos de la Cabaña : «Fusilaremos y seguiremos fusilando … he descubierto el placer de matar … esto es una revolución, las pruebas son secundarias … estoy vivo y sediento de sangre» ¿Qué experiencia similar en el mundo no ha desembocado en terror y totalitarismo cuando una propuesta violenta y totalitaria toma el poder? Desde los jacobinos de la revolución francesa (en tanto precursores), pasando por la Rusia leninista, el stalinismo, el maoismo, el castrismo guevarista y Pol-Pot, esto no es una especulación ni una posibilidad, sino un camino natural. Hasta diríamos que se trata de “éxito” cuando el terror y el totalitarismo se convierten en sustento natural de las “anchas alamedas”, de la “creación heroica” y de la “patria revolucionaria”. No es una desviación como pretenden sino esencia misma del marxismo y sus derivados, ideología de terror y muerte.

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La013dario

Escribe:Darío Enríquez.- La persistencia de la informalidad pese al crecimiento de nuestra economía en el último cuarto de siglo y resistiendo los diversos esfuerzos desde el Estado para “formalizar” a ese 70% que desarrolla sus actividades fuera del marco legal existente, nos debe llevar a una reflexión diferente a las que suelen darse en este tema.

Debemos empezar cuestionando de raíz la definición legal de formalidad que predomina en el ambiente político y académico. Algo no va bien cuando sobre esa base, se hace imposible en la práctica hacer frente a la problemática planteada. Hagámonos algunas preguntas. ¿No será que debemos cuestionar lo que llamamos “formalidad”? ¿Acaso el marco legal regulador invoca una realidad que no existe? ¿Tal vez necesitemos una nueva formalidad?

Para fines prácticos, tanto políticos, legales, como de estudio y análisis, se suele suponer la formalidad vigente como algo dado, sempiterno, incuestionable. Casi nadie pone en duda su supuesta virtud para crear orden, bienestar y prosperidad casi en forma espontánea y automática. Muchas veces se trata de marcos reguladores trasplantados desde otra realidad y superpuestos a la nuestra, distantes de sus principios, su lógica y su praxis.

La formalidad de hoy está seriamente cuestionada por los hechos. El marco regulador sólo agrega confusión a una realidad bastante compleja. Millones de personas haciendo lo que los seres humanos venimos haciendo desde los albores de la civilización: desarrollar actividades en tanto productores, eficaces en satisfacer necesidades de otros seres humanos en tanto consumidores. Roles que nos colocan a uno y otro lado, superando la limitación de consumir sólo lo que nosotros mismos producimos. Sin este esquema -más eficaz mientras mayor sea el contexto de intercambio voluntario y coexistencia pacífica- el salto civilizador desde las cavernas hacia las ciudades habría sido imposible.

No podemos negar la necesidad de propiciar lo que podríamos llamar “un cierto orden”. Pero otro tema es que se hurgue hasta los más nimios detalles de lo que debería ser el libre intercambio de bienes y servicios. Con la responsabilidad que ello implica para ambas partes del proceso de intercambio. No nos engañemos. La autoridad que regula y define la formalidad no tiene otro objetivo más importante que el de incorporar a la masa tributaria forzada a los millones de emprendedores que se ganan la vida en forma legítima. Eso es inmoral.

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autoritarismEscribe: Darío Enríquez.- En el contexto de una autoridad como el presidente de la República que enfrenta una erosión progresiva de legitimidad y la carencia de decisiones claras para enfrentar los graves problemas de seguridad ciudadana, el actual gobierno envejece a ritmo veloz. No tener el sostén de una estructura partidaria, sino estar rodeado de free-lances, cada uno con su propia agenda y una cuota insana de poder, agrega un elemento desestabilizador y degenerativo. No sólo en el Perù.

Hay además otro “ruido” en el escenario: la acción mediática y la perversión del lenguaje. Para nadie es un secreto que nuestra infósfera está tan saturada de eufemismos y tremendismos que a veces perdemos de vista el real significado de algunas palabras. Se impone el culto a la descripción tibia o la exageración artera. En unos casos, tal perversión emerge del interés que tienen ciertas ideologías por perpetrar un control cultural como paso previo a su falsa redención revolucionaria colectivista en todas sus variantes. En otros, se trata de grupos mercantilistas que se proponen continuar con el control corrupto del aparato estatal para beneficio propio. En el Perú, todo esto se desarrolla en medio de una tendencia inevitable e ineludible hacia la confusión como sustituto imperfecto del caos que siempre acecha.

Así, algo que resulta medular en la idiosincrasia peruana es justamente ese éter social que invade todos nuestros espacios: la confusión. Una de las más comunes es la que confunde autoritarismo con ejercicio de autoridad. Lo que las gentes quieren no es un "caudillo" en el peor sentido del término, sino alguien que simplemente ejerza liderazgo desde la autoridad de la que ha sido legítimamente investido. Para eso se le elige.

No es ninguna novedad esa tendencia a rechazar toda traza de orden social, en obrar casi siempre en contra de la autoridad. Desde el obscuro mundo del político-correctismo, ejercer autoridad se estigmatiza como “autoritarismo”. ¿Cuál es el momento en el que el ejercicio legítimo de la autoridad se convierte en “autoritarismo”? Todo un misterio que trataremos de desvelar.

Una sociedad debe respetar el derecho de cada uno de sus individuos a desarrollar sus propios planes y su personalísimo proyecto de vida. Eso es fundamental. Las civilizaciones han desarrollado y se han sostenido sobre esa premisa -siempre presente aunque pocas veces declarada- en diferentes grados y de acuerdo al espacio-tiempo en que surgieron. Las debilidades que finalmente hicieron sucumbir las grandes civilizaciones de la antigüedad tienen que ver con la imposibilidad de sostener la defensa de ese principio elemental. Algunos estudiosos refieren la caída del Imperio romano de occidente como la reiterada historia de un Estado que pretende dirigir las vidas de sus ciudadanos hacia la felicidad fácil y la consiguiente reacción primero complaciente -mientras dura el falso bienestar- y luego insurgente ante la imposibilidad de sostener ese falso bienestar (Huerta de Soto, 2010). Este intervencionismo estatal es una de las fuentes de pérdida de legitimidad.

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