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Jueves, 23 de Noviembre 2017


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Col Dario Enriquez

colcolli

Escribe: Darío Enríquez.- En un proceso plagado de iniquidades contra los que cuestionaban el acuerdo de paz Santos-FARC, el pueblo colombiano le dijo “No” a la pretensión de políticos que contaron con el inédito respaldo de un aparato totalitario de tintes orwellianos.

 

En sólo una semana, la valiente campaña de Álvaro Uribe y su gente lograron revertir guarismos de 65% vs 35%, batiendo en desigual duelo al pérfido Goliath que propuso una estrategia de hechos consumados, haciendo trizas el mínimo estándar de respeto a la voluntad popular.

 

Hay mucho por analizar sobre lo acontecido el día domingo 2 de octubre del 2016, una fecha emblemática desde hoy no sólo para América hispana, sino para el mundo global. Un primer elemento a desmenuzar será la derrota sufrida por los heraldos de la falsa corrección política. Alcanzando por primera vez una escala mundial de corte “conspiranoico”, el status-quo del “gobierno” mundial y la-pensée-unique habían decretado un acuerdo inapelable, más cercano en verdad a una rendición sin condiciones del Estado colombiano frente al terrorismo como método válido en la política.

 

Un segundo elemento a considerar es la flagrante y absoluta falta de respeto del gobierno colombiano a su propio pueblo. Haber “firmado” el acuerdo de paz días antes del plebiscito que debía decidir si ese acuerdo se aceptaba o se rechazaba, sólo tiene cabida entre las páginas más obscuras en la historia de la infamia. Nota aparte merece el hecho funesto que nuestro presidente Pedro Pablo Kuczynski haya sido cómplice de esa infamia, asistiendo oficialmente a tal acto.

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Laallido

Escribe: Darío Enríquez.- Un elemento central en todo Estado moderno es ejercer control territorial pleno en el espacio que administra a nombre de sus ciudadanos. No es casualidad que cuando grupos insurgentes cuestionan al Estado contra el cual se enfrentan, suelen declarar “zona liberada” ciertos territorios sobre los cuales habrían tomado control, desplazando al Estado en cuestión. Tampoco es casualidad que tanto para insurgentes como para Estados que no son capaces de resolver tal insurgencia, los ciudadanos no son tratados como tales, sino como “masa”. El eufemismo “pueblo” y su falsa defensa también son parte de la escenografía que montan.

 

Volviendo al tema del control territorial, una forma de describir los países que aún no se consideran desarrollados, es que su control territorial es asimétrico, en buena parte débil y en ciertas zonas, pragmáticamente inexistente. La tan mentada “presencia de Estado”, en muchos casos, brilla paradójicamente por su ausencia. Una expresión concreta de un Estado que administra adecuadamente su territorio en tiempos de paz, es la eficacia de un servicio de correo postal físico que une dos puntos cualesquiera de ese territorio sin limitación alguna, sea a través de una entidad de propiedad estatal, sea por la acción de empresas privadas en un contexto de libertad económica.

 

Otro elemento fundamental, que Hernando de Soto identifica y muestra brillantemente en su obra “El Misterio del Capital”, es la importancia del domicilio cierto para sus ciudadanos. Así, tenemos porcentajes cercanos al 100% en los países desarrollados para el correcto y real registro del domicilio de sus ciudadanos, frente a alarmantes cifras inferiores al 50% incluso en algunas zonas de la mismísima metrópoli limeña. Ciudadanos peruanos clandestinos en su propio país. El entretejido de esta realidad con la feroz informalidad que sigue vigente e irreductible en la mayor parte de nuestras actividades económicas, es más que evidente.

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ario Enriquez Mariateg

Escribe: Darío Enríquez.- En su ensayo “El problema de la Tierra” (que comprende tanto el problema agrario como el problema del indio), el intelectual José Carlos Mariátegui inicia confesando un punto de vista “socialista” en su análisis. Un tal sesgo desde ya invalida cualquier pretensión de cientificismo social y reduce el dudoso ensayo a un simple manifiesto ideológico, aunque se muestre informado y haga gala de una prosa cultivada.

No es nuestro propósito cuestionar la inteligencia y calidad polígrafa de José Carlos Mariátegui. Ello está fuera de toda duda. Su formación predominantemente autodidacta es reconocida y apreciada. Nuestro propósito es cuestionar algunos elementos de su discurso ideológico, que lo alejan de principios elementales que deben regir el ejercicio intelectual en ciencias sociales. No negamos que la objetividad sea prácticamente imposible, pero debemos buscarla en forma constante y auténtica.

Así, la certeza con que Mariátegui interpreta nuestra realidad está en cuestión. Sus apologistas lo declaran epítome del pensamiento marxista hispanoamericano, cuya puesta en acción nos llevará indefectiblemente a las anchas alamedas del socialismo y al “nuevo” hombre. Pero lo que vemos hoy de Mariátegui es que su pensamiento no alcanzó a tocar siquiera la emergencia andina “del campo a la ciudad” en las urbes peruanas. Tal fenómeno ya daba sus primeros pasos en la época que vivió el intelectual moqueguano. Tampoco vio venir la potencia y atractivo de la urbe, el hecho de que en nuestros países -a contrapelo de lo sucedido con el “primer mundo”- la urbanización ha precedido (y sigue precediendo) a la industrialización, mientras en las economías del hemisferio norte, los procesos de urbanización e industrialización fueron concurrentes.

Es claro que Mariátegui desplegó un enfoque que parte de conclusiones preestablecidas y prejuicios manifiestos. Por ello, termina describiendo una realidad parcial, sesgada e irreal, a la medida de sus utopías y del recetario que llama “creación heroica”. Por ello, no debemos pasar por alto su falacia sobre la degradación de la agricultura en la época colonial, respecto del esplendor paradisíaco que ésta habría tenido en el Incario. Mariátegui dejó de lado información objetiva que podría invalidar sus prejuicios. No es verdad que la agricultura se degradó en la colonia, sino que dio un salto tecnológico cualitativo de enorme importancia.

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bombay

Escribe: Darío Enríquez.- Este 12 de septiembre se cumple 24 años de la captura de Abimael Guzmán (a) Camarada Gonzalo. Él fundó “Sendero Luminoso”, movimiento mesiánico que se declaraba el auténtico “Partido Comunista del Perú”. Guzmán es sin duda el terrorista genocida más sanguinario de América del sur en toda su historia. Además, el peor de todos a escala planetaria entre las décadas ochenta y noventa del siglo XX. Su execrable accionar, cuya movilización se gestó como herencia de otros genocidas comunistas (valga la redundancia) tales como Lenin, Stalin, Mao-Tse-Tung, Castro y Pol-Pot, quizá sólo pueda ser superada en sangre y horror por el genocidio de Ruanda en los noventa y la carnicería polpotiana en Camboya durante los setenta.

 

Uno de los lemas más usados por la insana organización terrorista creada por Guzmán fue “Por el luminoso sendero de Mariátegui”. En efecto, este lema acompañó la infiltración y reclutamiento de incautos en las universidades peruanas durante los años setenta. Hacía alusión a José Carlos Mariátegui, un activista e intelectual socialista de los años veinte que falleció en 1930, sin conocer plenamente las miserias del socialismo real en la URSS. Pero compartía y difundía los horrores de la ideología marxista, bajo una suerte de “interpretación auténtica a la peruana”.

 

No sorprende entonces que el “pensamiento” de Mariátegui haya inspirado el “luminoso sendero” de Abimael Guzmán. Las barbaridades disfrazadas de ideología que se encuentran en la opus-magna de Mariátegui así lo confirman. Aunque serán objeto de análisis en otro momento, queda claro que la “interpretación” que hizo Mariátegui de la realidad peruana, no sólo se encuentra hoy profundamente desacreditada por la realidad misma. También lo está por lo que provocó en miseria y muerte cuando Abimael la lleva a la práctica. Mucho más, por el hecho de estar plagada de información poco precisa, de posibles referencias circulares y la ausencia alarmante de citas objetivas y confiables. Sabemos hoy -por testimonio escrito y publicado de su nieto Aldo- que Mariátegui nunca recorrió el Perú, sólo conoció tres ciudades peruanas: Moquegua (su ciudad natal), Lima (su residencia habitual) y Huancayo (en una corta visita). Implica una evidente deshonestidad intelectual que hable de lo que sucede no sólo en las ciudades del Perú sino en el complejo espacio rural peruano, muchas veces como si se tratara de hallazgos personales, sin que haya citas específicas al trabajo de campo realizado por investigadores confiables. Esto sucede muy especialmente cuando escribe sobre el problema del indio y el problema de la Tierra. Así, su obra -más allá del valor epistemológico o filosófico que algunos pretenden- está más cerca de la ficción que del ensayo. No sorprende entonces la enorme distancia entre el Perú que Mariátegui revela falsamente al mundo y la realidad de la historia en decenios sucesivos, que pulverizó hasta los elementos más genéricos de su “interpretación”

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