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Martes, 24 de Abril 2018


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Col Dario Enriquez

tipos de impues

Escribe: Darío Enríquez.- Se está iniciando un nuevo gobierno (que dicho sea de paso, como un vehículo en situación precaria, no termina de arrancar y al parecer necesita “empujadita”) y ya se habla una vez más de una reforma tributaria. Creeremos que estamos frente a una verdadera reforma tributaria cuando los tres elementos siguientes aparezcan en una posición central y no perdido por ahí en posición marginal e incluso inexistente.

 

El primer elemento es que se reconozca en forma explícita que el dinero de los impuestos no es del Estado, sino de los ciudadanos. El Estado sólo es un administrador de ese dinero. El Estado no tiene ni dinero ni poder propio, todo pertenece a los ciudadanos y tenemos reglas por medio de las cuales el Estado recibe el encargo de administrar tanto dinero como poder.

 

El segundo elemento es el hecho que los impuestos financien (subsidien) servicios estatales. Siendo así, entonces quien no aporte debería ser impedido de acceder a esos subsidios, pagando por los servicios el precio que corresponda. Eso nos lleva a una situación mucho más compleja, porque el precio que corresponda sólo puede existir en un mercado libre y no hay mercado más intervenido y coaccionado que aquel donde el Estado participa no sólo como regulador sino también como empresario. Y también nos lleva al escenario de decidir entre dos enfoques: Que cada quien pague según usa los servicios o que cada quien pague según su ingreso. El primer enfoque es el más justo, mientras el segundo es de tipo solidario pero viciado en su origen, porque la solidaridad es un hecho voluntario y toma forma destructiva si se hace obligatorio.

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relatienri

Escribe: Darío Enríquez.- Cuando en el lejano 1964, hace más de medio siglo, Ayn Rand nos hablaba de “El culto a la moralidad gris”, pocos supieron valorar la lucidez con que la gran filósofa y escritora ruso-norteamericana analizaba el inminente fin de los años maravillosos para los países del “primer” mundo. En verdad se adelantaba a su época, pues el grave reto que enfrenta el mundo con la “moralidad gris”se ha convertido hoy en el elemento clave de viabilidad de nuestra civilización en el siglo XXI.

 

El relativismo ha invadido todos los espacios y todos los tiempos del discurrir humano. Va de la mano con el mimético marxismo cultural gramsciano, su genuino inspirador. Su irracionalidad se expone como una “nueva” racionalidad. Cuestiona toda moral para imponer una nueva moral, en la que ellos tienen en exclusiva el poder omnímodo de decidir qué es y qué no es, más allá de la razón que supuestamente nubla nuestro entendimiento y de la antigua moral “que tanto daño nos ha hecho”.

 

El relativismo está destruyendo nuestra civilización. El Homonomio es un paso más en la destrucción de la familia, como lo fue en su momento la trivialización del divorcio y la legalización del aborto incondicional. Dramas humanos familiares que son tratados con total displicencia por colectivos falsamente progresistas. El primero, con ONGs que levantan las banderas de una falaz emancipación femenina y una destructiva “machofobia”, sin dar importancia alguna a reconciliar a la pareja en problemas y más bien estimulando el conflicto. ¿Se han preguntado por qué (casi) no hay ONGs que trabajen una eventual reconciliación de la pareja en conflicto, y màs bien (casi) todas apuestan sin dudarlo a la separación definitiva? El porcentaje de hogares monoparentales femeninos en ciudades norteamericanas supera fácilmente el 50% en muchos espacios urbanos, donde al mismo tiempo se verifican los mayores niveles de pobreza y delincuencia. Ni hablar del aborto, que con la escalofriante cifra de 30 millones de abortos “legales” sólo en este primer semestre del 2016, es en toda regla el más grande genocidio perpetrado por la especie humana.

 

Es probable que la mayoría de los que pensaban que la simplificación del divorcio y el aborto era positiva para la sociedad, hayan tenido las mejores intenciones. Pero los resultados son absolutamente devastadores. En las ciudades del mundo “desarrollado”, vemos languidecer en soledad mucha gente que alguna vez formó una familia. Las parejas se disuelven y no envejecen juntos, los hijos se alejan y los nietos no conocen el concepto de familia larga. La relativización del vínculo matrimonial, la negación del compromiso, el desprecio por los valores familiares y la satanización de la coexistencia multigeneracional han causado estragos en el tejido sociocultural de la sociedad occidental. El rostro típico de la pobreza es el de una mujer monoparental, desarraigada de su red familiar, muchas veces dependiente de la ayuda social estatal y privada, cuyos hijos abandonan la casa familiar a edad temprana, reproduciendo el ciclo de pobreza y dependencia de un pervertido “Estado social”.

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colcolli

Escribe: Darío Enríquez.- En un proceso plagado de iniquidades contra los que cuestionaban el acuerdo de paz Santos-FARC, el pueblo colombiano le dijo “No” a la pretensión de políticos que contaron con el inédito respaldo de un aparato totalitario de tintes orwellianos.

 

En sólo una semana, la valiente campaña de Álvaro Uribe y su gente lograron revertir guarismos de 65% vs 35%, batiendo en desigual duelo al pérfido Goliath que propuso una estrategia de hechos consumados, haciendo trizas el mínimo estándar de respeto a la voluntad popular.

 

Hay mucho por analizar sobre lo acontecido el día domingo 2 de octubre del 2016, una fecha emblemática desde hoy no sólo para América hispana, sino para el mundo global. Un primer elemento a desmenuzar será la derrota sufrida por los heraldos de la falsa corrección política. Alcanzando por primera vez una escala mundial de corte “conspiranoico”, el status-quo del “gobierno” mundial y la-pensée-unique habían decretado un acuerdo inapelable, más cercano en verdad a una rendición sin condiciones del Estado colombiano frente al terrorismo como método válido en la política.

 

Un segundo elemento a considerar es la flagrante y absoluta falta de respeto del gobierno colombiano a su propio pueblo. Haber “firmado” el acuerdo de paz días antes del plebiscito que debía decidir si ese acuerdo se aceptaba o se rechazaba, sólo tiene cabida entre las páginas más obscuras en la historia de la infamia. Nota aparte merece el hecho funesto que nuestro presidente Pedro Pablo Kuczynski haya sido cómplice de esa infamia, asistiendo oficialmente a tal acto.

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Laallido

Escribe: Darío Enríquez.- Un elemento central en todo Estado moderno es ejercer control territorial pleno en el espacio que administra a nombre de sus ciudadanos. No es casualidad que cuando grupos insurgentes cuestionan al Estado contra el cual se enfrentan, suelen declarar “zona liberada” ciertos territorios sobre los cuales habrían tomado control, desplazando al Estado en cuestión. Tampoco es casualidad que tanto para insurgentes como para Estados que no son capaces de resolver tal insurgencia, los ciudadanos no son tratados como tales, sino como “masa”. El eufemismo “pueblo” y su falsa defensa también son parte de la escenografía que montan.

 

Volviendo al tema del control territorial, una forma de describir los países que aún no se consideran desarrollados, es que su control territorial es asimétrico, en buena parte débil y en ciertas zonas, pragmáticamente inexistente. La tan mentada “presencia de Estado”, en muchos casos, brilla paradójicamente por su ausencia. Una expresión concreta de un Estado que administra adecuadamente su territorio en tiempos de paz, es la eficacia de un servicio de correo postal físico que une dos puntos cualesquiera de ese territorio sin limitación alguna, sea a través de una entidad de propiedad estatal, sea por la acción de empresas privadas en un contexto de libertad económica.

 

Otro elemento fundamental, que Hernando de Soto identifica y muestra brillantemente en su obra “El Misterio del Capital”, es la importancia del domicilio cierto para sus ciudadanos. Así, tenemos porcentajes cercanos al 100% en los países desarrollados para el correcto y real registro del domicilio de sus ciudadanos, frente a alarmantes cifras inferiores al 50% incluso en algunas zonas de la mismísima metrópoli limeña. Ciudadanos peruanos clandestinos en su propio país. El entretejido de esta realidad con la feroz informalidad que sigue vigente e irreductible en la mayor parte de nuestras actividades económicas, es más que evidente.

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