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Miércoles, 25 de Abril 2018


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Col Dario Enriquez

ario Enriquez Mariateg

Escribe: Darío Enríquez.- En su ensayo “El problema de la Tierra” (que comprende tanto el problema agrario como el problema del indio), el intelectual José Carlos Mariátegui inicia confesando un punto de vista “socialista” en su análisis. Un tal sesgo desde ya invalida cualquier pretensión de cientificismo social y reduce el dudoso ensayo a un simple manifiesto ideológico, aunque se muestre informado y haga gala de una prosa cultivada.

No es nuestro propósito cuestionar la inteligencia y calidad polígrafa de José Carlos Mariátegui. Ello está fuera de toda duda. Su formación predominantemente autodidacta es reconocida y apreciada. Nuestro propósito es cuestionar algunos elementos de su discurso ideológico, que lo alejan de principios elementales que deben regir el ejercicio intelectual en ciencias sociales. No negamos que la objetividad sea prácticamente imposible, pero debemos buscarla en forma constante y auténtica.

Así, la certeza con que Mariátegui interpreta nuestra realidad está en cuestión. Sus apologistas lo declaran epítome del pensamiento marxista hispanoamericano, cuya puesta en acción nos llevará indefectiblemente a las anchas alamedas del socialismo y al “nuevo” hombre. Pero lo que vemos hoy de Mariátegui es que su pensamiento no alcanzó a tocar siquiera la emergencia andina “del campo a la ciudad” en las urbes peruanas. Tal fenómeno ya daba sus primeros pasos en la época que vivió el intelectual moqueguano. Tampoco vio venir la potencia y atractivo de la urbe, el hecho de que en nuestros países -a contrapelo de lo sucedido con el “primer mundo”- la urbanización ha precedido (y sigue precediendo) a la industrialización, mientras en las economías del hemisferio norte, los procesos de urbanización e industrialización fueron concurrentes.

Es claro que Mariátegui desplegó un enfoque que parte de conclusiones preestablecidas y prejuicios manifiestos. Por ello, termina describiendo una realidad parcial, sesgada e irreal, a la medida de sus utopías y del recetario que llama “creación heroica”. Por ello, no debemos pasar por alto su falacia sobre la degradación de la agricultura en la época colonial, respecto del esplendor paradisíaco que ésta habría tenido en el Incario. Mariátegui dejó de lado información objetiva que podría invalidar sus prejuicios. No es verdad que la agricultura se degradó en la colonia, sino que dio un salto tecnológico cualitativo de enorme importancia.

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bombay

Escribe: Darío Enríquez.- Este 12 de septiembre se cumple 24 años de la captura de Abimael Guzmán (a) Camarada Gonzalo. Él fundó “Sendero Luminoso”, movimiento mesiánico que se declaraba el auténtico “Partido Comunista del Perú”. Guzmán es sin duda el terrorista genocida más sanguinario de América del sur en toda su historia. Además, el peor de todos a escala planetaria entre las décadas ochenta y noventa del siglo XX. Su execrable accionar, cuya movilización se gestó como herencia de otros genocidas comunistas (valga la redundancia) tales como Lenin, Stalin, Mao-Tse-Tung, Castro y Pol-Pot, quizá sólo pueda ser superada en sangre y horror por el genocidio de Ruanda en los noventa y la carnicería polpotiana en Camboya durante los setenta.

 

Uno de los lemas más usados por la insana organización terrorista creada por Guzmán fue “Por el luminoso sendero de Mariátegui”. En efecto, este lema acompañó la infiltración y reclutamiento de incautos en las universidades peruanas durante los años setenta. Hacía alusión a José Carlos Mariátegui, un activista e intelectual socialista de los años veinte que falleció en 1930, sin conocer plenamente las miserias del socialismo real en la URSS. Pero compartía y difundía los horrores de la ideología marxista, bajo una suerte de “interpretación auténtica a la peruana”.

 

No sorprende entonces que el “pensamiento” de Mariátegui haya inspirado el “luminoso sendero” de Abimael Guzmán. Las barbaridades disfrazadas de ideología que se encuentran en la opus-magna de Mariátegui así lo confirman. Aunque serán objeto de análisis en otro momento, queda claro que la “interpretación” que hizo Mariátegui de la realidad peruana, no sólo se encuentra hoy profundamente desacreditada por la realidad misma. También lo está por lo que provocó en miseria y muerte cuando Abimael la lleva a la práctica. Mucho más, por el hecho de estar plagada de información poco precisa, de posibles referencias circulares y la ausencia alarmante de citas objetivas y confiables. Sabemos hoy -por testimonio escrito y publicado de su nieto Aldo- que Mariátegui nunca recorrió el Perú, sólo conoció tres ciudades peruanas: Moquegua (su ciudad natal), Lima (su residencia habitual) y Huancayo (en una corta visita). Implica una evidente deshonestidad intelectual que hable de lo que sucede no sólo en las ciudades del Perú sino en el complejo espacio rural peruano, muchas veces como si se tratara de hallazgos personales, sin que haya citas específicas al trabajo de campo realizado por investigadores confiables. Esto sucede muy especialmente cuando escribe sobre el problema del indio y el problema de la Tierra. Así, su obra -más allá del valor epistemológico o filosófico que algunos pretenden- está más cerca de la ficción que del ensayo. No sorprende entonces la enorme distancia entre el Perú que Mariátegui revela falsamente al mundo y la realidad de la historia en decenios sucesivos, que pulverizó hasta los elementos más genéricos de su “interpretación”

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velascato

Escribe: Darío Enríquez.- Pese a todas las evidencias que apuntan a sustentar su ineficacia y malignidad, hay quienes pretenden volver a la Constitución de 1979 y aducen que la Constitución de 1993 es ilegítima. Ya nos estamos acostumbrado a encontrar una suerte de proyección psicológica en el ámbito político, cuando las “demandas” de los grupos de izquierda acusan de lo que ellos adolecen. Es la Constitución de 1979 la que no tuvo mayor legitimidad. En 1978, el partido Acción Popular decidió no participar en la elección de una asamblea constituyente. Se llevó adelante esa constituyente a pesar que no participaba el partido que sufrió el golpe de Estado de 1968, que denunciaba la ilegitimad de la dictadura para irrogarse representatividad alguna (salvo la que cree tener con el uso y el abuso de las armas contra su propio pueblo) y que un par de años luego tendría el 40% de la votación, ganando nuevamente la presidencia en forma inapelable. Ya en el gobierno, con su socio el Partido Popular Cristiano -que fue minoría en la constituyente de 1978- superaba en 1980 el 60% de apoyo popular. De hecho esto relativizó la legitimidad electoral de C79. Pero el punto más importante es que la dictadura militar obligó a los constituyentes a incluir las "reformas" del gobierno revolucionario de las FFAA (léase cachaquería -en su peor acepción- que usurpó el poder con violencia en 1968), con la complacencia de la falsa mayoría aprista y el festejo de la izquierda con una representación constituyente histórica e irrepetible, alineada al modelo de la dictadura militar.

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Escribe: Darío Enríquez.- Ha fallecido un ídolo de la música popular hispanoamericana. Le cantó a cientos de millones con todo su talento y con todo el corazón. Fue su corazón el que de un momento a otro le dijo : “no va más”.

Su fama no supo de fronteras políticas y tampoco de barreras elitistas. Su caso quiebra todos los estereotipos que imponen ciertas gentes que niegan la calidad musical fuera de sus fetiches de alcurnia cultural y su concepto de “lo culto”. También hace pedazos el discurso que pretende descalificar a nuestros pueblos por ser “homofóbicos, reaccionarios, cavernarios, machistas”, tanto que necesitan la guía pétrea e indiscutible de las (falsas) élites (falsamente) progresistas para convertirse en gente. Es simplemente imposible sostener que nuestros pueblos sean “homofóbicos” y ese largo e infame etcétera, confrontados al hecho que Juan Gabriel haya sido y siga siendo el máximo ídolo de la historia musical popular de los pueblos de nuestra América. El divo de Juárez era homosexual.

Es como lo que sucedió hace un par de años con el equipo de fútbol Real Garcilaso del Cusco. Fue incluso multado debido a su hinchada “racista”. Digamos “afro-racista” para ser más precisos. Porque estábamos frente a un caso de “serranos” en la tribuna lanzando gritos racistas contra “negros” en la cancha de fútbol. En léxico político-correcto, de altoandinos discriminando a afroperuanos. Lo curioso es que el referente, el capitán del equipo cusqueño, era el conocido “Cuto” Guadalupe, alguien que dista muchísimo del arquetipo ario rubio con ojos azules o del “cholo terco”. Una hinchada afro-racista nunca hubiera aceptado entre sus filas a un afroperuano como su líder indiscutido.

Elemental.

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