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Jueves, 23 de Noviembre 2017


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omosexualismo no es una enfermedad

Científicos eliminaron homosexualidad de la lista de patologías 

Escribe: Darío Enríquez.- Desde hace unas semanas, venimos desarrollando punto por punto la enumeración de hasta diez mitos emitidos, difundidos y propagados por la denominada “Ideología de Género”. Entre la gran cantidad de mentiras, falacias y medias verdades que desde ella se emiten, difunden y propagan, comentaremos en esta oportunidad sobre dos de ellos: la absurda acusación de que se le considere una enfermedad microbiana o viral, lo mismo que cómo así en su momento se eliminó la homosexualidad de la lista de patologías psicológicas.

En efecto, la homosexualidad no es una enfermedad ni viral ni microbiana. Pero desde la ideología de género, sus militantes usan el término “enfermedad” atribuyéndolo en forma intencional contra los que combatimos esa ideología, para hacer uso de una falacia que apela al ridículo: “si es una enfermedad entonces es contagiosa y puede propagarse como una gripe”. Es evidente que no existe el microbio o el virus de la homosexualidad. Pero en tanto expresión de preferencias y gustos -en este caso referida a prácticas sexuales- puede propiciar su propagación por imitación, moda o simple curiosidad, especialmente entre los más jóvenes. Empero, no hay evidencias de un enraizamiento masivo de esta propagación hasta la fecha.

Si embargo si hay un elemento que los militantes homosexuales tratan de ocultar y prefieren que no se trate: el síndrome de inmunodeficiencia adquirida y su elevada tasa de contagio en varones que incluyen en su sexualidad actos de tipo homosexual, tanto frecuentes como ocasionales. Cuando el SIDA se convirtió en un grave problema de salud pública en el mundo, se trató por todos los medios de negar las evidencias y se decía en forma condescendiente que cualquiera puede contagiarse. En efecto, cualquiera puede contagiarse, no interesando el tipo de actos sexuales que se practiquen. Empero, la probabilidad de contagio es elevadísima entre varones que practican actos homosexuales, tanto anal como oral por la ingesta de semen que proviene de un portador del virus. La bisexualidad hizo elevar la tasa de aparición del síndrome entre mujeres, lo que pretendió usarse como una “prueba” de que no sólo aparecía SIDA entre homosexuales varones, sino también en mujeres heterosexuales. Además, se incluía en la estadística a quienes se contagiaban por contaminación en una transfusión sanguínea. Con todas esas cifras, incluyendo mujeres heterosexuales, prostitutas y contagiados en una transfusión, se reducía la incidencia en la población homosexual y bisexual. Si no exigimos rigor, las cifras siempre pueden ser manipuladas.

Luego de un largo período en que la ciencia médica ha venido luchando contra este flagelo, se han mejorado notablemente los protocolos y las pruebas previas en las donaciones de sangre, lo mismo que el diagnóstico temprano, de modo que el contagio por transfusiones se ha reducido a mínimos históricos. Igualmente, las cifras se han reducido entre mujeres heterosexuales y prostitutas. Pero las últimas estadísticas realizadas en países desarrollados son contundentes: 95% de los nuevos casos de SIDA en el último lustro, corresponden a miembros de las diversas comunidades agrupadas hoy bajo las siglas LGTBiAPQ, sobre todo varones. Se impone entonces, información oportuna y calificada para que conozcan el riesgo que toman con esos actos que no son para nada inocuos. En especial para esa población joven heterosexual que incursiona ocasionalmente en actos homosexuales siguiendo moda, imitación o curiosidad por el tratamiento ligero y hasta “cool” que le dan los medios de comunicación. No puede seguir ocultándose esta realidad por más dura que sea.

 

Se debe retomar y reforzar campañas que recomienden a las comunidades LGTBAiPQ reconocer que su sexualidad -a la que tienen derecho, por supuesto- implica graves riesgos y sus consecuencias deben ser difundidas para que se tome conciencia en la necesidad de reducir su incidencia. El uso del condón no ha tenido los resultados que se pregonaban. No sólo en referencia al SIDA, sino a la alta tasa LGTBAiPQ en todo tipo de enfermedades de transmisión sexual. Hacer públicas estas cifras y enseñar a los jóvenes el grave riesgo que corren no tiene nada que ver con discriminar, sino con proteger a poblaciones jóvenes e incluso adolescentes, gravemente vulnerables en razón de tener una personalidad en formación y una incipiente o aún inexistente vida sexual activa.

Volviendo al punto de la “enfermedad”, un trastorno denominado “disforia de género” o “trastorno de identidad sexual” es tratado por los psiquiatras, que lo definen como un conflicto entre sexo biológico y género social. Sin embargo, se suele hacer referencia a que el homosexualismo fue eliminado de la lista de parafilias de la American Psychological Association (APA) en los 70s sobre la base de una decisión científica. En efecto, esa eliminación se dio, pero no fue ni por asomo una decisión científica. Se trató de una votación gremial, replicando para ello las peores maniobras que uno pueda imaginar en el peor de los sindicatos. El resultado fue 56% a favor de la eliminación versus 44% en contra. Es decir, incluso con toda la presión, el amedrentamiento y la manipulación de sus dirigentes, no fue un resultado abrumador ni definitivo. De hecho no hay científicos serios que apoyen el “gremialismo” como método para tomar decisiones científicas. Eso sólo es apoyado por militantes irracionales.

La Ciencia se basa en indicios, evidencias y rigor en sus métodos, no en presiones, militancia ni votaciones gremiales. Muchos psicólogos y psiquiatras siguen tratando casos de homosexualismo, con una casuística verificada y verificable, en la medida que los propios afectados acepten voluntariamente someterse al tratamiento y aunque el gremio los condene e incluso los persiga. En estos momentos hay un lobby en USA que presiona a los psiquiatras para eliminar la “disforia de género” del catálogo de trastornos. Todo esto no es sino expresión tangible de cómo se tuerce la evidencia empírica y la larga casuística en el tratamiento de estos trastornos, a partir de coerción,

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