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Jueves, 23 de Noviembre 2017


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usulmarivada

Escribe: Darío Enríquez.- El choque de civilizaciones ha mostrado el peor de sus rostros por enésima vez, con un aborrecible atentado en el corazón de Barcelona, la segunda ciudad española. El saldo de 15 muertos y 80 heridos, además de millones de personas conmocionadas psicológicamente por la reiteración de estos ataques terroristas del extremismo islámico, estremece al mundo. La farsa del multiculturalismo haciéndose evidente del modo más chocante e inhumano.

De nuestra experiencia de vida en una ciudad del mal llamado “primer mundo”, en contacto directo e interactuando en un espacio multicultural por excelencia, hablaremos de tres historias diferentes que muestran parte de ese mundo musulmán que se ve muy poco en las noticias, pero que forman parte de lo cotidiano en estos espacios urbanos.

Ahmed es un padre de familia laborioso y dedicado. Su carácter afable en la fábrica donde trabaja le ha ganado el aprecio de sus colegas. Tiene tres hijas aún pequeñas y una esposa cuyo rostro nadie conoce, pues siempre que sale fuera de casa tiene una vestimenta negra que la cubre completamente de pies a cabeza, incluyendo el rostro. Yo no lo sabia. Me tocó visitar su casa cuando él no estaba presente. Yo era entonces agente de censo y debía recabar información. En este país el censo se hace por correo físico, las familias actualizan la información enviando de vuelta un formulario. Eso cubre el 80% de los hogares. Para el restante 20%, que no envió el formulario, debe hacerse visitas personales casa por casa, lo que hacen los agentes de censo. Hablé con la esposa de Ahmed sin verla, ella hablaba desde alguna parte de la sala, oculta, en un idioma incomprensible y una de sus hijas oficiaba de traductora al francés, asomada a la puerta. Me dijo la pequeña que su padre no estaba en casa y que debía volver el siguiente lunes, por indicaciones de su mamá. Lo hice. Ese lunes encontré a Ahmed en la entrada de la casa. Me esperaba furibundo. Me agredió verbalmente lanzándome todo tipo de improperios en una mezcla poco clara de francés, inglés y su idioma materno. Entendía que eran improperios por la fiereza con que se dirigía a mi. “Tu n'a pas le droit”, repetía fuera de sí. Yo no tenía derecho de hablarle a su esposa, me decía. Le expliqué que era el censo, que sólo debía llenar el formulario que él había omitido enviar por correo físico. Nada lo calmaba. “Get off”, gritaba desaforado. Tuve que irme y reportar el incidente a mi supervisor. El protocolo indicaba que debíamos retirarnos si había un caso como ese. La verdad no pensé que podría suceder. En las siguientes 48 horas, la policía debía buscar la información que Ahmed, encolerizado y agresivo, había denegado.

 

Salim llegó a trabajar al supermercado y pronto hicimos amistad al coincidir a la hora del refrigerio. Los inmigrantes solemos “buscarnos” unos a otros, especialmente si parecemos ser de un origen similar. Por nuestros rasgos físicos, él creyó que yo era del Maghreb y yo pensé que él era colombiano o mexicano. Muchas veces la diferencia inicial es casi imperceptible. Hicimos amistad. Hablábamos de nuestras culturas de origen y encontramos en la culinaria, muchas coincidencias, en especial el consumo de arroz, muchas especies y postres como el arroz con leche o los alfajores. Él me decía que trataba de ser un buen musulmán y que el Islam era una religión de paz. Yo no me consideraba tan buen cristiano, pero compartíamos la visión de paz y la tolerancia religiosa que se vivía en el país que nos acogía a ambos. Comentando una noticia aparecida en el diario, refiriendo la construcción de una nueva mezquita en la ciudad, le pregunté algo que siempre quise saber: “¿En tu país se puede construir una iglesia católica como se construye una mezquita aquí?”. No se sobresaltó. Inmutable, respondió directo: “No, eso no es posible”. Algo confundido, repliqué casi automáticamente: “¿Por qué no hay reciprocidad? ¿Cuál es el problema? Ustedes pueden construir aquí”. Su sentencia me sorprendió doblemente, por ella misma y porque creí al principio que era broma, pero al final supe que él hablaba muy en serio: “Es que el Islam es la religión verdadera”. No dije nada màs. Cambie de tema. Fue mi encuentro (o desencuentro) con el Islam “moderado”.

Mohamed lleva el nombre del profeta del Islam. Nació en un país donde un “tirano” servía de barrera a los extremistas musulmanes. Vino muy joven para estudiar una maestría y luego un doctorado. Es un brillante profesional. Totalmente integrado a la sociedad de acogida, mantenía relaciones cordiales con todos los colegas en la universidad. Ni su origen ni ser homosexual fueron impedimento para su integración. Viajaba con cierta frecuencia a su ciudad natal hasta que en una de las temporadas que pasaba allá, el “tirano” fue destituido y los extremistas llegaron al poder. En ese momento se vió en una encrucijada. Su estilo de vida podía merecer sanciones drásticas hasta llegar a la condena a muerte por parte de los autodenominados “hermanos”, quienes aplicaban la ley popular musulmana conocida como la Sharia, ejerciendo poder paralelo e indiscutido en los barrios populares. Prácticamente tuvo que huir de su tierra. Hace cinco anos que no puede visitar ni a su ciudad ni a su familia por el temor lógico de ser ajusticiado por las hordas islámicas.

El mundo civilizado enfrenta una grave amenaza. Incluso dentro de los países dominados por la ideología fundamentalista del islamismo extremo, los espacios civilizatorios que se habían abierto en el último siglo, están siendo menoscabados y destruidos. La resistencia interna es casi imposible. Por la dureza de la represión, por su ubicuidad y porque a muchos “moderados” no les molesta el totalitarismo tiránico si lo ordena el profeta. Toca al mundo libre defenderse de esta amenaza en forma efectiva. Pero ellos -los extremistas islámicos- conocen muy bien las debilidades de Occidente. El atentado en Barcelona ha atizado la divisiòn entre españoles y eso no es una coincidencia ni un efecto colateral. Aprovechan los delirios separatistas de líderes ambiciosos sin escrúpulos, con una ciudadanía sumamente descontenta en un contexto de Europa en crisis sistémica. Una escena macondiana resume las contradicciones que debemos resolver para mayor eficacia de esta lucha por la libertad: El rey Felipe VI es abucheado por manifestantes enardecidos acusando al rey que, como jefe de Estado español, mantiene buenas relaciones comerciales y políticas con monarcas despóticos del mundo musulmán. Muchos de esos manifestantes llevan camisetas del club de fútbol Barcelona, que tiene como sponsor a grandes capitales de esas monarquías despóticas. La frase lapidaria de Lenín cobra vigencia: “Los burgueses venden la soga con la que serán colgados”.

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