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Martes, 20 de Febrero 2018


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IZACION FALLIDA

Escribe: Darío Enríquez.- Los últimos acontecimientos nos llevan nuevamente a tratar el tema de la pena de muerte. Todo esto sólo ratifica algo que nos acompaña desde hace mucho tiempo, y que como sociedad hemos pretendido soslayar sin mayor éxito: no hemos podido superar odio, violencia y discriminación como lamentables cimientos de nuestra vida social. Están allí, aunque pretendamos haberlas superado.

Un fenómeno poco estudiado pero que muestra evidencias de ser real, es lo que podríamos denominar “disrupción evolutiva de las sociedades”. Cada grupo humano tiene un proceso de evolución social, cultural, económica y tecnológica que responde a una curva particular, propia y única. Más allá de semejanzas y diferencias. En la medida que ese grupo humano actúe y se desenvuelva relativamente aislado, el proceso es autónomo. Pero la interacción de unos grupos con otros, con estadios evolutivos diversos, hace que el fruto de esa interacción sea impredecible y produzca tales disrupciones a partir de pretender introducir elementos “de avanzada” de un grupo respecto del otro. Mucho peor cuando se establece una suerte de colonización cultural o de supremacía de unos sobre otros, como ha sido el caso en muchos “desencuentros” en nuestra historia humana.

 

Una característica del siglo XXI, en el contexto de la tercera gran revolución tecnológica y la hegemonía de Occidente, es que tenemos una pretendida estandarización de ciertos principios “universales”. Frente a la realidad de países que han progresado materialmente hasta haber reducido a mínimos inimaginables los niveles de pobreza, hay otros países que mantienen a una parte importante de su población en pobreza extrema. Se idealiza el éxito de los primeros y se descarta cualquier virtud de los segundos. En el espacio intermedio nos encontramos muchos otros países como el Perú, con contrastes evidentes, logros impresionantes y también dramas sociales que aún quedan por resolver.

Surge una tendencia irreflexiva a ser imitamonas de todo lo que hacen los países “ricos”. Milton Friedman lo sentenció en una frase magistral: “No hay que copiar lo que hacen los países ricos, sino lo que hicieron para ser ricos”. De hecho, la crisis que se vive en el llamado primer mundo tiene que ver con que “olvidaron” lo que hicieron para alcanzar su nivel de desarrollo, pensaron que disfrutaban una prosperidad irreversible, inercial y automática, pero se equivocaron. La Pensée Magique en toda su magnitud. Europa occidental sufre dramáticamente los efectos de esta amnesia social. Ellos mismos hoy tienen que recordar lo que hicieron para desarrollar y les cuesta enormemente poder reencausar sus sociedades.

Entre muchos otros temas, que trataremos de desarrollar en sucesivas entregas, el de la pena de muerte es uno de ellos. Por mucho tiempo, los países hoy desarrollados aplicaron pena de muerte mientras los índices de asesinatos se mantenían altos. Una vez que por efecto de diversos factores -evidentemente no sólo por la sanción, pero en parte por ella- los asesinatos se redujeron sustancialmente. Digamos que pudieron darse el lujo de reducir la drasticidad de las penas y dar lugar a un enfoque más benévolo, con la posibilidad de reintegrar al delincuente, de recuperarlo para la sociedad. Es que ya había dejado de ser un real problema social. Cuando desde los países menos desarrollados, se toman esas nuevas “doctrinas” (véase las comillas) y se tratan de implantarlas en medios donde la violencia mortal sigue siendo demasiado alta, se genera un desequilibrio enorme que no podemos sostener. Eso explicaría la fuerte tendencia que vemos en nuestro país para recurrir a la reinstauración de la pena de muerte. Nunca estuvieron dadas las condiciones objetivas para abolirla. Fue un grave error. En lo personal estoy en contra de la pena de muerte por el altísimo costo de cometer un error. No por consideraciones abolicionistas ni por benévolos enfoques de reinserción. Sin embargo, con las tecnologías a disposición, el posible error a estas alturas del siglo XXI es ínfimo. En especial, pensando en execrables crímenes contra inocentes niños y niñas como los que han sacudido a nuestra sociedad en las últimas semanas. Pese a estar en contra de la pena de muerte desde una posición conceptual, creo que la mayoría de peruanos que pide su restauración tiene todo el derecho de hacerlo y las autoridades la obligación de escuchar el clamor popular. Cuidado, si no se reinstaura legalmente la pena de muerte, podemos encontrarnos con el terrible escenario que, desde la informalidad, ésta sea restaurada bajo la forma de justicia popular y nos desborde la fuerza de la realidad. La abolición de la pena de muerte nos está llevando, paradójicamente, hacia el horror cotidiano de una civilización fallida.

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