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Jueves, 20 de Setiembre 2018


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cristorey

Escribe: Gianfranco Sangalli Ratti.- Siendo éste un Medio de Comunicación declaradamente católico, y no pudiendo permanecer impasibles e indiferentes frente a la lastimosa imagen que proyectan de sí el Mundo y la Iglesia de estos tiempos, afligidos por toda suerte de males, que tienen en permanente zozobra la existencia cotidiana del género humano y la unidad de la Barca de Pedro en sus tres notas caracterizantes (doctrina, gobierno y liturgia) el Espíritu nos ha movido a redactar este –para nuestro estilo inusual- artículo, que por sus rasgos apologéticos quiere ser un ardiente alegato de reivindicación de la Realeza de Cristo como única respuesta y medio de sanación posible.

***

Hace dos semanas, el 25 de diciembre, como cada año desde hace dos mil, celebramos el nacimiento del Niño Dios, de Jesucristo, “Rey de Reyes y Dominador de los que Imperan” (Ap. 19, 16.) origen y soporte de toda soberanía en este desquiciado mundo nuestro, pues la suprema Ley es Cristo Rey. Esta es la Fe de la Iglesia, esta es nuestra Fe católica, aunque sabemos que el inmundo y des-graciado espíritu laicista de estos modernos tiempos rechaza la Realeza de Cristo; inmundo y desgraciado, sí señores, porque solo del inmundo demonio puede venir la teorización de destronar a Cristo de Su reino, privarlo de sus soberanos derechos sobre todo lo creado y viviente, lo cual naturalmente incluye a los individuos, a las sociedades y a los Estados, como enseña la constante sana doctrina cristiana.

En efecto, Cristo es Rey, pues así lo dijo de Sí mismo 3 veces a Pilatos: “Luego en definitiva ¿Tú eres Rey? –Tú lo has dicho -o sea “estás en lo cierto”- Yo soy Rey, para esto he nacido y para esto vine al mundo, pero mi Reino no es de aquí”, afirmación esta tercera de que se asen los laicistas e incluso los mal llamados “católicos liberales” para pretender la separación de la Iglesia y el Estado, el extrañamiento de Cristo y de Su ley de la cosa pública. Sin embargo, como explica el padre Leonardo Castellani, Cristo dijo “no es de aquí”, no dijo “no está aquí”, es decir que Cristo usó el adverbio latino “hinc” que indica movimiento y no existe en la lengua castellana, y que significaba tres cosas juntas: “Mi reino no procede de este mundo; mi reino está en este mundo; mi reino va de este mundo al otro mundo”; se trata pues el reino de Cristo de uno que abarca ambas esferas de la realidad, la sobrenatural y la natural, la espiritual y la temporal.

La frontal oposición a la Realeza de Cristo la ofrece el Laicismo, hijo directo del Liberalismo filosófico, y último putrefacto fruto del proceso de descomposición de la Filosofía que constituye la historia de la llamada filosofía moderna. Ésta (que es la historia de un colosal fracaso), es la continua, sostenida, pretensión de alcanzar la independencia –e incluso contraposición- de la razón respecto de la fe, afirmando la centralidad del hombre, de su razón y de su libertad; el Syllabus de Pío IX condenó como falsa tal proposición: (3) La razón humana, sin tener en cuenta relación alguna con Dios, es el árbitro único de la verdad y de la mentira, del bien y del mal; es ley de sí misma, y con sus fuerzas naturales se basta para procurar el bien de los hombres y de los pueblos.

Esta filosofía representa cuatro siglos de despeñadero intelectual, desde el humanismo renacentista hasta el general relativismo actual, pasando por naturalismo, racionalismo, positivismo, idealismo, liberalismo, marxismo, existencialismo, para mencionar los principales. Y ha conducido al Mundo a la carnicería monstruosa de dos guerras mundiales, a los genocidios de las reingenierías sociales y étnicas, al caos en que está sumido, pues todo lo ha juzgado y decidido mal (incluso el mayor uso de sus reales avances técnicos y tecnológicos) porque en su aproximación cognitiva a la realidad ha usado de su razón con prescindencia de la fe.

Como decíamos, el Laicismo deriva de y es instrumento del Liberalismo para eliminar la Realeza de Cristo a través de un aparentemente cándido –en realidad falaz- enunciado: que el Estado es neutral frente a la religión que, a su vez, es un asunto privado; y que, en consecuencia, por un lado los Estados deben respetar a todas las religiones y por otro la Iglesia no debe inmiscuirse en asuntos públicos…; jurídicamente esto se traduce en la separación de Iglesia y Estado (con éste último, claro queda, como nuevo legislador supremo). Pues bien, ésta ha sido históricamente la antesala del totalitarismo estatal, desde el viejo “republicano”(léase democratista-iluminista), hasta las actuales derivaciones totalitarias inherentes a la ideología de género (quintaesencia del Marxismo Cultural). En efecto, si se hace de Dios, del Rey Jesucristo, un asunto del interior de la conciencia de los individuos (algo privado), el rol de Jesucristo Rey como Legislador Supremo, autor del Orden Natural en que está objetivizada la Moral, lo pasa a ocupar el Estado, nuevo inapelable ídolo, autónomo de la Moral. Por esta razón la Iglesia siempre condenó la antedicha separación, puesto que la secularización, es decir, la exclusión de la Religión de la vida del Estado -verdadero ateísmo social- da pública carta de naturalización al error, instaura soberano el relativismo, en la prensa, en las diversiones, en las costumbres, y deriva inevitablemente en la general corrupción (esto está a la vista) y en la guerra sistemática al Catolicismo (también a la vista). Por esto, también en el Syllabus, Pío IX prudentemente condenó las siguientes proposiciones: 55: La Iglesia debe estar separada del Estado, y el Estado debe estar separado de la Iglesia; 56: Las leyes morales no tienen necesidad alguna de sanción divina; ni es tampoco necesario que las leyes humanas se conformen con el derecho natural o reciban de Dios su fuerza obligatoria; y, 57: La ciencia moral y la ciencia filosófica, así como las leyes civiles, pueden y deben separarse de la autoridad divina y eclesiástica. Además, la tesis de la separación entre la Iglesia y el Estado había sido condenada ya por Gregorio XVI en la Mirari Vos (1832).León XIII reitera esta constante doctrina católica en la Immortale Dei; San Pío X en la Vehementer Nos y Pío XI en la Dilectissima Nobis.Aloc.

Ahora bien, quede claro que el Laicismo es el efecto, no la raíz del mal, la cual es el Liberalismo. Éste parte de una idea que es teológicamente herética (por eso el Liberalismo es una herejía cristiana), a saber, que el hombre es naturalmente bueno siendo la sociedad la que lo hace malo; esto es una negación del pecado original y de la absoluta necesidad de la gracia divina para poder redimirse, suponiendo que le basta la razón y la libertad para realizarse como persona. Este Liberalismo político tiene su correlativo Liberalismo religioso (la campante herejía Modernista dentro de la Iglesia; tan denunciada cuanto condenada hasta el Concilio Vaticano II); es evidente que ambos han terminado por ser preponderantes; es evidente la ruina que ambos han causado en sus respectivos ámbitos.

El Liberalismo político, inauditamente ayudado por la acción de los “católicos liberales” y la inacción de los católicos cobardes, en apariencia ha hecho triunfar el luciferino “non serviam” (no serviré) y el judaico “Nolumus Hunc regnare super nos” (no queremos que Éste reine sobre nosotros). Así las cosas, es cierto que en cuanto a reinar, Cristo hace ya bastante tiempo que más bien parece reina poco en nuestras sociedades. Nótese que decimos que “en apariencia” no reina, porque los innumerables y crecientes males físicos y morales que –ganados a pulso- atormentan al mundo, y que son fruto de la insolente rebeldía del hombre al “suave yugo” de Cristo (S. Mateo 11, 30) demuestran palmariamente que

Éste sigue reinando plenamente, pues –probablemente anticipando lo que un tiempo sucedería- Cristo hizo notar que si a un Rey se le sublevan los vasallos, no deja de ser Rey mientras conserve el poder de castigarlos (como está sucediendo) y avasallarlos de nuevo (como sucederá con Su Segunda Venida, la Parusía).

En relación a lo apenas expuesto, la Encíclica Quas Primas, sobre la Realeza Social de Cristo, resulta sorprendentemente profética respecto de la presente ruinosa situación del mundo y de la misma Iglesia (de hecho, a diferencia de otras que fueron escritas sobre problemas temporales, ésta fue escrita sub specie aeternitatis), que S.S. Pío XI opone al Laicismo:

“23. Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.

24. Los amarguísimos frutos que este alejarse de Cristo por parte de los individuos y de las naciones ha producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, los hemos lamentado ya en nuestra encíclica Ubi arcano, y los volvemos hoy a lamentar, al ver el germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento de la paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las apariencias del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las discordias civiles, junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus particulares provechos y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de raíz la paz doméstica por el olvido y la relajación de los deberes familiares; rota la unión y la estabilidad de las familias; y, en fin, sacudida y empujada a la muerte la humana sociedad.”
Y así, la estulticia de los gobernantes y de los gobernados que se oponen a que Cristo reine, es decir a Su Ley, ha atraído puntual e invariablemente sobre sus sociedades toda clase de males, pues quien no está con Cristo está contra Cristo y los que no recolectan con Cristo, desparraman (S. Lucas 11, 23) miserablemente. Pero su impía estulticia o malicia, cuando nuestro Rey se manifieste, serán como cera que se derrite delante del fuego, así perecerán los impíos delante de Dios (Salmo 68, 2).

La Realeza de Cristo es un hecho cósmico y atemporal que significa, que nació para ser Rey ayer, aquí y ahora, y para siempre (Iesus Christus heri et hodie ipse et in saecula; Heb. 13, 8); significa que en medio de novedades y cambios, de confusiones y errores, la persona del Rey que nos ha nacido es lo único esencial y fundamental, centro del Universo y sustento de cuanto existe. Es la afirmación firme y confiada de que sólo en Él podemos edificar la plenitud de nuestra vida individual y asociada.

Jesucristo Rey es celoso de sus prerrogativas y “… vengará terriblemente no sólo el destierro que haya sufrido de la vida pública, sino también el desprecio que se le haya inferido por ignorancia o malicia. Porque la Realeza de Cristo exige que todo el Estado se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos en la labor legislativa, en la administración de la justicia y, finalmente, en la formación de las almas juveniles en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres” (Quas Primas, 20). ¡Uf! Pobres liberales y laicistas de distinta laya, menudo futuro les espera, si no se convierten.

Entre tanto, nos unimos a la magnífica súplica del Venerable Pío XII, Papa:
“¡Ven Señor Jesús!

La humanidad no tiene fuerza para remover la piedra que ella misma ha fabricado, intentando impedir Tu vuelta. Envía tu ángel, oh Señor, y haz que nuestra noche se ilumine como el día.

¡Cuántos corazones, oh Señor, te esperan! ¡Cuántas almas se consumen por apresurar el día en que Tú sólo vivirás y reinarás en los corazones! ¡Ven, oh Señor Jesús!

¡Hay tantos indicios de que tu vuelta no está lejana!”

(Del Mensaje de S.S. Pío XII a los fieles de todo el mundo, del 21 de Abril de 1957)

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