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Martes, 18 de Setiembre 2018


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Escribe: Gianfranco Sangalli.- El pasado viernes 12 de mayo, víspera del Centenario de la Aparición de Nuestra Señora en Fátima, el heterodoxo y muy deplorable portal español Religión Digital, amanecía con una entrevista a Anselmo Borges, cura, también heterodoxo, portugués, a propósito de su libro “Francisco: desafíos a la Iglesia y al Mundo” cuyas respuestas exponen el cúmulo de blasfemias y errores rayanos en la herejía contenidas en su obra.

Sus respuestas empiezan con la identificación blasfema que hace de Francisco con Jesús, es decir con el Verbo de Dios Encarnado: “el Papa Francisco trae de nuevo el Evangelio y la gente percibe en él, en sus palabras, en sus gestos y en sus actitudes, quién es, lo que hizo y lo que quiere Jesús”. Obviamente, a sus ojos, antes de Francisco solo hubo un gran “invierno” que bloqueó la “primavera” que significó el Concilio Vaticano II; invierno representado por el nombramiento de “obispos conservadores”. Pero aquí no termina su impiedad y blasfemia pues, luego, afirma que Francisco (sólo él, parece sugerir) es cristiano y su principal misión es intentar que los católicos, comenzando por los cardenales, obispos y sacerdotes, se conviertan en auténticos cristianos; es decir, este cura abominable niega –como las peores sectas “cristianas” hacen- la condición cristiana a los católicos.

Sin embargo, la peor perfidia de esta entrevista radica en el ataque al corazón mismo de las Apariciones de Fátima, con la negación de aspectos esenciales de las mismas, de la docencia que la Santísima Virgen hace a los tres pastorcillos sobre los pecados del Mundo y sus consecuencias de eterna condenación para los pecadores impenitentes.

Pero, en directa correlación con lo anterior, lo más espantoso y doloroso es la sintónica secuencialidad que hay entre algunas de las afirmaciones de este Borges y varios aspectos de la “docencia” (invertida) que Francisco hizo esa misma tarde del viernes 12 a los fieles presentes en Fátima (y al Mundo).

De una parte, el cura Borges insinúa que lo que los tres pastorcillos refirieron sobre lo mostrado por la Virgen (la visión del Infierno) habría sido su interpretación marcada por las imágenes transmitidas por el contexto religioso de la época, “que implicaba las llamadas misiones populares, con predicadores 'misioneros' que venían de fuera y que, desde lo alto de los púlpitos, aterrorizaban a los fieles con sermones sobre el temor de Dios y el terror del infierno. Se trató, pues, de una experiencia religiosa infantil y según los esquemas y un imaginario hermenéutico-interpretativo situado en ese contexto. No se puede olvidar que ... hay experiencias religiosas mejores y otras no tan buenas. La de aquellos niños no fue de las mejores. Para verlo, basta preguntarse: ¿Qué madre mostraría el infierno a unos críos de 10, 9 y 7 años?” Con la estulta sensiblería de semejante sofisma, el cura Borges ha pretendido descalificar el núcleo esencial de las Apariciones de Fátima: la admonición a la Humanidad sobre el peligro que corre si no abandona el pecado.

 

No contento con ello, el cura Borges va más allá incurriendo en la negación directa de un Dogma de Fe Católica, a saber, que la Santísima Virgen María, Madre de Dios, fue Asunta en Cuerpo y Alma a los Cielos, afirma que si acaso los pastorcillos tuvieron una “visión” no una Aparición, pues “está claro que Nuestra Señora no se apareció en Fátima a los pastorcillos. Si fuese una aparición, todos los presentes verían y constatarían su presencia, algo que no sucedió ni podía suceder, pues María no tiene un cuerpo físico, que pueda mostrarse empíricamente.”

De otra parte, veamos ahora lo que ha hecho Francisco en Fátima esa misma tarde del viernes 12, como lo pone en evidencia el reputado escritor italiano Antonio Socci en su blog de este sábado 13 de mayo:

"Bergoglio fue a Fátima para ponerlo todo de cabeza, sosteniendo que se hace ‘una gran injusticia contra Dios y Su gracia, cuando se dice en primer lugar que los pecados son castigados por Su juicio, porque hay que anteponer que son perdonados por Su misericordia. Y repite: ‘hay que anteponer la misericordia al juicio’.
¿A quién pretende enmendar la plana? Es obvio que el objetivo es el mismísimo Mensaje de Fátima, referido por la hermana Lucía. Pero resulta que la vidente simplemente se limitó a referir las palabras de la Virgen.
Así que son tres las posibilidades: O Dios -en opinión de Bergoglio- no es lo suficientemente misericordioso y se equivoca al condenar a muchas almas al castigo eterno; o Bergoglio no cree en las Apariciones (y por lo tanto, le enmienda la plana a Sor Lucía) o está acusando directamente a la Virgen de haber cometido una ‘gran injusticia contra Dios’.”

En efecto, por decir lo menos, desconcierta que Francisco haya ido a Fátima en tan magna ocasión, para contarle al Mundo una versión de las Apariciones (la suya personal) opuesta a la enseñada por la Iglesia. En su supremo irenismo, Francisco ve en las Apariciones de Fátima solo “misericordia” (otra coincidencia con Borges que dice: “Dios no quiere sacrificios sino misericordia”, castrando S. Mateo 9, 13 de la condición del arrepentimiento), ninguna advertencia. En su personal “iluminación Fatimita” desaparece la visión del Infierno, desaparecen las millones de almas que la Virgen María dijo caían a cada instante en el Infierno. Desaparece el pecado de la carne, mayor fuente de condenación eterna. Y, lo que es peor, desaparecen las tres advertencias básicas dadas por la Virgen a toda la humanidad a través de los tres pastorcitos: la necesidad de conversión, oración y penitencia.

Como ya es habitual en él, Francisco recurre a la contraposición entre “misericordia” y Justicia Divina, enviando al Mundo el equívoco –erróneo, pues es un concepto luterano, no católico- mensaje de que poco relevante es la conducta personal de los hombres (sus obras) en relación a su salvación eterna, pues, muriendo en la Cruz Jesús ya justificó a la Humanidad toda ante el Padre Eterno. Ni más ni menos es lo expresado cuando dice:

"Él no negó el pecado, pero ha pagado por nosotros en la Cruz. Y así, en la fe que nos une a la Cruz de Cristo, somos libres de nuestros pecados; dejemos de lado todas las formas de miedo y de temor, porque no se adapta a aquellos que son amados".

Contrariamente a esta temeraria afirmación “Franciscana”, la Sagrada Escritura (Proverbios 1:7) enseña que “El principio de la sabiduría es el temor de Dios”, tanto cuanto la Doctrina Católica, por esta razón, enseña que el Temor de Dios –que es santo- es uno de los 7 Dones del Espíritu Consolador, que nos induce a huir de las ocasiones de pecar, a no ceder a la tentación, a evitar todo mal que pueda contristar al Espíritu Santo, a temer radicalmente separarnos de Aquel a quien amamos y constituye nuestra razón de ser y de vivir.

Pero, claro, si el pecado del hombre fuese irrelevante ante Dios a efectos de la salvación eterna de su alma, ¿qué necesidad habría de Infierno, ni de Purgatorio? ¡Todos directamente al Cielo!... Y, por supuesto, ¡qué Fátima ni qué Fátima!

Desafortunadamente, para el cura Anselmo Borges y para el “obispo vestido de blanco” (como el viernes por la tarde Francisco se autodefinió nuevamente) el sentido escatológico de las Apariciones (aprobadas y propuestas a los fieles como verdaderas por la Iglesia) es el de la extrema advertencia a la Humanidad de que va camino de su ruina definitiva y de que tiene que cambiar registro, de que tiene que convertirse, dejar el pecado, y reparar por haber ofendido tanto a Dios, en perfecta consonancia con lo que enseña la Sagrada Escritura, y no estas reinterpretaciones prevaricadoras de lo que Nuestro Señor Jesucristo nos ha querido transmitir a través de Su Madre y Celestial Mensajera, María Santísima, Inmaculado Corazón, y no María, a secas, y solo “maestra de vida espiritual”, como rebajadamente ha sido mentada por Francisco, como si se tratase de una directora de meditaciones y no de la Corredentora y Medianera de todas las Gracias. Como veneración –que no adoración, reservada a Dios- De Maria numquam satis, siempre será poco lo que podamos alabar a la Virgen María, como dijo San Bernardo.

La suprema misericordia, la verdadera Caridad consiste en incitar a los hombres a rectificar sus desviadas conciencias, como hizo la Santísima Virgen en Fátima hace ahora 100 años; no en confirmarlas en su laxitud o desvío, como en la práctica hacen los novadores de esta asfixiante neo-iglesia que se empeña tozudamente en sofocar las Verdades incómodas para el Mundo. Y es que, en relación al Mensaje admonitorio de Fátima a la Humanidad, la Sagrada Biblia confirma la ineluctabilidad del Juicio para quienes no hayan acogido en sus vidas el misericordioso llamado de Cristo a abandonar el pecado (como bien recopila el bloguero español Catholicvs, para seguro escándalo de librepensadores y catolicarras de encefalograma teológico plano):

“Cuando el Hijo de Hombre vuelva en Su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará sobre su trono de gloria, y todas las naciones serán congregadas delante de Él, y separará a los hombres, unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los machos cabríos. Y colocará las ovejas a su derecha, y los machos cabríos a su izquierda [...] Entonces dirá también a los de su izquierda: "Alejaos de Mí, malditos, al fuego eterno; preparado para el diablo y sus ángeles [...] Y éstos irán al suplicio eterno, mas los justos a la eterna vida." (Mt 25,31-33;41;46).

“Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Éste es Aquel que ha sido destinado por Dios a ser juez de los vivos y de los muertos.”(Hch 10,42).

“Pasando, pues, por alto los tiempos de la ignorancia, Dios anuncia ahora a los hombres que todos en todas partes se arrepientan; por cuanto Él ha fijado un día en que ha de juzgar al orbe en justicia por medio de un Hombre que Él ha constituido, dando certeza a todos con haberle resucitado de entre los muertos”(Hch 17,30-31).

“Conforme a tu dureza y tu corazón impenitente, te atesoras ira para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual dará a cada uno el pago según sus obras: a los que, perseverando en el bien obrar, buscan gloria y honra e incorruptibilidad, vida eterna; mas a los rebeldes, y a los que no obedecen a la verdad, pero sí obedecen a la injusticia, ira y enojo”(Rm 2,5-8).

“Pero gracias a Dios siempre Él nos hace triunfar en Cristo, y por medio de nosotros derrama la fragancia de su conocimiento en todo lugar, porque somos para Dios buen olor de Cristo, entre los que se salvan, y entre los que se pierden; a los unos, olor de muerte para muerte; y a los otros, olor de vida para vida. Y para semejante ministerio ¿quién puede creerse capaz? Pues no somos como muchísimos que prostituyen la Palabra de Dios; sino que con ánimo sincero, como de parte de Dios y en presencia de Dios, hablamos en Cristo.”(II Co 2,15-17).

“Pues todos hemos de ser manifestados ante el tribunal de Cristo, a fin de que en el cuerpo reciba cada uno según lo bueno o lo malo que haya hecho”(II Co 5,10).

“Ahora se extrañan de que vosotros no corráis con ellos a la misma desenfrenada disolución y se ponen a injuriar; pero darán cuenta a Aquel que está pronto para juzgar a vivos y a muertos [...] Porque es ya el tiempo en que comienza el juicio por la casa de Dios. Y si comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de los que no obedecen al Evangelio de Dios?”(I Pe 4, 4-5; 17).

“Díjome: No selles las palabras de la profecía de este libro, pues el tiempo está cerca. El inicuo siga en su iniquidad, y el sucio ensúciese más; el justo obre más justicia, y el santo santifíquese más. He aquí que vengo presto, y mi galardón viene conmigo para recompensar a cada uno según su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin. Dichosos los que lavan sus vestiduras para tener derecho al árbol de la vida y a entrar en la ciudad que no obedecen al Evangelio de Dios?” (I Pe 4,4-5; 17).

“Y por las puertas ¡Fuera los perros, los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras y todo el que ama y obra mentira!"Ap 22,12-15).

Y vi un gran trono esplendente y al sentado en él, de cuya faz huyó la tierra y también el cielo; y no se halló más lugar para ellos. Y vi a los muertos, los grandes y los pequeños, en pie ante el trono y se abrieron libros –se abrió también otro libro que es el de la vida– y fueron juzgados los muertos, de acuerdo con lo escrito en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; también la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades fueron arrojados en el lago de fuego. Esta es la segunda muerte: el lago de fuego. Si alguno no se halló inscrito en el libro de la vida, fue arrojado al lago de fuego (Ap 20,11-14).

Dicho todo lo cual, no hay que desesperar porque este Centenario escatológico de Fátima no ha hecho más que empezar y solo concluirá con la conmemoración de Su última Aparición acaecida el 13 de octubre, en que confió a Lucía el Tercer Secreto, que según todos los indicios tiene que ver directamente con la desastrosa situación de la Iglesia y Su solemne promesa de que al final Su Inmaculado Corazón triunfará. Y, mientras tanto, dirijamos el pensamiento a la memoria excelsa y al seguro Magisterio del Venerable Papa Pío XII, el Papa de Fátima, que fue consagrado Obispo el 13 de mayo de 1917, fecha de la primera Aparición; que fue honrado con ver el Milagro del Sol en cuatro ocasiones distintas el año 1950: el 30 y el 31 de octubre, el 1º de Noviembre (día en que Pío XII definió solemnemente el dogma de la Asunción), y el 8 de noviembre (en la octava de la misma solemnidad); que en su profético Mensaje Urbi et Orbe del 21 de abril de 1957 describe la lamentable e irremediable decadencia espiritual de la Humanidad; y que fue sepultado un 13 de octubre de 1958, aniversario de la última y decisiva Aparición de nuestra Señora en Fátima. Este santo Defensor Civitatis (Defensor de la Ciudad cristiana) que en un discurso del 20 de febrero de 1949 nos puso ya en guardia contra “una Iglesia que relaja la Ley de Dios, adaptándola al gusto de los deseos humanos, en lugar de proclamarla y defenderla en voz alta”, una Iglesia que se entrega a “las cambiantes opiniones de su tiempo”; y de semejante parodia de la Santa Iglesia Romana se pregunta: “¿Reconocerían en esa Iglesia el rostro de su Madre?¿Pueden imaginar un sucesor del primer Pedro, inclinándose ante estas demandas?” Que cada quien mire y escuche a su alrededor y, si es honesto y valiente (porque será perseguido por el Mundo) saque sus conclusiones y adopte sus decisiones, pues el Honor de Cristo, de Su Madre, de Su Iglesia y la salud eterna de las almas es lo que está hoy, más que nunca antes, está en juego. Como dijo un gran católico español del Siglo XX: bienvenidos los tiempos difíciles, porque ellos harán la depuración de los cobardes.

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