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Martes, 21 de Noviembre 2017


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mora

Escribe: Antonio Moreno Ruiz.- Hoy más que nunca, el toreo tiene una misión artística. Morante de La Puebla es uno de los que más y mejor se ha dado cuenta de eso, y actúa en consecuencia. Porque el que es artista, lo es hasta para vestirse.

Durante años, los mismos taurinos no han valorado las repercusiones que pudiera tener la perniciosa ideología animalista como enésimo paso del marxismo cultural. A falta de clientes proletarios en los estados del bienestar, bueno es utilizar lo que sea para una revolución que parece no acabarse nunca. Y como los animales no hablan (bueno, salvo los loros), mejor que mejor.

Las discusiones sobre la tauromaquia vienen de muy antiguo, y siempre ha habido defensores y detractores ilustres. El problema es que en nuestro tiempo, durante muchos años, muchos taurinos han querido defender la tauromaquia desde un punto de vista materialista. “Da mucho trabajo”, “da mucho dinero”, “es bueno para el turismo”. Sí y no. Quiero decir: Que da trabajo y dinero, por supuesto. Pero el turismo, fatalmente, ha supuesto una masificación y una pérdida de arte y tradición para ser reconvertido en espectáculo, para hacerlo “comprensible” a quien en verdad no quería comprenderlo. La mercantilización de la fiesta ha sido un fenómeno que, si bien hizo ganar mucho dinero, la llevó por una senda de mediocridad y pesadez que muy fácilmente han aprovechado los animalistas, al alimón de las subvenciones recibidas por España (1) y por Holanda. No es casualidad que el PACMA (2) tenga su sede en la calle más cara de España.

No es casualidad tampoco que sea un partido apoyado por la burguesía farandulera, la misma que, como la periodista Julia Otero, brama contra los toros para hacerse fotos disfrutando de mariscadas. De todas formas, hay que reconocerles mérito: Siguen en su militancia, no caen en el “voto útil” ni en el “mal menor”, y aun pudiendo ir con el partido ultraprogre “Podemos”, no lo hacen y siguen su propio camino. Mientras que el mundo taurino sigue sin saber qué hacer, dividido y pendiente de politiquillos; y los animalistas, a río revuelto, ganancia de pescadores.

Y es que el toreo, o se defiende poéticamente, o mejor no se defiende. El materialismo no cuaja, y eso bien lo saben hasta los marxistas. Por eso tienen que estar reinventándose continuamente.

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pancors

Escribe:Antonio Moreno Ruiz.- Gracias a Dios Nuestro Señor y a la incansable gestión de buena gente como Yhonatan Luque Reyes, disponemos regularmente de misa tradicional en Lima, concretamente en el Santuario de Nuestra Señora de la Soledad, cerquísima de la Basílica de San Francisco que no osa esconder su monumental barroco frente a la concurrencia de las palomas y el subsuelo de unas catacumbas que parecen llevarnos a Roma. Lima siempre será conocida por la Ciudad de los Reyes.

Por eso, para andar por su centro histórico, me gusta ir bien vestido. No en vano existió la expresión “jironear”, porque no de cualquier manera se pasea por aquellos céntricos jirones, como bien recuerda el ilustre filósofo limeño Víctor Samuel Rivera. Así que en los calurosos días, un servidor, ni corto ni perezoso, se pone su guayabera, su sombrero de alas anchotas y sus lentes oscuros, y para adelante, gracias al metropolitano. Y así de hecho compruebo que los antiguos eran mucho más prácticos y menos tontos que nosotros. A saber: La guayabera, que allá en mi andaluza tierra, en la época de mis abuelos era más conocida como “camisa cubana”, es una prenda tan fresca como elegante, y el sombrero, sencillamente nos tapa del sol. Para muchos climas americanos, así como para las Islas Canarias y el sur de la Península Ibérica, con razón era usada por los antiguos. Con razón esos mismos antiguos usaban boinas en invierno y sombreros el resto del año.

Lo que no es normal es que con este solazo que parece rebotar en el Pacífico para arder en los Andes vayamos con la cabeza descubierta o usemos determinadas ropas que, amén de hacernos parecer eternos adolescentes, o dan más calor de la cuenta o no saben proteger del frío. Y visto lo que fue Mayo del 68 y sus consecuencias, más nos valiera la generación de nuestros abuelos que la de nuestros padres. Y barruntando estas cosas, se me viene a la memoria Pancorvo. ¡Cómo se va pasando el tiempo! Como el que no quiere la cosa, resulta que llega el primer aniversario de la muerte del gran José Antonio Pancorvo Beingolea. Y digo “el gran” no por decir poca cosa, sino por decirlo todo. Porque sería injusto definir a Pancorvo como poeta, escritor, historiador, paracaidista, espadachín, pintor… Porque Pancorvo era eso y mucho más: Pancorvo era un arquetipo que antes de írsenos ya figuraba en la inmortalidad, a fuer de unir la borgoñona cruz de San Andrés con el estandarte supremo del sol. Pancorvo superó todas las contradicciones que se han hecho en torno al término “criollo”, en puridad, mucho más amplio y clarificador que una supuesta “limitación costeña”, y que no se contradice con lo andino.

Esta superación sólo la puede hacer alguien de su categoría: Un grande. Como los sabios buenos y clásicos, era humilde, pero no humilde por falsa modestia, sino humilde por generoso, porque, amén de que siempre estaba dispuesto a aprender, también le gustaba compartir su saber y porque sabía que, como reza el castizo proverbio castellano, nadie es más que nadie, o por lo menos hasta que no se demuestre.

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Escribe: Antonio Moreno Ruiz .- Hombre Domingo, que me he enterado que te nos has ido. ¿Cómo se te ocurre irte tan joven? Porque no recuerdo exactamente cuándo nos conocimos, pero habida cuenta de que yo tengo ya treinta y cinco tacos, la primera vez que pude departir contigo hará, como poco, trece años, y quizá me quedo corto. Y ya entonces estabas más joven que yo. Siempre con esa sonrisa tan diligente de empática campechanía, siempre con ese talante de caballero simpático tan propio de nuestro querido sur de estampas cofrades y toreras; siempre con la humildad de recibir como hijo pródigo al recién llegado sin por ello caer en falsas modestias, derrochando el talento de la oratoria cuando la ocasión lo requería; siempre como una caja de sabias sorpresas, de anécdotas que podían ser serias o chispeantes según el momento. Porque siempre sabías estar. Porque siempre estabas.

Fueron unos cuantos viajes juntos por tierras de Aragón y Castilla. ¡Y hasta Roma! Como para olvidar aquel viaje a la Ciudad Eterna, hasta ahora, la única vez en mi vida -hasta ahora-. ¡Y compartí el viaje contigo, entre otros! ¡Qué orgullo! Y es que tú estabas siempre donde había que estar, moviéndote más rápido que todos los entusiastas jovenzuelos. Tú siempre dando la cara, siempre presente, siempre dispuesto, siempre caritativo. Y qué decir de los recuerdos de nuestras reuniones, empezando por el local de la calle Jovellanos, aquella calle que anticipa el olor a incienso de la Semana Santa y también nos riega los paladares con vinos y tapas; lugar que siempre me recordará a Aurelio Barrau, que como otros tantos carlistas, comparten contigo la morada celestial. ¡Y tu padre! Que se dice pronto tu padre, Domingo: Don Manuel Fal-Conde. ¡Lo que me hubiera gustado conocerlo! Tu padre, aquel prohombre que se enfrentó a Franco cuando estaba vivo y al que un cacique comunista le quitó la calle en una de las zonas más humildes de Sevilla... ¡Esa es la memoria histórica de los progres y también la de los que callan y otorgan! En fin, tu padre, querido correligionario; el mismo gran adalid tradicionalista cuyo nombre pronunciado ya te iluminaba los ojos. De él heredaste, entre otras muchas virtudes, la gallardía y la generosidad que desprendías con ese porte como de otro tiempo, porque en verdad, de otro tiempo son los hombres de vuestra categoría, de un tiempo que se adelanta a la eternidad.

¿Pero qué vamos a hacer sin ti, hombre? Mira que os vais los mejores y, contradiciendo a Bécquer, los vivos nos quedamos muy solos. Que esto está todo muy decadente, que no pinta nada bien lo que se viene, y eso que todavía no hemos tocado fondo... Que contigo me cercioro de que se nos va la última gran generación de españoles. Que lo que está quedando, vaya tela...

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plaza toros ronda origen

Escribe: Antonio Moreno Ruiz.- Dice Fernando Sánchez Dragó (1) -que además de escritor es licenciado en filología románica- que la tauromaquia es lo único que queda en pie del mundo antiguo, algo equiparable a la edad de los titanes, a la “Eneida” de Virgilio, y que en el sur de Francia, España e Hispanoamérica ha sobrevivido el rito más antiguo de la tierra, ya descrito por Platón en el “Critias” y en el “Timeo”. El filósofo griego, discípulo de Solón, si bien no desveló del todo el hermetismo iniciático que había escuchado sobre la Atlántida, sí dejó escrito que los doce reyes de la confederación atlante se reunían una vez al año, y que para celebrar tal acontecimiento, todo el pueblo se congregaba en un teatro circular presidido por los mentados monarcas y en el centro, un individuo armado con un trapo y un instrumento de hierro, daba muerte a un toro.

En muchos pueblos de la Antigüedad, las respectivas/primitivas religiones tenían al toro como un icono de fuerza y fertilidad, entre otras muchas características. Empero, sólo en el mundo ibérico y en sus influjos es que se ha conservado este “sacramento antiguo” que dice Sánchez Dragó, donde se para, se templa, se manda, se liga y se carga la suerte como máximos símbolos vitales.

La estética del toreo en verdad es “metaestética”: Es algo que va más allá: Es una ceremonia. En ello convergía el filósofo Gustavo Bueno (2), defendiendo que la fiesta de los toros, si bien no es algo ininterrumpido desde el amanecer de los tiempos, sí que encierra, aun en su evolución, un halo de ceremonia de religiones primarias, con una relación “especial” entre el hombre y el toro, pues el toro no se ve como un mero depósito de proteínas, sino que está dotado de una luminosidad que va más allá de la bravura física, puesto que reproduce una situación simbólicamente similar a los toros que están dibujados ya en las pinturas rupestres, y que también tuvieron su culto en Creta. No es una “mera caza”, sino una relación de respeto y de intención, que se ha ido transformando y que ya constituye todo un acto cultural.

Gustavo Bueno defendía que lo esencial de la tauromaquia no es el dolor del animal. Ni los aficionados a la fiesta van para disfrutar de un destrozo. Eso es pura demagogia. El animal es tratado, desde luego, con mucho más respeto y cuidado que los que acaban en el matadero. Atribuir “tortura” o “barbarie”, decía el nombrado filósofo español, es una reacción ridícula de gente que no quiere ver la realidad, de una falsa sensibilidad que no quiere ver de frente ni la vida ni la muerte. Y lo interesante es que D. Gustavo no daba por válidos los argumentos “materiales” sobre los toros: Es decir, “hay que mantener los toros porque dan trabajo/dinero”; la validez de la tauromaquia está precisamente en su especificidad como arte, en su modo genuinamente hispánico de no huir ante la realidad. Como decía el poeta Gabriel Celaya, “soy un ibero, y si embiste la muerte, yo la toreo”. Y como insistía otro filósofo también, José Ortega y Gasset, la historia de los toros está íntimamente ligada a la historia de España.

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