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Domingo, 18 de Noviembre 2018


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Cabecera de ida y vuelta

vargas 644x362Escribe: Antonio Moreno.- Para hablar de tauromaquia, acudamos a los literatos:
Ramón del Valle-Inclán decía que en la tauromaquia se daba una especie de temblor de violencia estética que hacía que una corrida fuera algo muy hermoso.

Camilo José Cela decía que el toreo era un arte mitad ballet, mitad vicio; y que tenía su punto caricaturesco.
Miguel Hernández veía en la tauromaquia un símbolo, un arquetipo, una fuerza. Y no fue el único que dedicó sus poemas en este sentido, pues José María Pemán, Rafael Alberti y Fernando Villalón fueron por el mismo camino.

Roy Campbell veía en la tauromaquia una conexión con el mundo clásico, y era capaz de enlazar desde la mitología griega al culto mitraico que, nacido en Persia, se extendió por todo el imperio romano.

Mario Vargas Llosa exalta la belleza instantánea, efímera, que se ve en una corrida de toros.

Y bueno, un servidor, como escritor y aficionado más o menos reciente y poco o nada entendido, opina que todo eso se da junto y revuelto en la tauromaquia. No es sólo una corrida de toros: Detrás hay mucho. Hay todo un trabajo de dedicación y artesanía, donde la máquina no vale, porque es el hombre y la tierra en una comunión ancestral. Es la única ligazón que nos queda con la tierra. Y cuando el hombre pierde el contacto con la naturaleza, pierde el sentido de trascendencia y hasta el sentido común. Este es el tipo de hombre moderno que por desgracia está proliferando en España: El que hecha espuma por la boca contra los toros y, acto seguido, acoge Halloween con total mansedumbre.

Con todo, lo que se ve en la plaza no es sino una consecuencia: Una gran consecuencia donde no hay soledad, pues al mismo tiempo, aparece una reminiscencia mitológica, una pintura de costumbres, una explosión de luz y color, un dibujo altisonante… Y sobre todo, un arquetipo. Por eso, dentro de los que dicen odiar a la tauromaquia, lo que hay es un odio a las raíces, a las esencias ibéricas por encima de los “gustos” más o menos particulares.

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pararva

Escribe: Antonio Moreno Ruiz.- Dentro del desarrollo eclesiástico americano, cabría destacarse, entre otras cosas, que:

 

- En el 1605 fue suprimido el obispado centroamericano de Vera Paz (el famoso escenario de Bartolomé de las Casas, el mayor suministrador de la Leyenda Negra hispanófoba) y se crearon los de La Paz y Santa Cruz de la Sierra en el territorio de Charcas.

-En el 1609 fue elevada Chuquisaca, la Ciudad de la Plata, al rango arzobispal y se erigió la diócesis peruana de Huamanga.

-En el 1620 se crearon los arzobispados de Buenos Aires y Durango.

-En el 1638 se trasladó la sede episcopal venezolana a Caracas desde su primitivo emplazamiento en Coro

-En el 1698 se trasladó la sede episcopal de Santiago del Estero a Córdoba y la de Santa Cruz de la Sierra a Mizque.

 

Así, el espacio eclesiástico americano quedaba, de esta forma, repartido entre cinco grandes sedes metropolitanas:

 

1) México (desde territorios que hoy pertenecen a Estados Unidos hasta las provincias centroamericanas)

2) Lima (Perú, Quito y Chile)

3) Santa Fe (Nueva Granada y Venezuela occidental)

4) Santo Domingo (Antillas y Venezuela oriental)

5) La Plata (Charcas y Río de la Plata –territorios hoy paraguayos y argentinos-)

 

La misión es la institución clave de la iglesia hispanoamericana: Es la célula evangelizadora por excelencia, buscando siempre la pacificación de los territorios indios.

 

Hay un dato que me parece entrañable y he de reseñar: Fray Juan Calero, paisano mío de Bollullos de la Mitación y formado en el monasterio franciscano de Espartinas (ambos, pueblos pertenecientes a la comarca del Aljarafe, cerca de la ciudad de Sevilla), estuvo presente en las tierras del actual estado mexicano de Jalisco, fundando Tequila y poblaciones limítrofes. Fue muerto por indígenas belicosos en la Guerra del Mixtón. Todavía es recordado en la región como un santo, siendo que gracias a su histórica presencia y a las gestiones de mis paisanos los historiadores Francisco Rivas y Alfonso Álvarez-Ossorio, Bollullos de la Mitación hoy se encuentra hermanado con varios pueblos de la región, reconociéndonos todos en una comunión espiritual. Fray Juan Calero era franciscano, orden que tuvo iniciativas como la creación de los colegios de Propaganda Fide para la formación de los misioneros, inspirados en las directrices trazadas por la congregación de la curia romana del mismo nombre que en 1622 fundara el papa Gregorio XV con el objetivo de impulsar la difusión de la fe católica por todo el orbe. Esta experiencia, asimismo, tenía precedentes dentro de los franciscanos españoles: El centro que estableció el mallorquín Raimundo Lulio en Miramar (Mallorca) en 1276, consagrado al cultivo de misioneros que habrían de ser enviados al norte de África. Asimismo, el también mallorquín Fray Antonio Llinás, luego de superar algunos recelos del Consejo de Indias, fundó el colegio de Propaganda Fide en Querétaro (México), en 1683. Su ejemplo hizo que sus seguidores continuaran su obra, dotándola de un carácter continental.

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santos castro timochenko

Escribe: Antonio Moreno Ruiz.- Reconozco que, aunque nunca he estado en Colombia, le tengo un cariño especial a este país hispanoamericano. El polígrafo español Marcelino Menéndez y Pelayo dejó dicho entre los siglos XIX y XX que Bogotá era la Atenas de Sudamérica. Hay filólogos españoles que dicen que donde mejor se habla el español es en Colombia. Yo reconozco que me quedo maravillado especialmente ante el acentico paisa. En la universidad, me empapé de literatos colombianos tales como Julio Arboleda Pombo, Jorge Isaacs o José Eustasio Rivera. En cuanto a una visión contracorriente de las secesiones hispanoamericanas, dos de mis máximos referentes son colombianos: Luis Corsi Otálora (QEPD) y Pablo Victoria Wilches. Así que, aun sin conocer físicamente aquella extensión de tierra que une el Caribe con los Andes, puedo decir que cuenta con mis simpatías. Y como español emigrado en Perú e hispanista convencido (1), siempre me interesa todo lo que ocurre en el mundo hispano. Y la Colombia actual constituye un caso muy explicativo.

Cuando Santos llegó a la presidencia de la república colombiana, pensé que su gobierno sería continuista con respecto a Uribe en cuanto a política antiterrorista por lo menos. No en vano fue ministro del presidente paisa. Y los paisas dicen, con ese seseo fuerte que acaso coincide con Cuzco, Cajamarca o México (herencia del castellano antiguo), que para atrás ni para coger impulso. Sin embargo, muy pronto Santos reveló que se abocaba a una estrategia de locura, en lo cual entraba la amistad con el chavismo y la bajada de pantalones ante las FARC. Los narcoterroristas rojos se afincaban en Cuba a costa del erario público colombiano, negociando con guayaberas y puros. Durante años, así ha sido. Como a costa del erario colombiano ha ido la televisión pública a informar de las interminables conversaciones y declaraciones de estos asesinos que ahora se presentaban como representantes e interlocutores. Si bien Castrolandia estaba muerta hasta que la resucitó Chávez, las FARC han supuesto otra inyección de peso. Y siempre se ha subestimado al servicio de inteligencia cubano, el cual, acaso por el entrenamiento que en su día recibió de los soviéticos, siempre ha sido tan sagaz como implacable. Así, Castrolandia no sólo tiene a Venezuela para hacer y deshacer a su antojo: Ya también puede servirse de Colombia. El triángulo narcoprogre está asegurado. No olvidemos que Popeye, el principal sicario de Pablo Escobar, insiste en que el cartel de Medellín hacía negocios con los hermanos Castro. Y de esto hace muchos años. Y de negocios los gringos también entienden bastante.

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la ruta del barroco andino compania de jesus 5

Escribe: Antonio Moreno Ruiz.- En cuanto a la música, se va gestando al igual que otros campos de la cultura, al abrigo del medio rural, las grandes ciudades y los centros misionales. La música sacra y profana llega a las Américas con los primeros frailes, artesanos y maestros de capilla, que reproducen en las nuevas tierras las formas vigentes en la Península Ibérica. La cronística del XVI nos ofrece abundancia sobre la construcción de órganos en los principales templos y catedrales, masas corales amerindias en doctrinas y misiones, composiciones monódicas y concertadas, creaciones de capillas musicales y uso de instrumentos, tales como pífanos, clarines, flautas, jabegas, dulzainas o vihuelas. Entran en contacto dos estructuras armónicas; la occidental y la amerindia. Y otra vez señalamos la gran ruta: Andalucía-Canarias-Caribe-continente.

Recordemos que la música que salía de los puertos andaluces estaba en hervor a finales del siglo XV. Los siglos XVI y XVII supondrán su definición, a la par que su acriollamiento. Y no hay que desdeñar las aportaciones de las tradiciones indias, como los instrumentos de viento de los Andes. Asimismo, los negros también influenciarán con su ritmo, especialmente a través de la percusión. Concretando en el siglo XVII, algunas de las composiciones más usuales como pueden ser tonadas, décimas, madrigales, villancicos religiosos y profanos fueron desarrollando novedosas tipologías en la que algunos folcloristas ya ven la gesta del corrido, la jácara, la cumbia o el joropo. Y algo similar ocurre con el baile: El tipismo español adquiere en el americano hogar una nueva fisonomía, aportando novedades. Es el sempiterno acriollamiento del que hablamos, que tanto se percibe en el flamenco como fenómeno antropológico interesantísimo. En esta época virreinal no podemos olvidar la importancia de la gayumba, el zambapalo, la zarabanda o la chacona; importantísimas músicas de ida y vuelta que hacían las delicias de los negros y cuyas evoluciones darán lugar a músicas actualmente conocidas. Asimismo, el mundo virreinal americano no fue ajeno al desarrollo de la música culta, hallándose, eso sí, su escenario más bien restringido a los grandes núcleos urbanos, con ambientes cortesano-caballerescos y catedrales que reclamaban piezas sacras para su ceremonial liturgia. Sirvan como muestra los casos de Ciudad de México y Puebla, donde compositores de la talla de Antonio de Salazar, Bernardo de Peralta, Juan de Padilla o Manuel de Zumaya produjeron un repertorio orquestal y coral dentro de unos esquemas compositivos análogos a los de Bach o la escuela italiana antes incluso de que llegaran a la Nueva España las partituras de los maestros del Viejo Continente.

La identificación con los nuevos solares virreinales aflora en los textos de los escritores hispanoamericanos al eco de los influjos de la creación culta de la Piel de Toro. La mayoría son ya criollos que no conocen otra tierra sino la herencia de sus conquistadores antepasados. Otros han nacido en España y sus vidas transcurren en el ultramar. Y otros, como el caso siempre sugestivo de Juan Ruiz de Alarcón, abandonan su América natal (Ruiz de Alarcón era novohispano, de Taxco, y acabó sus días en Madrid) para fijar residencia en la Vieja España y brindar a toda la Europa lo mejor de sus creaciones. No obstante, con el tiempo, se harán eco de la pluma también mestizos e indios, participando en las disputas culteranas o para narrar el pasado prehispánico. La obra de Bernardo de Balbuena, “Grandeza mexicana”, describe la capital novohispana con encendidos elogios de sus excelencias. Se le ha denominado el “Ariosto tropical“. Marca la frontera entre la producción literaria del Siglo de Oro, rica en hechos y acciones valerosas, y esta nueva etapa más abierta a la contemplación y a las formas. Es una nueva perspectiva cronológica desde la que se describen las gestas del pasado o la realidad presente con una ampulosidad ornamental ya impropia de la pluma de un soldado-cronista. Lo mismo cabe de decir del “Arauco domado” del chileno Pedro de Oña (1570-1643), o del “Cautiverio feliz” del también chileno Francisco Núñez de Pineda Bascuñán (1607-1682). En comparación con “La Araucana” del castellano Alonso de Ercilla, en la obra de Oña aparece un mundo más idílico que guerrero; el poeta es más diestro en manejar la retórica que la espada. Curiosamente, se trata de la primera composición poética de autor nacido en el Nuevo Mundo que mereció los honores de la imprenta. Por su parte, en el “Cautiverio feliz” narra su autor sobre su estadía de siete meses (en el año 1629) entre los indios de los Araucanía. El título en verdad refleja una nueva forma de ver lo americano, confirmado en un nuevo tratamiento literario.

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