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Lunes, 11 de Diciembre 2017


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pancors

Escribe:Antonio Moreno Ruiz.- Gracias a Dios Nuestro Señor y a la incansable gestión de buena gente como Yhonatan Luque Reyes, disponemos regularmente de misa tradicional en Lima, concretamente en el Santuario de Nuestra Señora de la Soledad, cerquísima de la Basílica de San Francisco que no osa esconder su monumental barroco frente a la concurrencia de las palomas y el subsuelo de unas catacumbas que parecen llevarnos a Roma. Lima siempre será conocida por la Ciudad de los Reyes.

Por eso, para andar por su centro histórico, me gusta ir bien vestido. No en vano existió la expresión “jironear”, porque no de cualquier manera se pasea por aquellos céntricos jirones, como bien recuerda el ilustre filósofo limeño Víctor Samuel Rivera. Así que en los calurosos días, un servidor, ni corto ni perezoso, se pone su guayabera, su sombrero de alas anchotas y sus lentes oscuros, y para adelante, gracias al metropolitano. Y así de hecho compruebo que los antiguos eran mucho más prácticos y menos tontos que nosotros. A saber: La guayabera, que allá en mi andaluza tierra, en la época de mis abuelos era más conocida como “camisa cubana”, es una prenda tan fresca como elegante, y el sombrero, sencillamente nos tapa del sol. Para muchos climas americanos, así como para las Islas Canarias y el sur de la Península Ibérica, con razón era usada por los antiguos. Con razón esos mismos antiguos usaban boinas en invierno y sombreros el resto del año.

Lo que no es normal es que con este solazo que parece rebotar en el Pacífico para arder en los Andes vayamos con la cabeza descubierta o usemos determinadas ropas que, amén de hacernos parecer eternos adolescentes, o dan más calor de la cuenta o no saben proteger del frío. Y visto lo que fue Mayo del 68 y sus consecuencias, más nos valiera la generación de nuestros abuelos que la de nuestros padres. Y barruntando estas cosas, se me viene a la memoria Pancorvo. ¡Cómo se va pasando el tiempo! Como el que no quiere la cosa, resulta que llega el primer aniversario de la muerte del gran José Antonio Pancorvo Beingolea. Y digo “el gran” no por decir poca cosa, sino por decirlo todo. Porque sería injusto definir a Pancorvo como poeta, escritor, historiador, paracaidista, espadachín, pintor… Porque Pancorvo era eso y mucho más: Pancorvo era un arquetipo que antes de írsenos ya figuraba en la inmortalidad, a fuer de unir la borgoñona cruz de San Andrés con el estandarte supremo del sol. Pancorvo superó todas las contradicciones que se han hecho en torno al término “criollo”, en puridad, mucho más amplio y clarificador que una supuesta “limitación costeña”, y que no se contradice con lo andino.

Esta superación sólo la puede hacer alguien de su categoría: Un grande. Como los sabios buenos y clásicos, era humilde, pero no humilde por falsa modestia, sino humilde por generoso, porque, amén de que siempre estaba dispuesto a aprender, también le gustaba compartir su saber y porque sabía que, como reza el castizo proverbio castellano, nadie es más que nadie, o por lo menos hasta que no se demuestre.

Cuando cada domingo tengo la oportunidad de asistir a la misa tradicional en el santuario de la Soledad, siempre puedo ver entre la feligresía a ilustres amigos de Pancorvo. De todas maneras, Pancorvo sigue presente en cada oración, en cada recuerdo, en cada reclinatorio, en cada derrame de incienso solemne y purificador. En mi familia hay mucha devoción a la Virgen de Fátima, y ello era una de las muchas cosas que me unía con el grande del Perú, pues no en vano Pancorvo, al igual que el conquistador Alonso de Ojeda, podía ostentar el título de Caballero de la Virgen, entre muchos otros. Ahora que estamos en el siglo de las proféticas apariciones de Nuestra Señora y Madre en aquel rincón de Portugal, mi segunda patria, donde nunca me sentí extranjero, el recuerdo de Pancorvo cobra singular y especial relevancia, pues si hubo alguien que fuera ejemplo de fidelidad a la santa fe católica y a su intrínseca devoción mariana, ése fue Pancorvo.

El 28 de febrero de 2016 el cielo se alegró mas la tierra se entristeció. Pronto, demasiado pronto. Pero cúmplase siempre la voluntad de Dios.

Ya ha pasado un año. Estamos ante el primer aniversario de la muerte del gran Pancorvo. Cuántas paradojas tiene el tiempo… A veces, parece que pasa muy rápido; a veces, parece que se demora mucho. Según San Felipe Neri, la liturgia misal ha de ser el cielo en la tierra, y eso fue lo que sintió el príncipe Vladimiro de Kiev cuando se convirtió al cristianismo. Y salvando la distancia, eso mismo sentía el maestro Curro Romero en la tauromaquia; y si tenemos que comparar un puro con un cigarrillo (y eso que hace años que dejé de fumar, que conste), la diferencia del “tiempo” es más que notoria, porque uno nunca podrá fumarse un puro estando apurado. Así son las cosas grandes que ennoblecen la vida, ya sea en lo sagrado o en lo profano (¡y osamos hablar de “pequeñas cosas”!). Y así era Pancorvo, sentado en su sillón floreado de lis cual justo y reverenciado trono en su casa de San Isidro, con aquellas ventanas rematadas por la cruz de Santiago, el apóstol caballero que iluminó la Reconquista hispánica frente al islam; el apóstol de la cruz y la espada que también vive su fervor en el Cusco y de todas maneras nos señalaba el hogar y la inspiración de aquel gran señor de barbas de sabia plata, grandeza monumental (¡hasta en físico se veía) de catedral gótica y aires de saludable bohemia barroca con alguna que otra licencia más propia del romanticismo. Y todo bajo la luz de la mística y el ascetismo que llevó consecuentemente en una vida fecunda, entrañable y ejemplar.

Como otros tantos genios (véase Gustavo Adolfo Bécquer), seguramente será reconocido más y mejor toda vez que ya no está entre nosotros. Pero hasta en eso se percibe su incontestable grandeza. A Dios le doy gracias a diario por haber podido conocerle.

Oh, Gran Pancorvo: Con vuesa merced siempre se parará el tiempo, aunque no esté físicamente. Sus enseñanzas y su buen hacer nos ha dejado marcados de por vida y para bien. Usted fue un genio y yo siempre estaré muy orgulloso de haber disfrutado de su amistad, pudiendo contar semejante hazaña a mi descendencia como uno de mis más nobles orgullos. Vele por nosotros desde el reino de los cielos, que falta hace. Y vayan siempre unas copichuelas por su encomiable y capitana memoria, amén.

¡Fíjese que ya hasta me atrevo con los sonetos! ¡Vuesa merced tiene la culpa!


SONETO A LA MEMORIA DE PANCORVO

Don José Antonio Pancorvo,
genio, caballero, místico,
perenne estampa de imperio y sol,
de las armas y las letras arquetipo.

La espada de Santiago por los Andes,
la fuerza del Pacífico hacia el sur,
torería de tiempo detenido
ante catedralicia y gótica altitud.

Bendita y feliz sea su memoria,
oh, maestro de las flores de lis,
león rampante de arpa florida,

espejo de ánimo y gran ejemplo a imitar,
a su fecundo legado me encomiendo, Dios mediante,
como estandarte que me ha de guiar en la vida.

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