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Lunes, 25 de Setiembre 2017


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Escribe: Antonio Moreno Ruiz.- Todavía a día de hoy, mis amigos de México y del resto de Hispanoamérica se sorprenden de mi pasión por “El Chavo del Ocho”, el mítico programa ideado por Roberto Gómez Bolaños y que se hizo sensación desde México a la Patagonia a partir de los años 70. En España fue conocido más tarde, a principios de los 90, pero de igual manera, pronto caló hondamente en el público, convirtiéndose ipso facto en un programa que veían desde los más viejos a los más nuevos. Fue entrañable esa fuerza con la que entró, demostrando muy pronto, a través de una serie de lo más cotidiano, las posibilidades que nos llevan a una natural unidad en la diversidad dentro del mundo hispano que al final se acaba reconociendo. La buena salud de nuestro cervantino idioma (con una unidad muy fuerte y fundamental concretamente en el español de América) hace que, si mantenemos un nivel más o menos neutro, o más menos formal, se entienda a uno y otro lado del charco estupendamente. Incluso alguna que otra palabra puntual, como “menso”, se acababa entendiendo por la lógica del contexto.

En Colombia, el Chavo hizo tal furor que se decía que los niños hablaban más como mexicanos que como colombianos. Y es que como dice mi amigo el historiador ecuatoriano Francisco Núñez del Arco, el Chavo ha hecho más por la unidad hispana que muchas otras cosas en teoría más “elevadas”.

Además de la fuerza del idioma, está el “hecho cultural”: La vecindad mexicana, al igual que la quinta peruana o el corral de vecinos español, hunden sus raíces en una antigüedad muy remota, pues ya en el Imperio Romano (del que somos herederos, y no se olvide que el libro de cabecera de Hernán Cortés era la Guerra de las Galias de Julio César) existía ese estilo de vida. Recordaba a un pasado cercano, entrañable. Invitaba a que fuera visto por la familia. De hecho, yo lo veía con mis abuelos. Recuerdo cómo mi abuela materna le cogió un grandísimo cariño al programa, y todas las tardes me pedía que se lo pusiera. Y por desgracia, estamos ante un formato prácticamente extinto. Entre otras cosas, porque los horarios laborales son cada vez más asfixiantes, y en esta suerte de Segunda Revolución Industrial globalista, el mismo concepto de familia parece estorbar. Aparte, la televisión, a la par que todo el mundo de la comunicación, camina en una dirección de sectarismo barriobajero y manipulador. No sólo en las series de ficción: Basta ver las noticias o los deportes. El mal gusto impera por doquier. Esto afecta a muchas otras disciplinas, como el arte. Y con esto no se dice que, necesariamente, cualquier tiempo pasado fuera mejor. También había programas malos en épocas pasadas. Pero creo que todo tiene un límite.

Enfocándonos en el programa, probablemente Ramón Valdés, a través de su personaje Don Ramón, fuera uno de los que más llamaba la atención. En cambio yo siempre me fijé más en el Profesor Jirafales interpretado por Rubén Aguirre. Con el devenir de los años y mi experiencia en la enseñanza, no puedo sino hasta sentirme identificado con aquel profesor grandón, aficionado a los puros y a la tauromaquia, cursi y romántico; y según el propio Rubén Aguirre QEPD, tanto la persona como el personaje eran de lo más parecido, sin saber ahí quién se superaba, si la realidad o la ficción. Esa, probablemente, es la clave del realismo mágico que es real como la vida misma. Asimismo, nuestro mentado y dilecto actor refrendaba lo que decimos en cuanto al éxito del Chavo: Porque era un programa sano, sin ofensas graves ni salidas de tono, ni palabrotas, ni cosas raras. Se podía ver con cualquiera y a cualquier hora. Y se reía uno. Y al final, siempre se acariciaba alguna moraleja.

 

Continuando con el papel del profesor, cuando al cabo de los años reveo los capítulos concernientes a aquella escuelilla, con esa cara de desesperación de aquel hombre que quería hacer carrera de sus alumnos, no puedo sino verme yo mismo, salvando las distancias, en un mundo donde el profesor está cada vez más arrinconado. Porque si bien nunca fue fácil la enseñanza, en estos tiempos, donde la disciplina y el respeto se rechazan por sistema y así se incentiva a los propios niños, el profesor siente una soledad y una incomprensión terribles. Y que conste que agradezco haber desarrollado esta labor en el Perú, donde todavía se guarda respeto al profesor e incluso se considera con cierta jerarquía; porque en España está mucho más difícil.

El Chavo nació en los años 70 y, aunque físicamente nos ha dejado buena parte de su elenco, sigue gozando de buena salud en la memoria y el corazón de varias generaciones. Desde una visión española, últimamente me acuerdo cómo a mi abuela, aparte del Chavo, también le gustaban mucho las rancheras. Los gustos de la generación de mis padres, ya acomplejados hacia el Mayo del 68, me aburren. Y de los gustos de mi generación y posteriores, mejor no hablar mucho. Así las cosas, seguiré viendo con deleite el Chavo, haciendo apología de su talento desde la felicidad de mi memoria.

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