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Jueves, 23 de Noviembre 2017


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Madrid 2017

Escribe: Antonio Moreno Ruiz.- Mi afición a los toros se debe, en muy buena medida, al rejoneo. De niño, no tenía el paciente gusto de mis abuelos para quedarme viendo las corridas por televisión, pero cada vez que veía el toreo a caballo, notaba cómo mi mente se abstraía concretamente y entraba en un entrañable trance al ver aquel centauro enfrentarse al toro. Intuía algo muy simbólico, muy artístico, muy estético. Y en la figura del arquetípico rejoneador portugués Joao Moura, fui almacenando los más grandes recuerdos que, con los años, se convertirían en pasión.

Así, llegó Diego Ventura, con el recuerdo de Joao Moura en la infancia. Rejoneadores y símbolos que no hacen sino acendrar mi lusofilia trabajada en la vecindad de la Andalucía atlántica y el Algarve. Para completar el cuadro simbólico y arquetípico, Diego Ventura acrisola su sangre portuguesa en los lindes Doñana, en La Puebla del Río, la cuna del mejor torero a pie de nuestro tiempo (¡Morante!), así como la cuna de los hermanos Peralta, y a donde también ha ido a parar la talentosa rejoneadora francesa Lea Vicens.

 

A orillas del río Guadalquivir, en un paisaje que, recordando al jurista Francisco Elías de Tejada, se comprende que Platón situara los mitos de la Atlántida. Y es que la Atlántida se hizo verdad como fusión de dos mundos. La tierra de Doñana, la que es la mayor reserva natural de Europa, es muy probable que albergue las cenizas de Tartessos, la mítica civilización que atrajo a los fenicios del Líbano y donde los griegos situaron una parte importante de su mitología.

Una inmensa pampa adobada por rubios arenales y cercada por una marisma que es testigo de cómo el río se entrega al océano, continúa esa simbología arquetípica que defendemos para con el rejoneo. No en vano, fue el suroeste de la Península Ibérica el pulmón de los descubrimientos que hicieron que el mundo se reconociera como tal, en la grandeza y complejidad de sus dimensiones.

Luego de siglos de cultura de frontera frente al islam en el propio solar, así como los turcos irían cortando las tradicionales rutas mediterráneas, los marineros portugueses, y muy de cerca los andaluces, irían buscando otras rutas a través del Atlántico. Siguiendo la audacia de los antiguos marinos iberos, que se engolfaban desde Egipto al golfo de Guinea (siendo encontrado sus pecios con la simbología del caballo), evocamos el poema “O infante” de Fernando Pessoa:

“Deus quer, o homem sonha, a obra nasce.
Deus quis que a terra fosse toda uma,
que o mar unisse, já não separasse.
Sagrou-te, e foste desvendando a espuma...”

Desde el azul profundo que junta los ríos Guadiana y el Guadalquivir y se proyecta hacia el Atlántico, Diego Ventura vuela y baila. Siguiendo una ruta estelar, nuestro rejoneador se convierte en el buque-insignia de este "metaarte" nuestro que nació ibérico para hacerse universal. La gran ventaja que tenemos desde Portugal y España al Nuevo Mundo, pasando por Francia, es que para hablar de mitología no tenemos que acudir necesariamente a tratados o a reliquias: Tenemos una mitología que goza de muy buena salud, y que está viva, presente en nuestra cultura, en nuestra rutina. Nuestros centauros están vivos y coleando. Nuestro icono de bravura y fertilidad es el rey de nuestros campos. Nuestra relación para con la vida y la muerte, a través de una liturgia, de un colorido, de una musicalidad, se hace presente en la plaza, ante el suelo de albero que evoca los brillos de un antiquísimo culto.

Además, el rejoneo ostenta una antigüedad y pureza que muchas veces se menosprecia por ignorancia. Mas gracias a los buenos rejoneadores y aficionados, creo que esta disciplina está cada vez más recuperada y valorada como se debe. En ese sentido, siempre me maravilló la tauromaquia portuguesa por haber sabido conservar la diversidad taurina en toda su dimensión; también al no haber sufrido las políticas prohibicionistas que, al otro lado de la Península, ya en el siglo XVIII no hicieron sino reforzar románticamente la afición al toro bravo, el mismo que, con leones y caballos, figura como emblema hasta en los más antiguos panteones de los iberos, acompañándonos vivos hasta nuestros días, como reiteramos.

El rejoneo se merece más que poema. No obstante, válgannos estos versos de mi puño y letra:

EN EL REJONEO

En el rejoneo,
jinete y caballo,
se hacen uno,
como uña y carne,
como cuerpo y alma.

En el rejoneo,
hay un halo
de mitología helénica,
que se hace real,
muy real, en la plaza.

En el rejoneo,
es el caballero,
es el hidalgo,
el centauro que vuela,
baila y sueña despierto.

En el rejoneo,
el clasicismo lo aportan
los portugueses. Portugal
profético. Avanzada histórica
desde la Península Ibérica.

En el rejoneo,
se transfiguran lanzas,
victoriosas y coloradas,
como novelas
de realismo mágico.

En el rejoneo,
Juan de Austria y
Miguel Primero de Portugal,
se hacen presentes
en el amor de la tradición.

En el rejoneo,
Pizarro funda Lima,
y el arquetipo ibérico
de frontera se acriolla,
enraizando en América.

En el rejoneo,
el arte se hace
más majestuoso,
más grandioso,
más eterno.

Así las cosas, Diego Ventura vuela y baila. Viviendo su propia pasión, demuestra, al igual que su amigo Morante de La Puebla, que el arte no tiene miedo. El valor y la clase, fundidos en una dedicación absoluta que abandera un estilo de vida, se reflejan en sus triunfos en las más concurridas y abigarradas plazas, de España a México. Su nombre resuena por el orbe taurino como sinónimo de elegancia, de talento, de huracán, de rapidez, de sagacidad, de inventiva, de tradición, de certeza. Es un poema y una canción hecha al redoble del tambor de corazón. Y por justicia poética y vergüenza torera, no podemos refrendar nuestro artículo sin unos versos dedicados al as del rejoneo, artífice del embellecimiento y engrandecimiento de esta mitología hecha arte. Va por el maestro:

DIEGO VENTURA VUELA Y BAILA
Los jinetes lusitanos,
ya tenían temible fama,
y el paso del tiempo,
nos lo ofrece en España:
El rejoneador Diego Ventura,
torea, vuela y baila.

La sangre portuguesa se crece,
con talento y elegancia;
Madrid, Huelva, Sevilla y Ronda
lo van llevando en volandas.
Los magníficos équidos,
con tronío destacan.

Las puertas grandes quieren
abrirse con son de campanas
de victoria de luz de albero,
de rejoneo que con el toro batalla,
por la gloria de la doma vaquera,
por la tradición hecha raza.

Diego Ventura baila y vuela,
con arrojo de merecida fama,
con adornos que lustran un estilo,
que no pierde prestancia;
con el trabajo y el talento de
las generaciones. No hay “magia”;
hay virtud, honra y sucesión,
de Joao Ventura la talla.

Y de Joao a Diego jinetes,
caballos y toros vuelan y bailan.

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