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Lunes, 11 de Diciembre 2017


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Escribe:José Luis Orella.- Las actuaciones tardías del gobierno para evitar el referéndum ilegal propuesto por una Generalitat en franja rebeldía, pone de forma visible una asignatura pendiente, que no es la articulación de Cataluña dentro de España, sino la ausencia de formación de un sentimiento de pertenencia a España a nivel educativo y cultural desde 1978. Ahora los sembradores de odio de la extinta CiU (Pdecat) ven como sus banderas les son arrebatas por la ERC y una CUP que quiere ejercer el radicalismo revolucionario, capitaneando una revolución de color, en el mejor estilo de los secuaces de Soros.

La situación se muestra muy crítica, especialmente por las grandes demostraciones de fuerza que la Generalitat proclama, movilizando a toda su clientela, donde se incluye la suspensión de clases en las universidades públicas catalanas, a favor de concienciar a la opinión pública internacional, de ser un pueblo que camina hacia su derecho de autodeterminación, y que de modo similar al fin de Checoslovaquia, Cataluña se independizará y en un corto plazo, volverá a estar integrada en la Unión Europea, como un país idílico del Báltico, pero situado en esta ocasión en el Mediterráneo. La división social producida es el fruto del fracaso de un régimen, el de 1978, que fue gangrenado por el sistema autonómico y que ahora se abre a nuevas interpretaciones.

 

La culpa no es del todo de los intereses particulares de los independentistas de Juntos por el Sí y la CUP, sino también de quienes han favorecido esta postura desde hace años. Cataluña ha formado parte inicial de España, como comunidad histórica unida, participando de sus empresas. Sin los catalanes no se puede hablar de la presencia española en el Mediterráneo, en Italia o en Lepanto, incluso en América, aunque en menor proporción. El siglo XVIII la España periférica, entre los que están los catalanes protagonizarán muchos hechos importantes, como la exploración en California, junto al franciscano mallorquín, Fray Junípero Serra. No será hasta el siglo XIX, con la formación del Estado liberal, y su concepto uniformizador de nación española, cuando se provoque una cadena de guerras civiles, las carlistas, entre ellas, en una España débil y sin fuerza para alentar un proyecto nacional moderno. Los catalanes se dividirán, como el resto de los catalanes, entre los carlistas del interior y los liberales de la costa. Pero ambos defendiendo conceptos distintos de España, como lo fue la guerra de sucesión de 1700-1714, cuando desapareció el último monarca de los Austria, y llegó el primer Borbón al trono español.

Pero aquel tiempo convulso, es también el momento de la industrialización. Barcelona se convierte en el motor del desarrollo económico, gracias a la afluencia del resto de España. En el proceso modernizador, por su industria textil, intenta sustituir a Castilla como elemento rector de España, por eso su defensa de un sistema descentralizado para España. La industrialización trae la secularización, y la Iglesia mantiene su mensaje renovando la cultura catalana, que pasa del campo a las clases medias y altas de las ciudades. El catalanismo incipiente nace del republicanismo federal anticlerical, pero también de la evolución de una parte del carlismo catalanista. El catalanismo político de matriz derechista será La Lliga catalana de Francesc Cambó.

La Lliga Catalana se definía como un movimiento interclasista, que únicamente le interesaba los intereses de Cataluña. Pero el partido catalán representaba los intereses de las élites industriales y comerciales de la ciudad, con los de los propietarios del campo. Sin embargo, la defensa de las clases propietarias y el mensaje catalanista le alejaba a la Lliga de los trabajadores, emigrantes en su mayor parte del resto de España. Éstos eran caldo de cultivo fructífero para el anarquismo sindical y el lerrouxismo político. Este último republicano y de centroizquierda. La guerra civil, con su ámbito revolucionario, empujará al mundo catalanista al bando nacional. En la escena internacional los lligistas iban a tener un protagonismo fundamental. En Francia, Joan Estelrich difundió desde la revista “Occident” los posicionamientos ideológicos del bando nacional. Por otro lado, Josep Bertran y Musitu, otro de los lugartenientes de Cambó en la Lliga, fundó el SIFNE, un servicio de espionaje que actuaba en la zona republicana y que ayudó a numerosos fugitivos a pasar a territorio galo, y de allí a Navarra. No obstante, los monárquicos de línea castellanizante impidieron una actuación activa de carlistas y lligistas vinculados al catalanismo social. Se deberá esperar al desarrollo, con el proceso de cambio y enriquecimiento generalizado de España, cuando el catalanismo social, político y cultural vuelva a tomar protagonismo en la nueva sociedad. En los años sesenta y setenta, los catalanes son protagonistas del desarrollo, a través de López Rodó, Joan Sardá, Fabian Estapé y Santiago Udina. El progreso material trae el patrocinio de las letras en lengua catalana que gozan de una verdadera época de oro con Salvador Espriu, Josep Pla y Mercè Rodoreda.

La transición traerá una nueva oportunidad de vertebrar España, donde el sistema autonómico intentará colmar las ambiciones de todos. Sin embargo, el catalanismo vinculado a la oposición al régimen franquista es distinto, y repudia un concepto de España, vinculado al régimen anterior. El catalanismo ha encontrado en el aprendizaje del catalán, un instrumento de asimilación a la identidad catalana de los emigrantes, ante la falta de una argumentación de raza. Los nacionalistas utilizan el discurso lingüístico como medida de nacionalismo étnico para homogeneizar la sociedad con una identidad nacionalista propia, que a la vez sirviese de elemento diferenciador con el resto de la comunidad nacional española. Los gobiernos autonómicos de CiU, tendrán como objetivo la voluntad de construir, de hacer país, de formar una nueva sociedad. La Cataluña nacionalista no existe, hay que crearla con unas características diferenciadoras que legitimen sus ansias separatistas. La entrega de las competencias educativas y culturales han procedido alimentar un proceso de construcción de un proyecto nacional durante tres décadas, donde nunca ha existido un proyecto de denominador común español. La ausencia de una explicación a los futuros ciudadanos de ser plenamente catalán, en la comunidad histórica de España, de conocer la rica historia común, la cultura y literatura que nos une, ha sido eliminada de los planes de estudio. Pero n o sólo, de Cataluña, también del resto de España.

El hecho diferenciador catalán no es equiparable para los nacionalistas a otras regiones, por lo que no aceptan el federalismo como un marco político posible. De este modo, el discurso nacionalista es modernista y se ocupa del desarrollo y la adaptación en vez de interesarse por lo antiguo y mirar hacia el pasado. Acepta los límites de la soberanía y busca maneras que permitan hacer que el autogobierno sea eficaz y organizar un proyecto de autoafirmación nacional, a falta de la reivindicación del Estado-nación clásico. Así, el proyecto del nacionalismo sigue vinculado a una idea de progreso y modernidad, pero como proyecto nacional quiere estar integrado en la Unión Europea, para evitar ser un nuevo Kosovo. Sin raíces históricas para reivindicar una independencia, ha creado un sentimiento rupturista desde el falseamiento de la historia, en connivencia con las autoridades autonómicas, y el abandono del gobierno nacional.

Cataluña siempre ha sido una de las ventanas de España al mundo mediterráneo, un nacionalismo exclusivista le cercenaría su creatividad, Antoni Gaudí supo demostrar, dentro de su intensa catalanidad, ser español y trascender un arte hacia Dios, de una manera universal. Cataluña, tiene mucho que decir, siempre que frente a la cerrazón de exclusivismos soberanistas, que potencian la rivalidad dentro de Cataluña, se desarrolle con intensidad el sentir catalán dentro de la comunidad nacional española. Se necesita una respuesta contra el concepto estrecho de nacionalidad vinculada a una raza o a una lengua, que surgió en el siglo XIX. La Cataluña real del siglo XXI, necesita beber de unas raíces profundas que le revelen su hispanidad, contrapuesta a la Cataluña oficial e irreal forjada en las ideas calenturientas del XIX y recuperadas por los alquimistas políticos de una nueva modernidad catalanista. Pero para recuperar Cataluña, también es imprescindible, revelar y enseñar que Cataluña es parte de una España histórica, pero rica en su pluralidad inicial, cuya diversidad le hizo grande, y el respeto a esa riqueza siempre ha sido el cemento de nuestra unidad.

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