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Jueves, 15 de Noviembre 2018


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Escribe: José Luis Orella.- La gran purga de Stalin ha pasado a la historia como uno de los hechos más sangrientos causados por un mandatario para sostenerse en el poder. Aunque se le atribuye al autócrata georgiano su máxima responsabilidad. Ya en los tiempos de Lenin, los minoritarios bolcheviques se habían impuesto mediante el terror, asesinando a todos los miembros pertenecientes a grupos contrarrevolucionarios (clérigos, aristócratas, profesionales liberales, profesores y propietarios agrícolas). El gobierno soviético se mantuvo con cuotas de enemigos a eliminar, que los dirigentes locales debían cubrir como fuese.

Con el ascenso al poder de Stalin en 1924, la NKVD (policía política) tuvo la misión de garantizar el poder absoluto en torno a la persona del máximo dirigente. Como no había pertenecido a la primera línea de dirigentes revolucionarios cercanos a Lenin, siempre temió un golpe de fuerza por parte de sus antiguos camaradas, con mucho mayor predicamento dentro del partido único. Por esta razón, desde 1936 hasta 1938 se desarrollaron una serie de juicios que tuvieron como finalidad eliminar a todos aquellos dirigentes de la vieja guardia que pudiesen convertirse en rivales del máximo líder. En primer lugar eliminó a los antiguos compañeros de León Trotski, quien había sido detenido, deportado y finalmente expulsado del país. Sin embargo, los antiguos líderes bolcheviques, como Grigori Zinoviev y Lev Kamenev, fueron enjuiciados y junto a otros dirigentes asesinados. Después vino la eliminación de la denominada “oposición de derechas”, formada por una generación más joven de dirigentes comunistas, entre los cuales destacaba Nikolai Bujarin, intelectual procedente de la clase media, y que defendía la modernización de la URSS a través del mantenimiento de la NEP (Nueva Economía Política) que permitía una mínima liberalización económica frente a la colectivización salvaje que proponía Stalin. Pero aquellos cuadros, precedentes de los tecnócratas también fueron asesinados. Finalmente, eliminados los enemigos internos del partido, la única fuerza capaz de derrocar al tirano era el ejército rojo. Mediante acusaciones falsas, depuró al mariscal Mijail Tujachevski, responsable de la modernización del ejército, y máximo teórico del arma blindada. En los grados superiores, la eliminación llegó a dos tercios de los activos. En concreto se asesinó a 3 de los 5 mariscales, 13 de los 15 comandantes de ejércitos, 8 de los 9 almirantes, 50 de los 57 generales de los cuerpos de ejército, 154 de los 186 generales de división, y junto a ellos, a otros 30.000 oficiales de grados inferiores.

Consolidado su poder en todas las instituciones internas de la URSS, el terror se propagó a los miembros extranjeros de la Komitern (Internacional Comunista). El dirigente de la efímera república soviética de Hungría, Bela Kun, o el alemán Karl Radek, fueron eliminados, transformando los partidos comunistas del mundo, en meros apéndices del poder estaliniano. A partir de aquí, el terror fue la ley de convivencia de la sociedad. La aplicación de la colectivización del campo generó una protesta generalizada del campesinado, que fue reprimida de forma contundente. Millones de campesinos, acusados de kulaks (propietarios) fueron deportados a los gulag (campos de trabajo). Se calcula en unos ocho millones de detenidos, y una masa estable de cinco millones de esclavos en los gulag, continuamente renovada, para ejercer los duros trabajos en las minas del ártico, o en la construcción de canales para desviar los ríos de la cuenca del Volga hacia el árido desierto del Asia central. Entretanto en la sociedad soviética anidaba el miedo a la delación. Cualquier sospechoso debía ser delatado y detenido por la NKVD. Sí su familia, amigos o compañeros de trabajo, hubiesen sido testigo de algunas de sus palabras contra el régimen y no lo hubiesen puesto en comunicación a tiempo, también eran eliminados. El sospechoso era extirpado de la sociedad junto a los posibles contagiados de sus ideas contrarrevolucionarias. Esto motivará que dentro de las familias se inicien las delaciones para evitar la muerte. Los niños eran adoctrinados en la escuela única y convertidos en los principales delatores de las traiciones de sus padres. Su heroicidad era divulgada posteriormente en las páginas de Pravda.

La sociedad soviética estaba atemorizada ante cualquier error. Cada ciudadano tenía una cédula de habitabilidad, que sin un permiso especial, no podía estar residiendo en una zona distinta a la que figurase en su documento, y ante un control policial podía convertirse en sospechoso y ser deportado. La comunidad social desapareció, y el individuo, deshumanizado, carente de sentimientos y con el único instinto de vivir, es el nuevo hombre soviético. Esta degradación de la persona es la que alimentará la literatura de las catacumbas de la URSS, que se trasluce en las obras de Boris Pasternak, Marina Tsvetáyeva, Alexander Solzhenitsyn o de Anna Ajmatova.

Este paraíso del terror no se contuvo en las fronteras de la URSS, se trasladó en los años cuarenta a los territorios recientemente anexionados de Estonia, Letonia, Lituania, Besarabia y de la Polonia oriental, incluso a España. En nuestra guerra civil, la NKVD al mando de Alexander Orlov, enseñó a sus homólogos españoles del SIM (Servicio de Inteligencia Militar) en la eliminación de rivales revolucionarios de la CNT y del POUM. Como de enemigos contrarrevolucionarios en Paracuellos. El escritor George Orwell sería testigo de las purgas estalinianas bajo el sol español, de las que escapó por escaso margen.

La ansiedad producida por las purgas se terminó cuando el hombre de hielo, Stalin falleció en 1953 de una apoplejía, de la que fue tardíamente tratado, por el miedo que los médicos tenían de entrar en su habitación. Los protagonistas del deshielo, supieron canalizar los crímenes hacia el fallecido dirigente, amparándose en ser víctimas potenciales, aunque hubiesen sobrevivido en su calidad de matarifes de 20 millones de personas. Que es la cifra de víctimas extranjeras y soviéticas, que los historiadores calculan pudieron fallecer a causa de deportaciones, purgas, hambrunas por la colectivización y gulags.

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