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Lunes, 20 de Noviembre 2017


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Escribe: Alberto González Cáceres.- Patricia del Rio escribe como si es que lo que ella dice fuese la verdad absoluta o por lo menos, como si tuviera la razón absoluta. Escribe como si sus afirmaciones fuesen las correctas y no los son. Escribe con la clara intención de ser una guía de lo bueno y lo malo, de lo correcto y lo incorrecto, de lo aceptable y lo inaceptable. Sin embargo, lo único que logra es ser contradictoria, incluso dentro de su lógica liberal y relativista.

En Homo Autoritarius especula de la aparición de una supuesta ola conservadora que invade el mundo y asocia deliberadamente al conservadurismo con la represión a la libertad de expresión, con la represión a los homosexuales, con la limitación de las libertades individuales, lo que sería impuesto mediante información falsa y campañas de miedo “que se traducen finalmente en opciones electorales extremas y autoritarias”.

Al respecto es necesario aclararle a la Sra. Del Río que las asociaciones de ideas que ella hace no son correctas; que sus conceptos no son los acertados y lo más importante: que ella no tiene derecho a confundir a la gente o a llevarla al error, en claro abuso de la libertad que tiene de escribir y de hablar todos los días en medios comunicación.

Ahora bien, tratando de responder a la señora, debemos recordarle que basta el sentido común para concluir que sólo en orden puede prosperar una nación. Así pues, vale preguntarse ¿Qué es lo que ella comprende por desarrollo cuando asocia exigir orden con autoritarismo? ¿De dónde saca que no ser de la progresía significa estar a favor de reprimir la homosexualidad, limitar la libertad de expresión, pisar fuerte sobre las libertades individuales? ¿Con que derecho considera que ser tolerante es pensar como ella y que todo lo contrario significa manejar un discurso nacionalista, discriminatorio y xenófobo de la Alemania nazi?

 

Al respecto debemos mencionar que contradictoriamente su discurso es propiamente intolerante y discriminador, ya que deja en claro que quien no piensa y opina como ella es intolerante y discriminador. Califica negativamente todo aquello que sea diferente a sus valores, destilando subliminalmente en cada uno de sus textos, cierta superioridad moral.

Pero finalmente vayamos al fondo del asunto. En realidad, lo que sucede es que Patricia del Rio y sus congéneres confunden, ya sea por comodidad y otros por lenidad, que es la libertad; que es lo que ella significa y cómo ésta se debe ejercer; pues, aunque ella no lo quiera, o lo pretenda negar, todo aquello que se usa en exceso y sin límites, deviene en ejercicio abusivo y por lo tanto puede causar daño, si es que ya no lo ha causado. O también, aquello que es mal comprendido, puede generar graves errores, si es que ya no los ha generado.

Ahora bien, como decíamos, entrando al fondo del asunto, y aclarando las cosas, solo nos queda repetir aquello que se nos ha enseñado con mucha claridad sobre la libertad y aunque en larga explicación, entiende por ella a aquel “patrimonio exclusivo de los seres dotados de inteligencia o razón. Considerada en su misma naturaleza, esta libertad no es otra cosa que la facultad de elegir entre los medios que son aptos para alcanzar un fin determinado, en el sentido de que el que tiene facultad de elegir una cosa entre muchas es dueño de sus propias acciones. Ahora bien: como todo lo que uno elige como medio para obtener otra cosa pertenece al género del denominado bien útil y el bien por su propia naturaleza tiene la facultad de mover la voluntad, por esto se concluye que la libertad es propia de la voluntad, o más exactamente, es la voluntad misma, en cuanto que ésta, al obrar, posee la facultad de elegir. Pero el movimiento de la voluntad es imposible si el conocimiento intelectual no la precede iluminándola como una antorcha, o sea, que el bien deseado por la voluntad es necesariamente bien en cuanto conocido previamente por la razón. Tanto más cuanto que en todas las voliciones humanas la elección es posterior al juicio sobre la verdad de los bienes propuestos y sobre el orden de preferencia que debe observarse en éstos. Pero el juicio es, sin duda alguna, acto de la razón, no de la voluntad. Si la libertad, por tanto, reside en la voluntad, que es por su misma naturaleza un apetito obediente a la razón, síguese que la libertad, lo mismo que la voluntad, tiene por objeto un bien conforme a la razón. No obstante, como la razón y la voluntad son facultades imperfectas, puede suceder, y sucede muchas veces, que la razón proponga a la voluntad un objeto que, siendo en realidad malo, presenta una engañosa apariencia de bien, y que a él se aplique la voluntad. Pero, así como la posibilidad de errar y el error de hecho es un defecto que arguye un entendimiento imperfecto, así también adherirse a un bien engañoso y fingido, aun siendo indicio de libre albedrío, como la enfermedad es señal de la vida, constituye, sin embargo, un defecto de la libertad. De modo parecido, la voluntad, por el solo hecho de su dependencia de la razón, cuando apetece un objeto que se aparta de la recta razón incurre en el defecto radical de corromper y abusar de la libertad .”

Por otro lado, en relación con la tolerancia nos adherimos a aquel concepto que nos refiere que la tolerancia es “la virtud que nos lleva “a respetar y a considerar las opiniones y conductas de los demás, aunque nos genere violencia”. La tolerancia debe ser con las personas, NO con el error. “Combatir el error y amar al que yerra”, decía San Agustín. No es tolerante quien lo permite todo sino quien, defendiendo una postura verdadera, respeta a otra que mantiene una opinión diferente o equivocada. La persona tolerante cree en la verdad objetiva y en los valores que ella sostiene. De ahí el mérito de soportar situaciones que le generan violencia en aras de evitar un mal mayor. Un error muy difundido es afirmar que no existen verdades objetivas. El escéptico, quien no cree en nada, quien no se compromete con ningún valor o principio no es tolerante, porque al no creer en una verdad objetiva, no tiene nada que defender o soportar. Su falta de compromiso ante los valores y principios lo presenta como una persona tolerante, pero en realidad no lo es.

Dicho lo anterior y concluyendo, no nos queda más que decir que Patricia del Río apunta y defiende lo que escribe, porque aquello que defiende se ha apartado de la recta razón y tolera o propone tolerancia respecto de aquello que se ha apartado de la verdad o porque ella ya no cree en verdades objetivas.

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[1] http://elcomercio.pe/opinion/rincon-del-autor/homo-autoritarius-patricia-rio-432781

[2] León XIII, Encíclica Libertas praestantissimum sobre la libertad y el liberalismo

[3] http://es.catholic.net/op/articulos/749/cat/56/leccion-32-y-33-la-paciencia-y-la-tolerancia.html

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