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Viernes, 26 de Mayo 2017


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los doconrt

Escriben: Nicolás Márquez y Agustín Laje.- Tras el episodio acontecido en la mañana del miércoles en RPP (19 de abril del corriente) en la cual la comunicadora Patricia del Río nos increpó (intento frustrado de ‘strip-tease’ mediante) sin permitirnos brindar argumento alguno para responderle, ayer nos encontramos que no contenta con la violencia explicitada por radio y televisión, escribió en el diario El Comercio una nota referida a nosotros, en la que además llama a practicar la censura sistemática contra todo aquel que no piense como ella.

Claro que todo esto pretende ser justificado en virtud de un cúmulo de imputaciones tan infundadas como previsibles que nos dedica, tales como “homofobia” y “misoginia”, mezcladas con una curiosa interpretación xenofóbica sobre la nacionalidad argentina según la cual, nosotros como argentinos, nada tendríamos que hacer en el Perú hablando sobre ideología de género, a pesar de haber escrito un ‘best seller’ internacional (que la agresora no leyó) sobre la materia.

Vale decir, la sedicente “comunicadora de la diversidad” es quien se arroga el monopolio y la potestad de decidir qué opinión debe permitirse y cuál debe prohibirse, a pesar de que en su mencionado escrito afirme que “el tema merece un debate amplio e informado”.

En la década del 60, uno de los más importantes teóricos de la marxista Escuela de Frankfurt y padre de la revolución cultural que hoy impulsa la ideología de género, Herbert Marcuse, escribía en “La tolerancia represiva” que la libertad de expresión solo debía valer para la izquierda, al tiempo que debía ser completamente vedada para cualquiera que tuviera posiciones distintas.

Es inevitable no recordar este intolerante ensayo del citado autor alemán cuando reparamos en el penoso papel protagonizado por Del Río, quien no ahorró siquiera el contacto físico para denigrar a sus invitados sobándoles el hombro. Y si bien es muy probable que la censuradora no conozca ni de a oídas a Marcuse, indirectamente cumplimenta a pie juntillas sus deseos que hoy, por desgracia, son moneda corriente en una sociedad que, al tiempo que se llena la boca vociferando “tolerancia” y “diversidad”, silencia y reprime toda voz que cuestione o disienta con la ideología de género.

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jaurequi linda foto

 Escribe:Nicolás Márquez.- Hace apenas unos días (el 20 de marzo pasado), el desacreditado intendente porteño Horacio Rodríguez Larreta inauguró el nuevo nombre de la estación de la línea H del Subte “Santa Fe – Carlos Jáuregui”[1], en “honor” no a un héroe de Malvinas o un prócer de similar referencia y envergadura sino a un activista que fundó la CHA (Comunidad Homosexual Argentina) a comienzos de los 80´y que en 1992 encabezó la primera marcha por el “orgullo gay” en la ciudad de Buenos Aires. Poco después, el susodicho murió de SIDA. ¿No tenía otro referente más atractivo para homenajear el mandamás de la Capital Argentina?

Pero ni siquiera el agasajo revistió un tono discreto o austero: en un lugar constantemente transitado por las familias y menores a toda hora, se decoró la estación con paredones plagados de pinturas con imágenes de dudoso gusto, en apología manifiesta al homo-sadismo, al lesbianismo y a otras tendencias todavía más confusas.

Vale destacar que esta política de Estado no es consecuencia de un simple arrebato demagógico del intendente progresista que padece Buenos Aires, sino que es la consecuencia de un movimiento militante de izquierda que tiene una intensa historia y que hoy impone su agenda desde las usinas estatales no sin la sumisión o complicidad de funcionarios bienpensantes del timorato centrismo local.

Hagamos un poco de historia local

Si bien hubo algunos antecedentes menores de agrupaciones argentinas que intentaron sin mayor trascendencia efectuar algún tipo de militancia homosexualista en los años ‘60[2], muchos sostienen que el primer precedente importante se dio en 1971, cuando se conformó el “Frente de Liberación Homosexual” (FHL), integrado por personalidades de izquierda como el dirigente comunista Héctor Anabitarte, el escritor Manuel Puig (quien murió de SIDA en 1990 y fue famoso por su novela homosexualista El beso de la mujer araña), el periodista Blas Matamoro o el reconocido sociólogo de origen marxista Juan José Sebreli.

Probablemente este grupo importara además el primer testimonio de una organización local que entremezclara marxismo y sodomía (colocando discursivamente a los homosexuales en el papel de clase subalterna oprimida por el “hetero-capitalismo” dominante) tal como ellos lo exponían en sus comunicados oficiales: “los homosexuales son oprimidos social, cultural, moral y legalmente. Son ridiculizados y marginados, sufriendo duramente el absurdo impuesto brutalmente de la sociedad heterosexual monogámica”, siendo que “esta opresión proviene de un sistema social que considera a la reproducción como objetivo único del sexo. Su expresión concreta es la existencia de un sistema heterosexual compulsivo de relaciones interhumanas donde el varón juega el papel de jefe autoritario, y la mujer y los homosexuales de ambos sexos son inferiorizados y reprimidos (…) la lucha contra la opresión que sufrimos es inseparable de la lucha contra todas las demás formas de opresión social, política, cultural y económica (…) todos aquellos que son explotados y oprimidos por el sistema que margina a los homosexuales pueden ser nuestros aliados en la lucha por la liberación”[3].

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videla jurando

Escribe: Nicolás Márquez.- Tal como viene sucediendo año tras año, es de esperar para este 24 de marzo (fecha convertida por el régimen anterior en insólito feriado turístico) un conglomerado de actos y encendidas alocuciones en repudio a las Fuerzas Armadas por haber tomado el poder del Estado en 1976.

En esta velada, al igual que en las predecesoras, recolectores de votos y figurones de circunstancia omitirán recordar el apoyo irrestricto que todos los partidos políticos, personalidades múltiples y diferentes estamentos de la sociedad civil de todas las ideologías le dieron a la pacífica sublevación militar que destituyó a Isabelita y la impresentable corte de ladrones que la secundaba.Motivos para tal consenso no faltaban: antes del mentado 24, en los tres años de gobierno constitucional precedentes, el terrorismo peronista de la AAA había asesinado a medio millar de personas; el terrorismo marxista (“jóvenes idealistas” les llaman algunos medios) protagonizado por el ERP y Montoneros superaba los 7.000 atentados y los guerrilleros desaparecidos tras las órdenes presidenciales de “aniquilamiento del accionar subversivo” ya ascendían a 900.La semana previa al cambio de gobierno, diarios antagónicos entre sí como La Prensa y La Opinión informaban que, desde mayo de 1973, el terrorismo había causado 1.358 muertes.

En ese período, no sólo no se dictó ninguna condena a un solo terrorista, sino que centenares de ellos fueron amnistiados durante el lamentable pasaje del vacilante Héctor Cámpora. Otro dato que tampoco será evocado esta semana, es que entre 1969 y 1979, las bandas terroristas fueron autoras de 21.665 atentados subversivos (hechos y cantidades ratificados en la sentencia dictada el 9/10/1985 por la Cámara Federal de Apelaciones en lo Criminal y Correccional – Cap. 1. Cuestiones de hecho – Causa 13).

Por entonces, ante la inminencia de un “golpe”, no sólo no hubo ni una sola voz en contra de la reacción cívico-militar en ciernes (a excepción de una solitaria solicitada del Ingeniero Alvaro Alsogaray), sino que la clase política promovía ansiosamente el reemplazo y cambio de gobierno a efectos de desembarazarse de una situación inmanejable. A modo sintético y ejemplificativo, el 21 de marzo el diario Clarín informaba: “Los legisladores que asistieron al Parlamento se dedicaron a retirar sus pertenencias y algunos solicitaron un adelanto de sus dietas”; el mismo día, el matutino La Razón completaba: “Hay tranquila resignación en el Congreso frente a los inevitables acontecimientos que se avecinan”.

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castro ruz

Escribe: Nicolás Márquez.- Tanto sea por el progresivo desgaste y descrédito de Fulgencio Batista como por el halo mítico y carismático que habían sabido ganar los rebeldes, gran parte de Cuba estaba de fiesta tras la revolución encabezada por Fidel Castro y sus exóticos barbudos de Sierra Maestra en enero de 1959. Nadie sospechaba lo que vendría después. La gente pensaba que estos curiosos guerrilleros venían a llevar adelante un gobierno de transición, seguido de un inmediato llamado a elecciones, con la consiguiente reinstauración de la Constitución de 1940.

Castro llegó a La Habana el ocho de enero, acompañado de Huber Matos y Camilo Cienfuegos. En medio de la euforia popular, por la noche, Fidel pronunció un discurso por televisión en el que enfatizó que la revolución era nacionalista, desterrando por completo cualquier sospecha de comunismo y evitando poner a la población en contra (además se le brindó un guiño a los Estados Unidos, que tanto los había apoyado).

Es más, en procura de consolidar el ardid, el 22 de enero, Fidel Castro brindó una masiva conferencia ante cuatrocientos periodistas de todas partes del mundo. Allí falseó a mansalva, explicando que él se disponía a «Asegurar al pueblo un régimen de justicia social, basado en la democracia popular y en la soberanía política y económica. Aseguró que se iban a dar elecciones libres» agregando que uno de sus objetivos era también «custodiar la democracia y evitar los golpes de Estado»[1].

Mientras el carismático trío se alzaba con la gloria, el Che Guevara, forzosamente relegado por su condición de extranjero y su sospechada filiación al comunismo, firmó la orden de fusilar a 12 policías que no adherían a la revolución. En sus notas, el propio Guevara confiesa lo siguiente: «No hice ni más ni menos que lo que exigía la situación, la sentencia de muerte de esos doce»[2].

Castro nombra un presidente títere, Manuel Urrutia, y para despejar cualquier temor acerca de un giro al comunismo, el político más pro norteamericano de la isla, José Miró Cardona, fue nombrado primer ministro, ¡nada menos! Narra el biógrafo guevarista Pacho O’Donnell que «en el nuevo Gabinete casi todos eran anticomunistas»[3] . En consonancia, el historiador californiano y comunista John Lee Anderson agrega que «los títulos oficiales eran engañosos. Mientras Fidel se dedicaba a crearle una fachada moderada a la revolución -rechazando con indignación cualquier acusación de “influencia comunista”-, con la esperanza de evitar un enfrentamiento prematuro con los Estados Unidos, Raúl y el Che se dedicaban en secreto a cimentar vínculos con el PSP (sigla del Partido Comunista Cubano dependiente de Moscú)»[4]. El pueblo cubano desbordaba de alegría creyendo en el advenimiento de la libertad y las inminentes elecciones que el propio Castro había prometido repetidas veces a lo largo de sus múltiples discursos y declaraciones.

En verdad, solo un minúsculo, casi inexistente, puñado de guerrilleros peleó contra Batista por la instauración del comunismo. Más del 90% de los integrantes del Ejército Rebeldes tan solo pretendía una reinstauración constitucional, un sistema de libertades individuales y una vida normal al estilo occidental.

Esta política de engaño, no era solo una táctica para atraer la simpatía internacional sino que evidenciaba que en Cuba los marxistas eran una ínfima minoría. Esto lo explica muy bien el socialista francés Pierre Kalfon en su idolátrica biografía dedicada a Guevara: «Castro, que hasta ahora no tiene más cargo que el de comandante en jefe de un ejército al que está reestructurando, ha cedido al presidente Urrutia la tarea de constituir un gobierno competente y moderado. Los miembros del 26 de Julio son minoría en el seno de una mayoría de notables liberales, reformistas, capaces de tranquilizar a una población llena de desconfianza con respecto a los comunistas»[5].

Sin embargo, es sabido que muchas veces coexisten un poder real y un poder formal. En el caso de marras, el poder formal estaba encabezado por liberales y moderados jubilosamente aceptados por el pueblo cubano. El real era el que estaba compuesto por Castro y su pandilla, la cual contaba con peligrosos agentes marxistas.
El primer objetivo de engañar a propios y extraños ya había sido logrado y en la repartija de cargos, Fidel le encomendó a Guevara dirigir «La Cabaña», una fortaleza militar (que a la sazón albergaba a tres mil soldados del régimen de Batista que se habían rendido sin combatir) que ahora, bajo el yugo del Che, se transformaría en un campo de exterminio, donde se ejecutó y masacró a civiles disidentes en cantidades industriales durante dramáticos años de purga post-revolucionaria.

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