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Viernes, 23 de Febrero 2018


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castro ruz

Escribe: Nicolás Márquez.- Tanto sea por el progresivo desgaste y descrédito de Fulgencio Batista como por el halo mítico y carismático que habían sabido ganar los rebeldes, gran parte de Cuba estaba de fiesta tras la revolución encabezada por Fidel Castro y sus exóticos barbudos de Sierra Maestra en enero de 1959. Nadie sospechaba lo que vendría después. La gente pensaba que estos curiosos guerrilleros venían a llevar adelante un gobierno de transición, seguido de un inmediato llamado a elecciones, con la consiguiente reinstauración de la Constitución de 1940.

Castro llegó a La Habana el ocho de enero, acompañado de Huber Matos y Camilo Cienfuegos. En medio de la euforia popular, por la noche, Fidel pronunció un discurso por televisión en el que enfatizó que la revolución era nacionalista, desterrando por completo cualquier sospecha de comunismo y evitando poner a la población en contra (además se le brindó un guiño a los Estados Unidos, que tanto los había apoyado).

Es más, en procura de consolidar el ardid, el 22 de enero, Fidel Castro brindó una masiva conferencia ante cuatrocientos periodistas de todas partes del mundo. Allí falseó a mansalva, explicando que él se disponía a «Asegurar al pueblo un régimen de justicia social, basado en la democracia popular y en la soberanía política y económica. Aseguró que se iban a dar elecciones libres» agregando que uno de sus objetivos era también «custodiar la democracia y evitar los golpes de Estado»[1].

Mientras el carismático trío se alzaba con la gloria, el Che Guevara, forzosamente relegado por su condición de extranjero y su sospechada filiación al comunismo, firmó la orden de fusilar a 12 policías que no adherían a la revolución. En sus notas, el propio Guevara confiesa lo siguiente: «No hice ni más ni menos que lo que exigía la situación, la sentencia de muerte de esos doce»[2].

Castro nombra un presidente títere, Manuel Urrutia, y para despejar cualquier temor acerca de un giro al comunismo, el político más pro norteamericano de la isla, José Miró Cardona, fue nombrado primer ministro, ¡nada menos! Narra el biógrafo guevarista Pacho O’Donnell que «en el nuevo Gabinete casi todos eran anticomunistas»[3] . En consonancia, el historiador californiano y comunista John Lee Anderson agrega que «los títulos oficiales eran engañosos. Mientras Fidel se dedicaba a crearle una fachada moderada a la revolución -rechazando con indignación cualquier acusación de “influencia comunista”-, con la esperanza de evitar un enfrentamiento prematuro con los Estados Unidos, Raúl y el Che se dedicaban en secreto a cimentar vínculos con el PSP (sigla del Partido Comunista Cubano dependiente de Moscú)»[4]. El pueblo cubano desbordaba de alegría creyendo en el advenimiento de la libertad y las inminentes elecciones que el propio Castro había prometido repetidas veces a lo largo de sus múltiples discursos y declaraciones.

En verdad, solo un minúsculo, casi inexistente, puñado de guerrilleros peleó contra Batista por la instauración del comunismo. Más del 90% de los integrantes del Ejército Rebeldes tan solo pretendía una reinstauración constitucional, un sistema de libertades individuales y una vida normal al estilo occidental.

Esta política de engaño, no era solo una táctica para atraer la simpatía internacional sino que evidenciaba que en Cuba los marxistas eran una ínfima minoría. Esto lo explica muy bien el socialista francés Pierre Kalfon en su idolátrica biografía dedicada a Guevara: «Castro, que hasta ahora no tiene más cargo que el de comandante en jefe de un ejército al que está reestructurando, ha cedido al presidente Urrutia la tarea de constituir un gobierno competente y moderado. Los miembros del 26 de Julio son minoría en el seno de una mayoría de notables liberales, reformistas, capaces de tranquilizar a una población llena de desconfianza con respecto a los comunistas»[5].

Sin embargo, es sabido que muchas veces coexisten un poder real y un poder formal. En el caso de marras, el poder formal estaba encabezado por liberales y moderados jubilosamente aceptados por el pueblo cubano. El real era el que estaba compuesto por Castro y su pandilla, la cual contaba con peligrosos agentes marxistas.
El primer objetivo de engañar a propios y extraños ya había sido logrado y en la repartija de cargos, Fidel le encomendó a Guevara dirigir «La Cabaña», una fortaleza militar (que a la sazón albergaba a tres mil soldados del régimen de Batista que se habían rendido sin combatir) que ahora, bajo el yugo del Che, se transformaría en un campo de exterminio, donde se ejecutó y masacró a civiles disidentes en cantidades industriales durante dramáticos años de purga post-revolucionaria.

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somos mas los buenos

Escribe: Nicolás Márquez.- El progresista argentino en versión post-kirchnerista hace un culto a la moderación: atributo que él exalta para disfrazar su cobardía personal.

Vende un optimismo voluntarista y festivo, gesticulación entusiasta presentada en sociedad como un síntoma de “buena onda” en el marco de su ecumenismo frívolo, mojigato y artificial.

El progresista le desea suerte a todo el mundo, incluso a aquellos a quienes desprecia pero teme: la impostura y la pavura son los dogmas centrales de su religiosidad autoconstruída a base de un pacifismo blando y un entreguismo confortable.

El progresista sabe y le consta que los terroristas desaparecidos en los años 70´ son 7000 y no 30.000. Pero sigue diciendo que son 30 mil porque dicha cifra es un “símbolo” o un “patrimonio de la memoria”, dado que al fin y al cabo “no importa cuántos fueron, un solo desaparecido ya es una tragedia”: aforismo hipócrita que le permitirá salir del paso ante tan incómoda temática para los espíritus irresolutos.

Si Hebe de Bonafini vomita uno de sus habituales exabruptos o se le imputan algunas de sus muchas causas por robo, antes de criticarla se cubrirá valorando “la militancia de las madres durante ´la última dictadura´”. Frase que le servirá de colchón para poder luego criticar algún aspecto “discutible” de la madre más conocida de los terroristas locales. Y si se anima, hasta podrá criticarla con mayor valentía, a condición de que previamente aclare que odia a Videla y de que “Carlotto es mucho más respetable que Bonafini” (como si hubiese diferencias importantes entre ambas energúmenas). Nadie le preguntó ni por Videla ni por Carlotto, pero el progresista necesita agregar estos contrastes de manual, temeroso de que lo corran por izquierda y quedar “estigmatizado”.

El progresista post-kirchnerista ahora es crítico del narco-indigenismo de Milagro Sala, pero atendiendo a su espíritu culposo y vergonzante, de inmediato reconocerá que “hay una deuda con los pueblos originarios”: como si dichos “pueblos” no hubiesen mejorado su calidad de vida en mil veces tras la llegada del Evangelizador español respecto del estado de barbarie, hambruna y salvajismo en el que ellos se hallaban antes del arribo de la Civilización a nuestras playas.

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giroderec

Escribe: Nicolás Márquez.- Lo que ayer supo ser una derecha[1] con defectos y virtudes pero vigorosa, activa y orgullosa, hoy ha quedado reducida principalmente al insípido PRO y colateralmente a intrascendentes ateneos de aplausos propios que se suponen inspirados en principios liberales. Estos últimos se dicen “think tanks” (tanques de pensamiento), pero sus ideas testimoniales y actividades protocolares no le han hecho ni cosquillas a la hegemonía neomarxista, y no precisamente por falta de financiamiento.

En efecto, la nueva tiranía cultural progresista se impuso no sólo por la habilidad y el tesón de sus voceros y referentes, sino fundamentalmente por la pusilanimidad y el entreguismo de sus paródicos detractores, es decir, de aquellos que deberían ocupar el rol de férreos gladiadores pero que no son más que centristas timoratos y vergonzantes, esos “neutrales” de espíritu culposo que se rindieron mansamente a la agenda neo-izquierdista con la ideología de género a la cabeza, la reescritura del pasado, el ecumenismo moral, el relativismo cultural, el buenismo verbal y en ciertos casos hasta de condescendencia ante la falsa solidaridad como mecanismo distributivo de riqueza.

Ocurre que el centrista del Siglo XXI considera que en todas las opiniones siempre hay algo “bueno” y “rescatable”: artimaña discursiva que sirve para disfrazar su cobardía en una “tolerancia” dialoguista y concesiva para con el enemigo izquierdista y sus diversas metástasis.

Por supuesto, expresiones rotundas como las aquí transcriptas molestan y mucho al centrista bienpensante, porque lo obligan a tomar partido. Éste prefiere las opiniones que picotean en todas las canastas, ese sincretismo ambiguo que le permite caerle bien a todo el mundo y con ello conservar intactos sus sponsors, su cátedra universitaria o su nombramiento burocrático: nunca jamás la izquierda se ha sentido tan a gusto con un “enemigo” tan falto de alma, tan carente de convicción y tan fácil de aplastar.

En efecto, mientras la podredumbre progresista arrasa con todo y con todos, el desteñido centrismo local celebra como épico triunfo una mísera sentencia judicial que autoriza a la firma UBER a competir con el taxi. Sin dudas que esta fue una buena noticia: ¿Pero no existen urg1encias mayores ante un contrincante que domina el pasado, controla el presente y nos esclaviza el futuro que brindar una encendida cruzada por una puja urbana entre remises?

El renacer de la derecha

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perron

Escribe: Nicolás Márquez.- Una vez más, nos acercamos al 17 de octubre y la delincuencia peronista en sus más diversas metástasis se prepara para celebrar una fecha talismánica con pretensiones fundacionales, en la cual (según reza el mito popular) un postergado Juan Perón salía airoso ante la “oligarquía y los poderosos” ante la espontánea peregrinación de un “pueblo” que salió a la calle a defenderlo y venerarlo.

 

Dejemos el relato difundido por tan innoble partido y vamos a los hechos reales.

 

Corría octubre de 1945, el clima político y social se tornaba efervescente puesto que en los círculos opositores a la dictadura capitaneada por el General Edelmiro Farrel y el Coronel Juan Perón, se vivía una atmósfera de euforia ante la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial, lo cual animó a los dirigentes de los demás partidos políticos (radicales, conservadores y socialistas por igual) a presionar a las autoridades de facto (enroladas en favor del nazifascismo derrotado) para que otorguen el poder a la Corte Suprema de Justicia a fin de que el Poder Judicial administre la transición hacia elecciones democráticas y limpias. Persiguiendo este objetivo, el 19 de septiembre se llevó a cabo una histórica manifestación callejera titulada “La Marcha de la Constitución y la Libertad” que se inició en la Plaza del Congreso, en la cual se congregó cerca de medio millón de opositores que desde allí circularon hasta Plaza Francia.

 

El lema de los manifestantes consistente en pedir el traspaso del gobierno a la Corte Suprema de Justicia fue considerado por muchos observadores como un craso error político: “si como consigna de lucha lo de ´el gobierno a la Corte´ no era mala, como táctica política era pésima. Tratar de imponer esa solución era utópico. Ni el Ejército podía aceptar esa vergonzosa confesión de su fracaso ni la oposición disponía de poder para implantarla”[1] anotó Félix Luna.

 

Si bien la dictadura de Farrell y Perón intentó minimizar los alcances de la nutrida concurrencia en cuestión, sin dudas el gentío constituyó un llamado de atención para el régimen, que reaccionó declarando el Estado de sitio, encarcelando masivamente opositores y recrudeciendo la censura a la prensa.

 

Días después, se produjeron en las universidades múltiples rebeliones estudiantiles que clamaban libertad y predicaban consignas contra el dúo gobernante, quienes de inmediato ordenaron una represión brutal (en la misma murió un niño de 10 años[2]) acompañada con arrestos generalizados que superaron los 1500 alumnos detenidos[3], episodios que consolidaron el clima de tensión y división existente.

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