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Sábado, 26 de Mayo 2018


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Escribe: Nicolás Duré.- En Argentina, el próximo 9 de julio se celebrará el bicentenario desde la declaración de la independencia en aquel año de 1816. Las encomiásticas celebraciones estarán repletas de loas a los próceres que rompieron el yugo de la opresora y colonialista España, liberando a los pobres indígenas de tres siglos de explotación, y demás lugares comunes profundamente arraigados en el imaginario popular.

No obstante, nosotros consideramos que se trata de una ocasión más que oportuna para brindar un espacio a la reflexión y a la crítica, proponiendo la revisión de los hechos comúnmente aceptados como válidos y presentando perspectivas históricas alternativas. Es por eso que en estas breves líneas tenemos el objetivo de poner en tela de juicio algunos de los tópicos más recurrentes de aquel fenómeno conocido como guerras de emancipación.

En primer lugar, cabe señalar que lo que normalmente concebimos como guerras de descolonización, como enfrentamientos entre criollos y peninsulares, no fueron tales. Los conflictos bélicos que convulsionaron el continente americano a partir de 1810 más bien revisten el carácter de una guerra civil en la que es posible encontrar blancos, indígenas, mestizos y negros en ambos bandos. Así lo confirma el norteamericano Clarence Haring (1): “Las guerras de independencia fueron esencialmente guerras civiles. Uno de los rasgos más llamativos de todo el movimiento fue la prueba de lealtad a España, que dio gran parte de la población. En muchas regiones, el núcleo de las fuerzas realistas estaba constituido por hispanoamericanos, y, en algunas provincias, resultaba imposible crear una oposición seria o sostenida contra la Corona”. Efectivamente, el sentimiento de lealtad a España entre los habitantes de las Indias era tal, que en realidad era un escaso número de criollos ilustrados el que albergaba deseos de secesión, permaneciendo una gran mayoría de pobladores fieles a la Madre Patria.

Un testimonio de un realista del Perú (se desconoce el nombre del autor; solo firma bajo el pseudónimo El Peruano), que data de noviembre de 1823 y que es recogido por Enrique de Gandía en su obra La independencia americana (2), nos ayudará a comprender la magnitud de la fidelidad de las Indias al Rey de España: “Si nuestros ilusos paisanos, con la malicia que se caracteriza desde que se rebelaron, pretenden sorprender a las naciones extranjeras con hacerles ver que la guerra de estos países es de todos los habitantes contra los españoles europeos, sepa el mundo entero que los que llevamos en el Perú las armas somos la mayor parte hijos de la América, que peleamos y pelearemos por conservar nuestra tranquilidad y el rango de ciudadanos españoles hasta derramar la última gota de nuestra sangre…”. Este documento nos acredita que la maliciosa propaganda de los separatistas pretendía presentar el conflicto como una guerra entre americanos y europeos, falacia ampliamente desmentida por la realidad de los acontecimientos, a la vez que expresa el sentimiento de lealtad y amor hacia España que prevalecía en todas las capas de la población, en este caso, del virreinato del Perú.

Esta resistencia popular a la separación fue la razón por la que el conjunto de guerras civiles se prolongó por tanto tiempo, desde la conformación de las famosas juntas en 1810 (19 de abril en Caracas, 25 de mayo en Buenos Aires, etc.) hasta la batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824. Y eso sin contar los últimos bastiones realistas que fueron sangrientamente reducidos años más tarde, como el que representaron los habitantes de Chiloé o los hermanos Pincheira en Chile y Argentina.

Como indicamos anteriormente, fue una minoría de criollos afrancesados la que manifestaba intenciones secesionistas, y que oportunamente aprovechó la trágica circunstancia de la caída de la Junta de Sevilla y de la práctica total ocupación de España por parte de las fuerzas napoleónicas en aquel fatídico 1810. Nuevamente nos remitimos a Haring para acreditar cuanto aquí afirmamos: “Las revoluciones americanas fueron obra de unos pocos dirigentes ilustrados y perspicaces, quienes en muchas regiones, representaban la ambición, abrigada por los criollos más cultos, de sustituir en el gobierno y en el comercio a los españoles peninsulares…”. Simple y claro.

En efecto, fue la ambición de grupúsculos de comerciantes, contrabandistas y terratenientes, nucleados en las omnipresentes logias de cuño masónico, quienes aprovecharon la ocasión para romper con la Madre Patria, con el infaltable apoyo británico, sin el cual muy difícilmente hubiera tenido lugar la secesión. El objetivo último del movimiento consiste en vincularse económicamente con el ascendente imperio británico, convirtiendo a los viejos reinos de Indias en colonias informales de Gran Bretaña. Dejemos que sea el propio Bolívar, el más conspicuo de entre los “libertadores”, quien nos diga cuál sería el rol económico a desempeñar por las flamantes repúblicas: “Nosotros por mucho tiempo no podemos ser otra cosa que un pueblo agricultor capaz de suministrar las materias más preciosas a los mercados de Europa, el más calculado para fomentar conexiones amigables con el negociante y el manufacturero” (3). Así, se cumpliría el tristemente célebre apotegma del economista británico Richard Cobden, según el cual Sudamérica sería la granja, y Gran Bretaña, el taller del mundo.

Pero no se trata tan solo de una subordinación económica a cambio del apoyo logístico, militar y diplomático de Gran Bretaña. También asistimos a un fenómeno de colonización mental y cultural, pues la nueva clase dirigente criolla adopta para sí las formas culturales anglo-francesas, con el consiguiente desprecio por la Hispanidad, cuyas razas pasan a ser consideradas como inferiores e incapaces del progreso y la ilustración. Un personaje arquetípico de la anglofilia que prendió de forma tan arraigada entre los nuevos jefes americanos es el argentino Bernardino Rivadavia, gran amigo de Jeremy Bentham, padre del utilitarismo, a quien le dirigía las siguientes palabras en carta de agosto de 1818, recogida por el historiador John Street (4): “¡Qué grande y gloriosa es vuestra Patria!, mi querido amigo. Cuando considero la marcha que ella sola ha hecho seguir al pensamiento humano, descubro un admirable acuerdo en la naturaleza que parece haberla destacado del resto del Mundo a propósito”.

Resulta sumamente ilustrativo que el primer presidente argentino, en 1826, haya sido un anglófilo del calibre de Rivadavia, en cuyos tiempos —añade Street— “hasta los reglamentos para los debates de la nueva Cámara de Diputados eran los del Parlamento inglés”.

De esta manera, la sumisión económica y mental hacia el mundo anglosajón determinó el triste destino de las repúblicas desgajadas del tronco común, proceso en el que los españoles de uno y otro lado del Atlántico fueron derrotados, y en el que las potencias ascendentes, con Gran Bretaña a la cabeza, fueron las únicas victoriosas. Muy pronto se dedicaron a rapiñar sin piedad los indefensos trozos que otrora habían conformado el poderoso imperio español.

(1) Haring, Clarence, El imperio hispánico en América, Ediciones Solar / Hachette, Buenos Aires, 1966, página 352.

(2) De Gandía, Enrique, La independencia americana, Ed. Mirasol, Buenos Aires, 1961, página 87.

(3) Bolívar, Simón, Obras completas, Tomo I, Ediciones Fundación para la investigación y la cultura, Bogotá, 1979, página 488.

(4) Street, John, Gran Bretaña y la independencia del Río de la Plata, Ed. Paidos, Buenos Aires, 1967, pp. 263-264.

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