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Martes, 17 de Octubre 2017


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bebellora

Deus non irridetur

Escribe: Tomás González Pondal.- El día 15 de marzo de este año, el diario Los Andes (Mendoza - Argentina), publicó una nota de mi autoría titulada «La RAE en tiempos tormentosos» (escrita contra el feminismo), que concluía diciendo: “Me temo que de seguir este circuito enloquecedor, así como hoy se pide a la RAE que desconozca una realidad, mañana se pedirá como medida obligatoria que, en miras a no violar la absoluta igualdad que se pretende, las clínicas de natalidad hagan nacer, sea como sea, a todos los seres asexuados”. Nunca imaginé que en tan pocos días aquel temor se haría de algún modo realidad.

Le tocó ahora a un pobre bebe de Canadá haber devenido en conejillo para ser sometido a experimentos. Se le puso por nombre Searyl Atli. Nació varón, pero su progenitora, una tal Kori Doty, perteneciente por decisión propia al oscuro planeta Contranaturam; auto-identificada conforme a la variopinta nomenclatura trans-formers como “transgénero no binario” (también conocido como genderqueer, esto es, no identificados con los queer – como se ve, términos muy conocidos en las tradiciones humanas-), optó de manera arbitraria y egoísta, convertir a su hijo en un experimento, consistente en que no lleve indicado en su documento de identidad cuál es su sexo. ¿La razón? Argumentó que no quiere imponerle nada, sino que, cuando el pequeño crezca, que sea él quien elija si desea identificarse con algún sexo o no.

Kori Doty - un prototipo de avanzada – impone con trampas. Como hoy resulta que hasta lo evidente –si posible fuera- debe ser aclarado, aclaro que imponer algo no tiene nada de malo dada las debidas condiciones. Si a un chico se le ocurriera hacer de las ventanas del vecino un blanco para poder arrojar piedras, está muy bien que el padre se imponga con sus advertencias impidiéndole perpetrar el daño. Es fastidioso tener que estar haciendo tales aclaraciones, y todos en su sano juicio sabrán poner un sinnúmero de ejemplos. Pero decíamos que Doty engaña, porque pretende ser una acérrima enemiga de imposiciones, pero ella, le guste o no, impone.

Le impuso a su hijo venir a la existencia, sin consultarle si le gustaría o no.

Le impuso a su hijo ser su madre, sin preguntarle si lo deseaba.

Le impuso a su hijo tener que respirar aire canadiense, cuando en una de esas le hubiera gustado respirar aire egipcio.

Le impone a su hijo una determinada leche de teta (o artificial), sin haberle preguntado si prefiere otra cosa.

Le impuso a su hijo un nombre, sin previamente haberlo conversado con él comiendo algún chocolatín en lo posible no trans-génico.

Le impuso a su hijo nacer en Canadá, sin haber mantenido una conversación con el pequeño sobre qué nacionalidad le gustaría adquirir.

Le impuso a Searyl tener que nacer en una clínica de autoridades médicas inescrupulosas, sin antes haberle preguntado si acaso no prefería haber nacido en Rusia.

Vengamos a las imposiciones de índole nefasta:

Le impuso a su hijo devenir en un ser humano experimental del caso “no identidad sexual”. No le consultó nada al pequeño; no le preguntó si le parecía correcto ser un experimento; eligió directamente por él, y esa elección consistió en convertirlo en un ser experimental.

Le impone a su hijo su ideología trans-formadora, que más luego con el tiempo se la dará a conocer.

Le impone a su hijo tener que vivir en un ambiente deformado y deformador, sin antes haber inquirido si el pequeño aceptaría.

Le impone a su hijo una crianza. He aquí sus torpes palabras: "Estoy criando a Searyl de un modo que no tenga su identidad sexual predefinida hasta que tenga un sentido de sí mismo y un control de su vocabulario para que me diga qué es". Nótese bien la expresión: “Estoy criando”. Luego, impone. Imagino que cuando el bebito desarrolle su razón y pueda hablar, más bien le va a preguntar a su progenitora: “Dime una cosa, ¿qué sos vos? ¿Puedo decírtelo? ¿Te arrojo algo de luz? Pues enseñas una cosa malsana siendo que me diste a luz; y si me diste a luz, debe ser porque eres una mujer, pues no conozco otro ser que pueda dar a luz a un humano fuera de una mujer”.

Le impone su “reconocimiento”, el que, si se trata de no imponer nada, no debería existir. Conforme sus ladinos términos: "Lo reconozco como un bebé y estoy tratando de darle todo el amor y el apoyo para que pueda ser la persona más completa sin las restricciones que vienen con la caja de niño o niña". De lo anterior se deduce con facilidad que le impone al menor “su amor”, e, incluso, “todo su amor”, sin haberle preguntado a la criatura si deseaba eso que él autodenomina amor. Igualmente le impone su apoyo; el querer que sea una persona completa; y el querer que sea una persona sin restricciones de caja; y todo eso sin la más mínima participación voluntaria del chiquito.

Le impone a su hijo sus problemas y sus deseos. En efecto, según palabras de Doty: "Cuando nací, los médicos miraron mis genitales e hicieron presunciones sobre quién iba a ser yo, y esas presunciones me acompañaron durante mi vida, y no deseo que a mi hijo le suceda lo mismo. Esas presunciones resultaron incorrectas y tuve que hacer un montón de ajustes desde entonces. Asignar el sexo al nacimiento es una violación de los derechos humanos del niño.” Los médicos no hicieron presunciones; fueron objetivos al ver los órganos de Kori, y constataron que se trataba de una mujer. Es irrisorio que alguien que atropelló los derechos divinos y naturales venga a hablar de los derechos del niño. La solución a un problema no radica en normalizar el problema y querer hacerlo extensivo a toda la humanidad.

Le impone a su hijo tener que ver el día de mañana reunidas en una misma persona la calidad de padre y de madre indistintamente, mientras el chico sabrá sin sombra de dudas que solo una mujer puede dar a luz, y que, por tanto, está frente a una madre que niega su calidad de tal.

En definitiva, le impuso a su hijo varias cosas sin que éste tome participación alguna.

Y Doty ha pretendido imponer una mentira más a las sociedades; ha expresado que nuestra “cultura está obsesionada con si un bebé es un niño o una niña, pero no tiene sentido que el Estado certifique que es lo uno o lo otro cuando en realidad no saben si es verdad". Nuestra cultura nunca se obsesionó con lo más natural del mundo como es el caso de que nazca un varón o una mujer. Los que están obsesionados son todos los ideólogos cuestionados, que contra viento y marea quieren hacer del absurdo una cuestión cultural y normal.

Vale la pena detenerse en los dichos de la abogada de Doty. Las noticias dan cuenta que: “barbara findlay (que pidió a Global news que su nombre sea escrito en minúsculas), afirmó que la asignación de sexo en esta cultura, es hecha cuando un médico levanta las piernas del recién nacido y mira sus genitales. Pero sabemos que la identidad de género del bebé no se desarrollará hasta algunos años después de su nacimiento". La barbara, Barbara, miente por partida doble. En primer lugar los médicos no asignan nada, ni cuando levantan piernas ni cuando las bajan; el médico no asigna, simplemente constata; el sexo viene por naturaleza. En segundo lugar, la teoría inverosímil que separa lo biológico de lo volitivo (fundamento o caballito de batalla de los ideólogos de marras), fue una invención que precisaron hacer para sustentar sus descarríos. Lo dado por naturaleza no lo tuerce la voluntad, sino solo en el caso de que está última presente un desvío por la razón que fuere. Por tal motivo, los humanos en su generalidad nunca tuvieron problemas en ser hombres o mujeres conforme la naturaleza dictaminaba, ni tampoco lo tendrán si no se dejan influenciar por estos modernos postulados de alcantarillas.

No hay que ser un visionario consagrado para vaticinar con cierta precisión que muy probablemente en un tiempo no muy lejano aparezcan films amasados en los hornos de las empresas cinematográficas de Hollywood, en donde, en miras a imponer la moderna ideología con una singular fuerza, se deje ver a una quinceañera que se transforma en el increíble Hulk; o a un mocoso que deviene en mujer maravilla; o alguien que se denomine un ser “transgenero no binario” y reúna en sí la calidad de Gatubela; Aquamán; la Cenicienta; Batman; doña Florinda; Superman; Caperucita Roja; Tribilín; la Pitufina; Darth Vader; Mini; el Chavo; Alicia; el Pato Donald y el inspector Gadget.

La batalla por la introducción de invenciones absurdas no afloja, y van por más. Estamos enfrentando a una clase de seres que buscan que la tropa se adapte al soldado herido, y no que éste busque adaptarse a la tropa. Se trata de seres que ven la herida como algo saludable y quisieran que todos así lo vean. Son, en definitiva, quienes, de ser seguidos, conducirán al grupo a la extinción, porque la naturaleza no anda con vueltas.

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