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Martes, 17 de Octubre 2017


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La bestia feminista

Escribe: Tomás González Pondal.- Días pasados y por la noche, se encontraba en una parada de colectivos una muchacha de unos veinticinco años. Detrás de ella, como a metro y medio, frenó un chico que por sus apariencias no debía tener más de diecinueve años. Yo caminaba rumbo al centro, pues me iba a juntar con unos amigos a cenar. Al pasar delante de la joven, escucho que me llama. Me volví y le pregunté qué deseaba. En voz baja me dijo: “Flaco, no me haces el aguante; el loco que se paró detrás me da miedo”. Me quedé al lado de ella y permanecimos conversando hasta que llegó el ómnibus. Cuando vi que subió al móvil, emprendí nuevamente la caminata. El chico sospechoso no subió al autobús; él se fue cuando vio que nos fuimos. Sí quedó claro que no tenía la intención de viajar en autobús.

La anécdota –que por esas vueltas de la vida me tocó vivir- se constituyó en una suerte de tratado elemental contra el feminismo. En un simple hecho está cifrado todo lo medular acerca del respeto, y todo lo medular acerca del desquicie feminista. No hace falta crear un movimiento que entre sus banderas de batalla predique con firmeza el derecho a matar al ser humano en gestación, para decir que es preciso que el hombre debe respetar a la mujer, y que, por tanto, no debe ser violento con ella. No hace falta crear un movimiento que insista sobre la necesidad de generar gente que se inmole matando a otras, para defender el medio ambiente de incendios malintencionados. En resumidas cuentas, para luchar por el respeto mutuo de hombres y mujeres, no hace falta recurrir a banderas insanas propuestas por movimientos insanos.

El feminismo no quiere que se hablé de él, salvo que sea a su favor.Y por las dudas que algún desubicado se atreva a criticarlo, ya tiene dispuestas estratégicamente un centenar de frases descalificativas. Lógicamente, la campaña “mordaza” debe ser aplicada. Bien. Aquí hablaremos igual.

Frente a la anécdota contada, una persona con un juicio moderado dirá: “había que proteger a la chica, el sospechoso le podría haber hecho cualquier cosa”. Pero una persona con juicio feminista dirá: “eso es machismo, la mujer no es inferior al hombre para venir a recibir protección de él”. La lógica feminista está diciendo lo siguiente: “que si un grandulón está en una parada de colectivos y detrás de él se pone una chica de diecinueve años algo sospechosa, el grandulón puede frenar a una joven que pase caminando y decirle: ‘oye, flaca, quédate aquí porque tengo miedo de la señorita que está detrás mio”. Lógicamente serán también las mismas feministas quienes se encargarán de iniciarle al hombre una causa judicial por discriminación, ya que considerarán que había en él una intención machista patriarcal de esclavizar. El feminismo no puede ver que la protección de un hombre hacia una mujer no es en modo alguno un acto de desprecio o indicativo de inferioridad, sino que es algo natural que tiende a la complementariedad, y que conduce al bien y al amor.

Sin darse cuenta, el feminismo arruina lo que defiende y exalta a lo que ataca. Nunca vi tanta bestialidad como cuando se dice que asesinar a un ser humano en gestación es un derecho de la mujer; y nunca leí tanto la vida ejemplar de los patriarcas como en estos días en donde con fervor encendido se habla del patriarcado.

Una feminista -siguiendo a la partidaria del aborto Gloria Steinem- defenderá que «una mujer sin un hombre es como un pez sin bicicleta», con lo que nos viene a enseñar que es “tan prescindible” el hombre que lo precisan hasta para dedicarle la frase.

Una feminista dirá que«el “Feminismo” es noción radical de que las mujeres son seres humanos»”, y en prueba de ello tenemos que las feministas no temen hacer un tetazo en el Obelisco y no temen hacer sus necesidades en Iglesias, demostrando lo que quieran menos humanidad.

 

Una feminista dirá con Betty Friedan que «ninguna mujer tiene un orgasmo limpiando el suelo de la cocina», lo cual nos lleva al asombro de que las feministas deben tener orgasmos tipeando la computadora en la oficina, o en la calle llevando papeles de sus negocios, o en el banco realizando operaciones financieras. Friedan verdaderamente representa la objetivación de la mujer y la lógica falsa que da por supuesto que las labores del hogar son esclavizantes y los trabajos fuera de casa una liberación. Ni todos los hombres son jefes ni todas las mujeres son dueñas de un negocio. Basta ya de macaneos. Tanto hombres y mujeres, en su gran mayoría, trabajan dependiendo de alguien y podrán dar cuenta de lo que es la esclavización laboral. Y es precisamente en el hogar donde se liberarán de eso.

Una feminista dirá con Martha Gellhorn: «Sé lo suficiente como pare entender que ninguna mujer debería casarse con un hombre que odia a su madre», sin advertir que no hace falta recibir el premio de la Academia de Medicina o ser reconocido como el nuevo Einstein del siglo XXI, para darse cuenta que si una mujer odia a su padre por ser hombre, seguramente no se llevará bien con algún joven con el que intente tener un noviazgo. Desde luego que antes que nada conviene averiguar cuáles son las razones del odio, antes que aventurar frases no necesariamente verdaderas y que pueden marcar destinos. No justifico en modo alguno el odio a nadie, pero si una madre maltrató a su hijo durante toda su vida, no es psicológicamente muy acertado suponer que el chico tendrá el mejor de los amores para con su progenitora; y eso no puede llevar a inferir que el maltratado también tendrá un rechazo hacia quien pueda ser su mujer.

Una feminista dirá con Andrea Dworkin: «El feminismo es odiado porque las mujeres son odiadas». Algo así como si dijéramos que el satanismo es odiado porque los hombres son odiados, con lo cual no haríamos otra cosa que establecer una relación antojadiza. El feminismo es rechazable porque deforma a la mujer. Vamos a convenir -¡insisto!- en que no es para nada digno de una dama, admitir que asesinar a su hijo es algo sumamente femenino, tal como pretende el feminismo.

Una feminista dirá con Simone de Beauvoir: «Nadie me conoce ni me quiere completamente. Solo me tengo a mí misma». Esta promotora de la guerra entre hombres y mujeres, “tanto se tenía a sí misma,” que necesitaba dirigirle la frase a otro. Si realmente estuviera sola, no tendría necesidad de lanzar su frase.

Una feminista dirá que es seguidora de Jane Austen, y en defensa del feminismo manifestará: «No recuerdo haber leído ningún libro que no hable de la inestabilidad de la mujer. Quizá porque fueron escritos por hombres». Sucede que la escritora británica es quien en menos de las primeras veinte líneas de su famosísima obra «Orgullo y Prejuicio» nos habla de la “impaciencia” de la señora de Bennet; es la misma escritora la que enfatiza algo que detestan las feministas, y es que, se trataba ni más ni menos que de “su esposa”. Amén de lo anterior, faltaría decir que hay muy pocos libros en donde se presente al hombre sin tacha. Hasta en el tierno Principito, si uno hace un recorrido por casi todos los planetas, todas las falencias están puestas en la espalda de hombres: el vanidoso, el rey, el hombre de negocios, el farolero, el guardagujas, el geógrafo, el borracho, el mercader de píldoras.

Una feminista dirá con Jessica Valenti: «si el feminismo no fuera tan potente, la gente no se esforzaría en menospreciarlo». Se infiere de la afirmación que mientras más potente sea algo más se dedica uno a despreciarlo. Parece que el gusto de la gente por los vuelos en avión prueba lo contrario. En todo caso, circunscribiéndonos al ámbito del poder, el feminismo es despreciable no por ser potente, sino por ser impotente: no tiene poder para hablar con verdad.

La lógica feminista predicará que durante siglos reinó el machismo, y que, entre otras pruebas de ello, está el hecho de que los textos históricos y literarios hablan casi siempre de hombres. Si no hubiera sido por textos históricos que rescaten la figura de la mujer, no me hubiera nunca enterado de la hazaña de Judit que le cortó la cabeza al pervertido Holofernes. Obvio que no dirán nada de Helena, de Briseida, de Andrómaca, ni de Casandra; nada dirán de Penélope o de Euriclea; nada de Camila. Claro que tampoco le interesarán a las feministas las cartas de Catalina de Siena escritas en el siglo XIV. No hablarán de Julieta de Shakespeare; ni de la bella Camila de Cervantes; ni de la encantadora Inés de Dickens;ni de Mercedes de Alejandro Dumás; ni deAnna Karéninade Tolstói; ni de Polina de Dostoievski. El real problema del feminismo con los textos pretéritos, no es que no traigan referencias de mujeres, es que sencillamente no traen referencias feministas.

Las feministas no honran el respeto, ellas quieren, si posible fuera, que el respeto honre al feminismo; y por eso esta gangrena social es como la hija histérica de la tía Pocha, que porque sus progenitores no la mandaron a una facultad se dio el lujo de decir que su padre era un malvado y su madre una esclava violentada por un represor fruto del sistema patriarcal. Pero Pochita no se dejaba embaucar. Fue gracias al sentido común que la tía Pocha despreció al feminismo, al darse cuenta de que, en la actualidad -¡y de manera muy evidente!- son legiones la cantidad de imbéciles con título bajo el brazo; principalmente, lo que más la sorprendía, era que, la caterva de esos “fenómenos engreídos” eran formados por quienes sacaban a relucir títulos doctorales. No es que estaba en contra de los doctorados: estaba en contra de los charlatanes.

En resumen, la tía con buen tino, se dio cuenta que no es el hecho de que una mujer vaya a una institución lo que la hará mejor o más digna; es más, fue ella misma quien me dijo que en la actualidad aconsejaba decididamente que tanto hombres como mujeres no concurran a determinadas “casas de estudio” por la cantidad de contenidos deformantes que se imparten. En cierta oportunidad me hizo saber por teléfono: “Creer o reventar, pero en Rosario una facultad aprobó una cátedra destinada a enseñar cómo abortar”.

El problema no es que antes la mujer no podía ir a estudiar a una facultad; eso no era algo dañino; el verdadero problema es que hoy pudiendo hacerlo corre riesgo de ser deformada. El problema no es que el hombre antes podía asistir a una casa de estudios; el problema es que hoy, en numerosísimos casos, si no deja de hacerlo,corre riesgo de caer en la bestialidad.

He comprobado que, tristemente, el espíritu feminista ha vivido en climas helados o inmersos en infiernos volcánicos, pero no ha podido conocer verdaderamente el fuego salubre del hogar. Por la razón que fuere y formado en un individualismo impresionante, ha concluido que la familia tal como siempre se la ha concebido es algo sumamente pernicioso y que debe ser aplastada. Normalmente la familia siempre ha sido refugio y no amenaza; ha sido seguridad y no inseguridad; ha sido salud y no enfermedad; ha sido mínimamente cariño y no encono; ha sido crianza y no irrespetuosidad; ha sido recinto sagrado y no blasfemia.

Es fácilmente comprobable que todo eso se ha ido perdiendo cuando, por seguir los nuevos vientos ideológicos, se aplicó el paulatino desmembramiento de la unidad hogareña. Las acusaciones al pasado, son meros justificativos para las experimentaciones demoledoras.En prueba de mi última afirmación, están las siguientes palabras de Nancy Mitford: «Creo que el trabajo doméstico es mucho más agotador y espantoso que la caza, sin comparación. Y sin embargo, después de la caza, tenemos huevos para el té y se descansa durante horas. Pero después de las tareas domésticas, la gente espera que uno siga como si nada especial hubiera sucedido».

Doy por descontado el terrible enojo de Greenpeace contra esta feminista que hace un llamado a la caza indiscriminada, como así también doy por descontado el hecho de que ya deben haber tomado cartas en el asunto. Que tanto hombres y mujeres –todos en conjunto- nos dediquemos a la cacería, tiene por grandísimo riesgo no que liquidemos a todas las especies, eso en un día lo lograríamos, sino que empecemos a liquidarnos nosotros ese mismo día y el siguiente. Hay que ser muy torpe para decir que las tareas domésticas son algo “espantoso”, al tiempo que se reconoce que son algo “especial”, haciendo saber que lo primero acontece porque lo segundo impide cierta comodidad.

Es la misma feminista quien manifiesta que lo importante para su vida es dormir durante horas y tener huevos para el té (sí que debe haber estado soñando la señora Mitford para afirmar que es preciso cazar para tener huevos). Esta discriminadora de las amas de casa, evidentemente tiene un desprecio asombroso por una labor inmensamente nobilísima.

La mitológica Hidra de Lerna se ve hoy superada por la ya muy crecida «bestia» moderna, la que hace derivar de una de sus cabezas llamada ideología de género, la malformación denominada feminismo. El feminismo es un extremo destructivo y contradictorio con apariencia de cordura. Posiblemente Gloria Steinem no esté de acuerdo con mi definición, ya que para ella «feminismo no es repartirse el pastel entre ambos sexos, es hacer uno nuevo». En verdad no me interesan las tortas que pueda haber hecho la señora Steinem, ni tampoco me importa cuál es su gusto actual por la pastelería. Pero sí considero conveniente dejar al descubierto lo peor de la afirmación, y es que, hasta el nuevo pastel lleno de veneno, fue armado para ser repartido entre ambos sexos. Sucede que hasta la frase repostera de Miss Steinem le hace llegar su porción al sector masculino.

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