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Sábado, 19 de Agosto 2017


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Escribe: Tomás González Pondal.- Tal como sucedió con la «Parte I», ojalá este escrito también sea lo “peor” que alguien pueda leer, más cuando lo “mejor” que se tuvo en manos fueron premisas abortistas.

Recuerdo que un día escuché un audio cómico, en donde un chico llamaba a una empresa de telefonía celular para hacer un reclamo, exponiendo que su teléfono no había podido volar y se había destruido contra el suelo, luego de haber sido arrojado desde un elevado piso de un edificio con la función “modo avión” activada. Puede pensarse que el celular es un avión, puede que se lo llame aeronave, pero el teléfono seguirá siendo un teléfono. Puedo llamar al veneno, manjar o decir que es agua mineral, y no por eso dejará de ser una sustancia tóxica. Puede que al ladrón le moleste que lo llamen ladrón; nadie niega que seguramente deseará que lo llamen hombre honorable. Puede que al violador no le guste que le digan violador; él deseará que lo llamen señor correcto. Puede que al que comete un asesinato no le guste que lo llamen asesino; preferirá, sin duda, que lo denominen persona justa. Se molestan conmigo cuando digo que el que aborta, asesina, y que quien apoya abortos apoya asesinatos. Les gusta llamar a la maniobra abortiva: derecho; interrupción del embarazo; medida de salud; acto de justicia; y, en expresión «bachelecida», momento de dolor. Pero no es nada de eso: liquidar al indefenso en el vientre materno es, lisa y llanamente, asesinarlo.

Nos piden que aceptemos serenos el lenguaje tergiversado, pero se exasperan cuando se les expone el lenguaje preciso que no están dispuestos a aceptar.

En favor del aborto en casos de: violación, peligro para la salud de la madre, y mal formación del nasciturus, se sostiene que “la mujer no tiene porqué parir” y que tiene derecho a abortar. Con tal pensamiento –muy usado por el feminismo-, se intenta hacer quedar a quien no piense así como alguien que convierte a la mujer en objeto de parición. Pero el golpe se les vuelve encima: son los que avalan las prácticas mortales quienes degradan a la mujer. Ellos no quieren que ella dé a luz: prefieren que se saque a la criatura triturada. Sucede que el ser indefenso (por caso si es fruto de una violación) debe salir sí o sí del vientre de la madre. Saldrá dado a luz, o saldrá dado a la oscuridad; o sea, saldrá a la vida, o saldrá a la muerte. Sea como fuere, siempre, desde la concepción, será: dado. Es mejor sacar a un ser humano por un proceso natural, y no sacarlo por un proceso asesino.

No hay que entrar en el juego de los abortistas que consiste en tomar partido por la madre o por el hijo. No se trata de defender una vida contra la otra. Tal maniobra es, lo repito, una posición adoptada por quienes defienden el aborto. No querer el aborto no implica no querer a la madre: es querer a ambos respetando la vida de ambos; es luchar por salvar a dos y no permitir que se hunda uno. No se trata tampoco del jueguito de “ponete en el lugar de”. Que uno pueda ponerse en el “lugar de...”, no equivale a tener que “justificar a...”. Me puedo poner en el lugar de quien desea tener un auto, pero eso no me puede llevar a justificar la estafa. Por no entender algo tan elemental se llega a decir que “no es razonable dejar morir una mujer para que nazca un niño”. En otras palabras, se sostiene como válido que debe matarse al niño para que viva la mujer. La falsedad de concepción tan sanguinaria lleva, entre otros engaños, el hecho de que se “deja morir a la mujer”. Lo reitero: el galeno no pretende la muerte de nadie y debe luchar por salvar ambas vidas.

Son las mentalidades abortistas que logran ver finamente el ultraje a una niña de diez años, y no ven (por tener sangre en el ojo) el ultraje que recae sobre un pequeño de cinco meses que está en el vientre materno y a quien, sencillamente, se lo borrará de la existencia por seccionamiento corporal y derramamiento de sangre. Ya sabemos de qué lado está el deseo de matar. El relativismo moral no tiene cabida.

Es terrible lo que debe vivir una mujer violada, pero eso no puede llevar a justificar que se mate a nadie. Igualmente no tiene cabida ese otro juego de: “se trata de un ser en formación (que no es persona como tú o yo) que cuando es abortado no es consciente de ello”. Esta estupidez, contraria al sentido común y a la mismísima ciencia, está diciendo que cuando uno nace ya no se forma más. También se deduce la posibilidad de matar a un deficiente mental que no es consciente. Espero que la justicia no falle nunca a favor de la mujer que le metió un tiro a su marido, en consideración de que la ebriedad en la que se encontraba el hombre le hizo perder la consciencia. Es aberrante leer que se sostenga livianamente la licitud de matar a un ser humano que padece alguna malformación estando en el vientre materno, agregando que “ni respirará al nacer”. Se es humano desde la concepción, y no se pierde esa condición por más que un estudio hecho cinco meses después detecte alguna anomalía física, sea la que sea. Es de sentido común que el informe de anomalía no borra la humanidad de nadie. Pero el atropello mental desecha a quien posiblemente no respirará al nacer por más que sea humano. Lo que no es humano es el pretender hacer una purga de quienes presentan defectuosidades.

Se jactan los que defienden el aborto de que somos ignorantes pues no sabemos distinguir “un cigoto de un embrión, este de un feto y este último de un bebé”, y llaman a tal distinción “biología básica.” Cuando la sonda espacial «Voyager I» se encontraba a unos seis mil millones de kilómetros de nuestro orbe terráqueo, fotografió la Tierra y la presentó como un diminuto punto. Por tal razón, el astrofísico Carl Sagan, denominó a nuestro planeta “un punto azul pálido”, expresión que la utilizó también como título de uno de sus libros. Pienso que si muchos abortistas nacieran en la nave y desde una distancia como la indicada les dijéramos señalando al “punto pálido”: “ahí dentro está repleto de seres humanos”, exclamarían con total escepticismo: “es imposible que en ese grano de arena haya algo”. Se ve que se ha equivocado el genetista de fama mundial Jérôme Lejeune al decir que hay vida humana desde la concepción, y esto por comprobación científica. Igualmente se han equivocado Ruffie, Knudson, Blázquez, Gadow, Chauchard, Giménez Vargas, López García, Beruti, Nombela Cano, Willke, Merchante y un numerosísimo etcétera. Se ha equivocado también frente a nuestros “eminentes abortistas”, el Dr. Bernard Nathanson, cuando afirmó: “su código genético y todos sus rasgos son indiscutiblemente humanos. Como ser, no cabe duda de que existe, está vivo, se autodirige y no es el mismo ser que la madre, siendo como es un todo unificado”.

Pero claro... es más fácil para los abortistas decir que estos científicos son unos “payasos”. Harían bien en saber que Nathanson llegó a decir en su famosísima obra «La Mano de Dios», que conoce “lo referente al aborto como quizá ningún otro”, y da la razón: manejó la clínica abortista más grande de los Estados Unidos y dirigió 75.000 abortos incluyendo el de su hijo. Como sé que para muchos este escrito será –sin duda alguna- lo “peor y más ignorante que hayan leído”, les recomiendo la lectura del libro citado. Entre otras cosas encontrarán la frase de que el aborto pertenece “al mundo satánico”. En fin: no se trata de biología básica, se trata de biología compleja, pero, al parecer, quienes favorecen el aborto carecen de ambas.

Es lógico que no entenderá biología compleja quien no entiende biología básica por no aceptar nociones elementales de sentido común. La biología básica les permitiría ver algo demasiado básico como es el hecho de que más allá del nombre que quiera dársele al período vital por el que se está atravesando, siempre se trata de la presencia de un ser humano: llamase zigoto, embrión, bebe, niño, adolescente, adulto o anciano, en todo momento estamos en presencia de un ser humano. Y es la biología compleja la que ha llegado al punto de decir que hay vida humana desde la concepción, con la determinación de un ADN tan impresionante, que descubre de modo muy notorio a una inteligencia ordenadora fuera de serie.

Argumentará el abortista insensato que el nasciturus no es independiente, y que, por tanto, en eso también se ve justificada la maniobra abortiva. Claro... el recién nacido es tan independiente que no necesita de la teta para alimentarse. Y el chico de cinco años es tan independiente que saldrá a trabajar para adquirir su sustento vital. Y es que son tan omnipotentes los abortistas que ellos no dependen del aire para respirar ni dependen de alimentos para vivir. ¡Seres de una notabilísima independencia!

Por el último, es dable destacar que los abortistas padecen la peor de las dependencias. Son tan dependientes que -cuando lo requieren- hacen depender la vida, del asesinato de un ser humano indefenso que se encuentra en gestación.

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