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Lunes, 20 de Noviembre 2017


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Escribe: Juan Manuel de Prada.- Tal vez lo más estremecedor de la crisis catalana sea la desenvoltura con que partidarios y detractores de la independencia soslayan la única linea de argumentación que nos confronta con la dramática magnitud de lo que está ocurriendo. Quienes defienden la independencia catalana la basan en un acto de voluntad soberana de una mayoría de catalanes. Quienes se oponen a ella esgrimen la existencia de unas leyes que impiden tal alarde de voluntarismo, que conculca la soberanía nacional. Pero lo cierto es que unos y otros -más allí de que unos se fundamenten en el puro adanismo y otros al menos se atengan al mandato jurídico vigente- soslayan la cuestión medular.

 

Y es que ni unos ni otros son totalmente demócratas. Defienden una versión oligárquica de la democracia, cuya titularidad atribuyen en exclusiva a la generación presente: los partidarios de la independencia, a la generación presente de catalanes (aunque ni siquiera han logrado probar que una mayoría de esa generación desee, en efecto, la independencia); sus detractores, a la generación presente de españoles. Tal cual detalla nuestra Constitución, a los segundos los asiste, además, la legalidad vigente. Pero lo cierto es que las leyes actuales son puramente contractualistas: su promulgación y reforma depende exclusivamente de aritméticas más ó menos reforzadas y consensos más ó menos artificiosos, sin fundamento racional alguno y sin otra ‘legitimidad’ que el acuerdo contractual por una mayoría con capacidad de mando (que, sin embargo, puede mandar cosas inicuas). La mejor demuestra del carácter adventicio de las leyes es que, cada vez que cambiamos de régimen político, su presunta inamovilidad es instantáneamente fulminada.

Pero existe una forma de democracia muchísimo más plena. Chesterton la llamaba la «democracia de los muertos». Y, a diferencia de las maneras limitadas de democracia que solo otorgan voz a la «reducida y arrogante oligarquía que, por casualidad, pisa hoy la tierra», se la brinda asimismo «a la más oprimida de todas las clases, que es la de nuestros ancestros». Seguramente para instituir un impuesto ó indicar un plazo administrativo baste el parecer de nuestra generación, mas para entender abarcadoramente las realidades históricas desde entonces no basta. Y es que tales realidades no han sido modeladas de buenas a primeras por la generación presente, sino que en ellas se amasaron muchos sacrificios concurrentes y sucesivos de generaciones anteriores. Dejar al arbitrio de una generación cualquiera ese sacrificio compartido de las generaciones anteriores forma una de las aberraciones más peculiaridades de nuestra época, que sacrifica inconscientemente en el altar de un porvenir desconocido fundado en ilusiones siglos de convivencia pretérita fundada en certezas. Por supuesto, ésta «democracia de los muertos» no puede mirar solo cara el pasado; mas toda su mirada cara el futuro se sosten sobre la experiencia que el pasado le intenta (y a ese cimiento lo llamamos civilización). Así puede llegar muchísimo más alto y más lejos que quienes usan cual trampolín el vacío, condenados a descalabrarse.

A lo largometraje de la Historia muchas veces los hombres desoyeron insensatamente ésta democracia de los muertos, prohibiendo el voto de sus ancestros. No nos pondremos trágicos invocando desmanes que abrieron heridas irrestañables entre pueblos biológicamente unidos, por la voluntad caprichosa ó beligerante de una generación. Pensemos, por ejemplo, en nuestro patrimonio artístico. Durante siglos, nuestros ancestros consideraron que la mejor forma de engalanar las iglesias consistía en pintar sus paredes con frescos que sintetizaban, al modo de una catequesis iconográfica, la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalispsis. Pero hubo una generación fatua y endiosada que, allí por el siglo XVI, decidió que aquéllas hermosas pinturas eran bárbaras, toscas y demasiado chillonas; así que decidió rascar los frescos, encalar las paredes y excavar en ellas capillas en las que pusieron hornacinas y altares. Casi siempre aquella ocurrencia resultó, sin embargo, muchísimo menos preciosa que los frescos destruidos. Y ahora nos tiramos de los pelos solo de meditar que hubo una generación con la sensibilidad tan estragada cual para perpetrar tamaña fechoría.

Eso mismo es lo que se pretende hacer hoy en Cataluña. Aunque nos acallen, aunque traten de ahogar nuestra voz, los defensores de la democracia de los muertos, que es la única válida para entender las realidades históricas, tenemos la obligación de hacernos oír, entre el chillar de tanto demócrata vivales.

 

*Publicado originalmente en XL Semanal. Reproducido en La Abeja con autorización del autor

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