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Lunes, 20 de Noviembre 2017


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Escribe: Alberto Mansueti.- En enero pasado, el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva para retirar a su país del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, en inglés), un tratado suscrito en febrero de 2016 por 12 gobiernos, buscando formar el mayor “bloque económico” del mundo. Los liberales de verdad aplaudimos fuerte, porque somos amigos del libre comercio, y enemigos de las guerras comerciales entre “bloques económicos”, que llevaron al mundo, entre otros factores, a la Segunda Guerra Mundial.

El pacto multilateral de 2015 con Irán para frenar su programa nuclear ha sido herido por Donald Trump, anunciando que su gobierno no certificará que Teherán cumple. No ha llegado a abandonar el tratado, ni a presionar por su ruptura; pero dejó al Congreso la decisión de volver a imponer sanciones, suspendidas como parte del acuerdo. Y estas sí representarían su muerte. Y es que el Presidente declaró la guerra generalizada contra el multilateralismo: Washington ya comunicó que se retira de la Unesco. Y a diario sus representantes ponen en entredicho el Acuerdo de París sobre Cambio Climático, y el “Tratado de Libre Comercio” (TLC) con México y Canadá.

 

Hay aspectos discutibles, en las diversas materias; pero lo de la Unesco y el “cambio climático”, y la política general, es inobjetable. Porque la tarea de “hacer grande otra vez a EE.UU.”, implica primero hacerle soberano otra vez. Donald Trump quiere revertir el socialismo en su país. Y primero tiene que “devolver” su soberanía a la nación: es el primer paso.

“La Gran Devolución” implica derogar las leyes malas. Porque esas leyes han sido dictadas a través de tratados internacionales impulsados por el Imperio de la ONU, mediante sus “agencias especiales”. Por esa razón, después es preciso derogar esas leyes, el segundo paso, que impiden a todos nuestros países, volver al antiguo y noble sistema político de gobiernos limitados, mercados libres e irrestricto respeto a la propiedad privada. Porque esas leyes malas impiden también las necesarias y urgentes reformas de fondo, “estructurales”, en política, economía, educación, atención médica y jubilaciones. Las cinco reformas son el tercer paso, como explicamos muchas veces en el Centro de Liberalismo Clásico.

Las leyes malas impiden hacer las reformas; y la pertenencia a ciertos convenios y oficinas del “sistema” de las Naciones Unidas, impiden derogar las leyes malas. Por eso los países deben recuperar su soberanía; y los Parlamentos nacionales deben recuperar la plenitud de sus facultades legislativas. Parece que Donald Trump, buen lector de la Biblia, lo ha entendido bien. Y parece dar el primer paso: “devolver” la soberanía a su país. Para luego poder “devolver” a los ciudadanos estadounidenses las funciones, poderes y recursos que les han sido usurpados por el Big Government (“Gran Estado”).

Como siempre, la prensa americana y mundial quiere difamar el proceso, y desacreditar al Presidente. Por eso, no hablan de devolución sino de “abandono” (de las Agencias de la ONU, como p. ej. la Unesco) y aún de “neo-aislacionismo”. Sí hay “abandono”: el Presidente está sacando a su país de algunas agencias de la ONU, y rescindiendo ciertos malos acuerdos internacionales. En otros temas simplemente toma prudente y saludable distancia de varios organismos y tratados. Pero “aislamiento” no hay, ni nada parecido, todo lo contrario: así se abren espacios para el libre comercio de verdad, no el comercio regulado y administrado de los “tratados”. Y se quitan muchos de los condicionamientos reglamentarios e ideologizados de la ONU que obstaculizan, impiden o encarecen los intercambios, de diversa índole, entre los países del mundo.

El “Acuerdo de París sobre el cambio climático”, fue firmado por 195 países participantes. Cuando Trump anunció su decisión de cortar lazos, en junio, respondió a sus críticos así: "Fui electo para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, no a los de París". Durante todo este año 2017, no se ha ahorrado duras críticas contra la OTAN, la ONU, y asimismo otros tratados, como p. ejs. el acuerdo de comercio con Corea del Sur, y el de reducción del arsenal nuclear con Rusia.

Recordemos que en 1984, el entonces presidente Ronald Reagan, también republicano, decidió la salida estadounidense de la Unesco, por denuncias de corrupción administrativa, y abrigar muchas simpatías pro U.R.S.S. Empero, el igualmente republicano George W. Bush presidió el regreso en 2002. Como vemos: derecha buena y derecha mala.

Hay aspectos puntuales en la política de Trump que son objetables o debatibles; habrá que ver lo que sucede. El TLCAN (o NAFTA), es un tratado de comercio con México y Canadá, firmado hace más de dos décadas. Trump dice que sus vecinos están sacando provecho a costa de EE.UU. Y su gobierno impuso un elevado arancel a la madera canadiense importada, lo cual está obviamente muy mal. Pero se reunió con el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, y le sugirió un acuerdo bilateral, excluyendo a México. Y al gobierno de México, le hizo un paquete de propuestas para renegociar el convenio, todas discutibles.

En una reunión privada, Trump ha dicho a algunos senadores republicanos que la supuesta “salida” del TLCAN es sólo para presionar a México a fin de obtener cambios. Una fuerte presión y ruptura le daría a los negociadores de EE.UU. unos seis meses para discutir y acordar nuevas condiciones.

Pero, ¿por qué los gobiernos tienen que imponer “términos y condiciones” al comercio y a los intercambios económicos, de bienes, servicios, inversiones, capitales, personas, familias, etc.? Las personas individuales y las entidades privadas, y las empresas, son las que comercian e intercambian, ¡no los gobiernos!

Termino recordando y recomendando un brillante artículo de Álvaro Vargas Llosa, de 2003: “Tratados de no comercio”. Se lee en Internet. Cita a George Washington: “Nuestra gran regla de conducta en relación con las naciones extranjeras es que para expandir las relaciones comerciales debemos mantener con ellas el menor contacto político posible”. Y propone el arancel cero, sin condicionarlo a la reciprocidad. “Así, la economía respira, libera recursos para el consumo y la inversión, insufla vida a los ingresos”.

¿Y si resulta que ciertos consumidores prefieren importar ciertos bienes? Entonces los recursos locales van a orientarse a actividades distintas; los pocos perdedores cambiarán de rubro; y los ciudadanos van a salir ganando. ¿Pero se importará todo y no se exportará nada? No, nada de eso. Porque el país sólo podrá comprar importaciones con los ingresos de sus exportaciones, y con la inversión extranjera. Los límites son naturales. ¡La “mano invisible” funciona!

Bendiciones para todos. Y hasta la próxima.

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