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Miércoles, 13 de Diciembre 2017


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Escribe:Juan Carlos Puertas Figallo.- Parker Yockey, un autor americano no muy conocido pero sumamente interesante, y algunos que lo antecedieron analizaban la política y la historia de manera determinista, como el movimiento de un “cuerpo orgánico o espiritual”. No les faltaba razón cuando indicaban que la historia debía verse desde muy arriba, como la sucesión de actos a través del tiempo para tratar de entenderla. Entender la historia - no cambiarla - era casi lo único que le quedaba, decían, al hombre:

“En las regiones astrales, la luz pertenece al alma; de ahí que la oscuridad sea total con la excepción de esta determinada estrella, y solamente una parte de ella brilla. Desde tal distancia puede obtenerse una visión perfectamente clara de lo que ocurre en la tierra.” (1)

 

Así como Parker Yockey pretendía analizar la historia de la civilización desde aquellas “regiones astrales”, él podría ver hoy que los “espíritus” andan bastante agitados en esta parte del planeta llamada Perú; una agitación que en el día a día, para aquel observador intrascendente que sigue a la historia (y que nunca la hace) aparece como una lucha bastante barroca entre dos bandos: uno bueno e impoluto al que han venido a llamar “antifujimorismo” y uno malo, corrupto, al que identifican como “fujimorismo”.

Si seguimos este estilo “espiritual”, podríamos decir que el observador astral vería que esta intensa pugna ya viene dándose durante décadas y simplemente estamos – más allá de los nombres – frente a una de las muchas batallas que han librado con victorias alternativas los diversos bandos: la época mercantilista, la militarista y la liberal; y en este momento, lo único que parece haber cambiado son los nombres que las personas le dan a sus luchas y batallas. Ciertamente, cualquiera es partícipe de la historia acompañándola, pocos si quiera pueden ser conscientes de lo que se lucha, de lo que luchan. Incluso, a veces, los generales olvidan también, la realidad y propósitos de sus luchas y que estas van más allá de los nombres que les ponen a las mismas y a sus causas.

Estos actores, hace poco más de un año, estaban seguros que la causa de unos era impedir el encumbramiento del mal en el poder político, y los otros – en su mayoría – pensaban que la pelea era contra ellos, debido a una clara carencia de su “identidad espiritual”. Era una lucha contra su “partido”, contra su “fujimorismo”. Luego de las elecciones algunos incautos pensaron que la paz llegaría mientras otros ya sabían que aún no pasaba lo peor. Y así fue. Aún no termina esta batalla de “espíritus” sino que seguirá escalando cada vez más hasta lograr una victoria contundente que, al menos por algunos años, traiga una paz aparente, una ilusoria tregua en esta historia de la eterna guerra de “espíritus”.

Pero así como es difícil para quien camina en la historia detenerse y volar para mirarla y entenderla, hay momentos - esos pocos momentos - en que varios signos afloran y permiten mostrar el trasfondo de las pugnas.

Basta ver que los impolutos defienden algo llamado “derechos” para que estos sean utilizados de dos formas: una activa, donde dicen que ciertos sectores de la población no tienen esos denominados “derechos” y la segunda, atacando a los agentes que limitan sus pretensiones (Mayoría Democrática, Fuerzas Armadas, Sociedad Civil). Al no poseer el ente de poder natural para materializar esa alegada ausencia de los llamados “derechos” (el parlamento, la mayoría) utilizan el poder que no tienen en la población, pero sí en otros órganos para atacar a través de éstos a sus oponentes (tribunales, ministerios, fiscalía, medios de comunicación).

Los “derechos” no son para ellos algo “apolítico”, sino un medio de lucha para cumplir fines políticos como nos lo recuerda la pos marxista Chantal Mouffe:

“...el discurso de los derechos ha proporcionado los medios que han hecho posible que se presenten diferentes formas de desigualdad como algo ilegítimo y antinatural, equivalente a formas de opresión”. (2)

Estos - a través del “discurso de los derechos” - no pretenden una igualdad ante la ley sino la reivindicación de diversos tipos de reclamos (en realidad cualquier reclamo) que ellos mismos sostienen que no son necesariamente racionales sino que obedecen al “rol crucial que desempeñan en la política aquello que he denominado ‘pasiones’: la dimensión afectiva que es movilizada en la creación de identidades políticas”. (3).

Mejor conocidos como la izquierda, acogen todo tipo de reclamos, porque para ellos “el desafío de la izquierda era hallar una forma de articular las nuevas demandas planteadas por feministas, antirracistas, el movimiento gay y el movimiento ambientalista”. (4) Ciertamente su estrategia consiste en generar un discurso que aglutine cualquier demanda.

Hay otros mecanismos para lograr sus metas como generar antagonismos, subvertir toda relación de subordinación (5), etc. Pero al final, como vemos, podríamos resumir su objetivo final como la “emancipación” total, es decir, un igualitarismo donde la gran paradoja deriva en hallar respuestas a la siguiente pregunta: ¿es posible un igualitarismo con libertad?

Si por un lado nos encontramos frente a un idealismo radical, que usa el discurso de los “derechos” como arma de batalla, del otro están quienes básicamente entienden que la libertad y la propiedad privada son las bases para su propio desarrollo y que uno vive asumiendo las consecuencias y responsabilidades por sus propias decisiones en ejercicio de su libertad. Esta libertad solo es posible dentro de un orden previsible, y además, ellos ciertamente son conscientes que los individuos no son iguales, ni en facultades ni en esfuerzo y que eso es una realidad innata al ser humano. La solidaridad es un valor que no necesariamente debe imponerse desde el Estado y el Estado no es una especie de coaching personal que permitirá vivir una parusía terrenal.

A la pretensión emancipadora e igualitarista de la izquierda que utiliza el discurso distorsionado de los “derechos” el otro grupo responde:

“El principio democrático de la igualdad cívica y humana se ha radicalizado, como predijo Tocqueville, como una pasión por la igualdad que percibe “cada distinción (...) como discriminatoria, cada diferencia como desigual, cada desigualdad como inequitativa” (...) Tal “igualdad extrema”, como Montesquieu la llamó en el libro VIII de El espíritu de las leyes, es una corrupción de la democracia que late en el corazón de la erupción “democrática” que caracterizó a mayo de 1968.” (6)

Puestos acá, la batalla “espiritual” parece haber decantado a ambos perfiles, más allá de las anecdóticas denuncias de aquí y de allá, lo importante es que los actores caigan en cuenta de los signos que esas particularidades de la historia han permitido exponer estas semanas. No se trata de personas ni de partidos. Se trata de dos modos de vida: uno intervencionista y otro de libertad y orden. Uno que promueve la confrontación y otro que aspira al esfuerzo individual bajo los cánones de reglas claras. Uno que crea, otro que consume. Uno que es libre, otro que impone.

Por eso, es hora que aquellos a los que llaman “fujimoristas” tomen conciencia que sin una “identidad política” están condenados a ser reemplazados por otros actores, que contribuir a las tácticas del adversario cuando abrazan sus discursos (“derechos a ...”) y sucumben a sus estrategias es apuntarse una pistola en la sien. Es hora que los que imparten justicia salgan de su Caverna de Platón y puedan apreciar que el derecho no es más “apolítico” sino que en las circunstancias de hoy, se ha convertido lamentablemente, en un medio político al haber sucumbido ya al discurso de los “derechos”.

Unos pueden discrepar en una u otra cosa -ladrones y corruptos hay y habrán en todos lados (y deben ser siempre sancionados) - pero el grueso de las diferencias siempre fue la misma. Hoy los individualismos – siempre importantes – no sirven de mucho, como nos lo recuerda Spengler:

“En este punto se plantea a todo individuo una elección ineludible. Hay que saber si esta uno a la derecha o a la izquierda , y saberlo con toda decisión, pues, si no, decidirá por uno la marcha de la historia, más fuerte que toda teoría y toda ensoñación ideológica. La conciliación es hoy tan imposible como en la época de los Gracos”. (7)

 

1-Francis Parker Yockey “Imperium”

2.Chantal Mouffe “Dimensiones de la democracia radical”

3 y 4. Entrevista publicada en el libro de Chantal Mouffe “Agonística”

5.Laclau y Mouffe “Hegemonía y Estrategia Socialista”.

6.Daniel J. Mahoney “Los fundamentos conservadores del orden liberal” parafraseando a Dominique Schnapper.

7.Oswald Spengler “Los años decisivos”.

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