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Miércoles, 13 de Diciembre 2017


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Escribe: P. Mario Arroyo.- ¿Qué es primero, la realidad o el lenguaje?, ¿quién condiciona a quién? Si cambiamos el modo de referirnos a las cosas, siendo la misma realidad, se modificará también el modo de percibirla, y gracias a una sugerente prestidigitación intelectual, como por arte de magia, lo que antes era malo, aparecerá como bueno, lo que era un crimen, se convertirá en derecho. Ha sucedido así con otros rubros en la historia reciente, ¿sucederá lo mismo con la pedofilia? Todo parece indicar que las cosas van por ahí, y probablemente si la inversión conceptual no se ha consumado es que todavía resulta una herramienta útil para desprestigiar a la Iglesia. Cuando cese esa “ventaja” del vicio, quizá comience a convertirse en “virtud”

 

¿Cómo se produce la metamorfosis conceptual? Es un proceso bien estudiado. Primero se presenta el caso extremo, regodeándose en su sufrimiento y en la injusta percepción social que tiene la nueva “víctima”. En esta situación el victimario se transforma en víctima; “cuestión de enfoques”. Recientemente leí un artículo donde un británico narra su sufrimiento por ser pederasta. Ciertamente debe ser terrible ver niños y que ello te provoque violentos deseos sexuales. El autor denunciaba la injusticia de la que son víctimas quienes tienen esta inclinación, y cómo la sociedad tiene una tarea pendiente para dejar de estigmatizarlos y hacer un esfuerzo por comprenderlos y ayudarlos. Es cierto, toda persona tiene dignidad y derecho a la comprensión. Es verdad, experimentar una inclinación así es una enfermedad.

En lugar de considerar a estas personas como criminales, deben tratarse como enfermos. Ahora bien, si son enfermos, ¿cuál es su grado de culpabilidad?, ¿tienen acaso culpa de sentir una inclinación que no eligieron?, y si no son culpables ¿deberían ser castigados? Más que un castigo necesitarán una terapia. Pero, como ha sucedido con otras inclinaciones sexuales en la historia reciente, quizá con el tiempo esa terapia no sea de “rehabilitación” sino de “aceptación”. Es inútil negar lo que uno es, ir contra su propia naturaleza, contra sus deseos más vehementes. Mejor es aceptar lo inevitable y encauzarlo del modo adecuado, de forma que produzca menos estragos.

El siguiente paso es eliminar por completo su carácter de enfermedad. Si es algo natural, si no se ha elegido, lo más probable es que se haya nacido así, ¿por qué considerarlo una patología? Quizá es que nosotros necesitamos una visión más completa de la realidad, probablemente nuestros tabúes y complejos heredados por la sociedad empañan la visión natural, sencilla e inocente de la realidad. Más que enfermedad de los pedófilos, la enfermedad social será la de aquellos que se dejan llevar por sus prejuicios culturales heredados, los cuales les llevan a juzgar con dureza a otras personas, los orillan a la intolerancia. No son enfermos los pedófilos, sino los “pedofóbicos”; aquellos que no los comprenden y juzgan duramente, pues son arrastrados a la intolerancia y a usar un lenguaje violento y discriminatorio.

La enfermedad está ahora en los prejuicios de aquellos que recelan de la pederastia. Pero el punto más difícil del proceso viene ahora. Puedo comprender al pederasta pero, ¿qué hago con los niños? La solución está en culpar a los prejuicios sociales en materia sexual de la enfermedad de los intolerantes violentos. Para acabar con esa forma de intolerancia y violencia es preciso deconstruir los criterios sociales heredados, los tabúes sexuales. Hay que liberalizar la sexualidad, primero la de los niños. Entonces, algún sesudo “investigador” denunciará que los niños tienen una “sexualidad” reprimida, la cual es preciso liberar. Pero como a ellos solitos –niños al fin y al acabo- no se les ocurre, es preciso que la educación tienda a sexualizar a los niños y a erotizar sus juegos. Esto ya es una realidad, en programas promovidos por la ONU incluso a nivel de educación inicial, en series de NETFLIX, o en dibujos animados. Tristemente no es teoría de la conspiración sino un hecho real, fehaciente, actual.

Dado este paso, es posible cerrar el círculo. Hay que liberalizar la sensibilidad sexual de los niños, potenciarla. Los pederastas pueden prestar un valioso servicio de acompañamiento sexual, de iniciación con la autoridad de una voz experimentada, que los orientará de forma que estén “informados” y no corran el riesgo de contraer alguna ETS. El único criterio será “el consentimiento del infante”. La diferencia entre la violación y la vida sexual “plena” (termino más adecuado que “precoz”) sería el consentimiento del menor (no importa que sea a cambio de un helado o de un juguete). Llegados a este punto, hemos culminado la prestidigitación intelectual y moral a un tiempo: el niño es liberado para vivir plenamente su sexualidad mientras el pedófilo descubre que su torcida inclinación en realidad es un don que le permite prestar un servicio a la sociedad. Por una vez espero no ser profeta, pero todo parece indicar que hacia allá vamos.

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