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Viernes, 20 de Julio 2018


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Escribe: P. Mario Arroyo.- Hace unos días el ejército ruso anunció que todo el territorio sirio había sido liberado del Estado Islámico. Solo dos días después, el gobierno de Irak junto con la coalición de aliados, a la cabeza de los cuales se encuentra Estados Unidos, confirmó que ese país también había recuperado el dominio sobre todo su territorio. Ya no hay tierras bajo el control del ISIS, ya no existe el Estado Islámico o, sencillamente, ha dejado de ser un supuesto “estado”, para formar una guerrilla o una simple asociación terrorista. Concluyó una guerra que dejó más de 100 mil muertes y muestras de sadismo inusitadas, como decapitaciones masivas de cristianos que rehusaban convertirse al Islam, niños incluidos, quemados y enterrados vivos, muchas de las cuales fueron filmadas y subidas a la red.

 

Realmente es un momento de alegría en la comunidad internacional, que quizá debió haber tenido más eco, pues la crueldad y los crímenes de lesa humanidad de estos monstruos tienen pocos parangones en la historia. De hecho, los genocidios recientes se han ocultado estudiadamente a la opinión pública, de forma que de algunos, como los de China y Corea del Norte, no tenemos datos precisos. Otros que han salido a la luz, como el genocidio Nazi, o los perpetrados en países comunistas como la URSS o Camboya se han conocido solo después de haberse cometido. En Ruanda no hubo un interés en difundir aquel irracional exterminio tribal. DAESH, en cambio, se regodeaba con el sadismo, difundiéndolo masivamente para propagar el terror. Es la primera vez que se transmite en tiempo real un genocidio.

La comunidad internacional no podría permanecer pasiva. Si bien lentamente, se organizó, y solo después de casi cuatro años de guerra pudo acabar con esta pesadilla. Ahora bien, todo hay que decirlo, la gestión humanitaria de los refugiados dejó mucho que desear. Muchas poblaciones tuvieron que huir intempestivamente, abandonándolo todo, ante el arribo del terror, y la huida era hacia el desierto, con la esperanza de llegar con vida a algún lugar habitable, sabiendo que si eran sorprendidos en su intento, no habría misericordia para ellos. La mayor parte de los prófugos eran cristianos, obligados a elegir entre su fe o la vida y la hacienda. Muchos perdieron la vida, muchos más todo lo demás.

Al acabar la guerra queda una tarea pendiente nada fácil: la vuelta a la normalidad. En este sentido, actualmente hay 95,000 refugiados cristianos que deberían poder volver a sus casas y sus tierras en Irak. No es solo volver, sino reconstruir sus más de 13,000 casas, iglesias y conventos destruidos por el odio. No será fácil conseguir los medios y menos aún restablecer la vida. ¿Cómo vivir en paz en medio de un pueblo que ha sido testigo mudo de la masacre? Es verdad que poco o nada podían hacer sus vecinos musulmanes, pero también es probable que muchos de ellos hayan sido cómplices, soplones e incluso verdugos, ¿cómo restablecer una convivencia civilizada en esta situación?

La comunidad internacional no podía tolerar la existencia de un estado terrorista. No había espacio para esa lúgubre realidad en el mundo, pues era fuente continua de violencia en el resto del planeta. No era solo el altruismo lo que movía a la coalición liderada por Estados Unidos o a Rusia para intervenir en este escenario. Cabe suponer que sus intereses económicos y de seguridad nacional marcaban la urgencia de la intervención. Ahora que ya están salvaguardados hasta cierto punto, el problema de los refugiados no les incumbe y pueden hacerse de la vista gorda. Y, sin embargo, si hay algo urgente es la situación desesperada de los refugiados, si hay algo importante es que puedan intentar volver a la vida normal, lo que, insisto, reviste de un alto grado de heroicidad por su parte.

Por eso, es importante darles visibilidad, no olvidarlos, no pensar que con la expulsión del ISIS de los territorios de Siria e Irak ya podemos cambiar de página en la historia. Por el contrario, algunas de las comunidades cristianas más antiguas del mundo claman por su derecho de vivir en el lugar en el que han estado asentadas desde la época apostólica. Por eso no deja de ser encomiable la campaña de Ayuda a la Iglesia Necesitada para que los cristianos de Irak puedan celebrar la navidad en sus casas. De alguna manera en esos prófugos podemos ver la versión contemporánea de la Sagrada Familia en Belén.

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