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Viernes, 20 de Julio 2018


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Escribe: P. Mario Arroyo.- Podría titularse el artículo: “Corte Interamericana de Derechos Humanos vs Corte Europea de Derechos Humanos”, pues mientras el primero sentenció el pasado 9 de enero que existe un derecho al matrimonio homosexual, instando a los estados miembros a implantarlo, el segundo, por sentencia unánime, reconoció justamente lo contrario el 9 de junio de 2016. Ante esa evidente contradicción se despiertan varias incógnitas: ¿los derechos humanos varían según continentes?, ¿los derechos humanos cambian con el tiempo?, o si uno es más suspicaz, ¿el derecho se interpreta según la propia ideología?, y si uno de plano es desconfiado, ¿se vende el derecho al mejor postor?, o ¿es maleable según presiones externas?

 

No parecen quedar muchas opciones a esta disyuntiva. Si queremos salvar la dignidad de la condición humana y su carácter objetivo, deberemos desechar entonces los dos primeros presupuestos, para quedarnos con la opinión suspicaz. El tribunal europeo busca salvar la institución natural del matrimonio, mientras que la corte interamericana pretende redefinir el matrimonio, de forma que termine siendo lo que cada quien desee.

Ahora bien, nunca queda bien oponerse a los “derechos de los demás”, sean estos reales o imaginarios, y siempre queda mal, y con razón, discriminar. En efecto, debo respetar los derechos de todos, más los derechos humanos que son inalienables, debo evitar siempre toda discriminación, pues cada persona tiene dignidad, es invaluable, no puedo tasarla con criterios raciales, sexuales e incluso morales.

¿Cómo salvar el impasse jurídico? Corresponde a los juristas determinarlo. Si uno sigue con suspicacias, podrá suponer que se hará el lobbying correspondiente para imponer el propio punto de vista en la ONU. Una vez conseguido el consenso, se encontrarán los argumentos pertinentes para sustentarlo; justo a la inversa de lo que debería suceder: tener primero los argumentos para después discutirlos francamente, sin necesidad de ningún lobby, precisamente porque son patentes, contundentes, como en el ya lejano 1948 cuando se promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Ahora bien, por lo menos en América Latina, ¿una persona que se opone al matrimonio homosexual es equivalente a alguien que discrimina a un negro? La CIDH diría que sí, pero no es así necesariamente. Las personas que de forma respetuosa y civilizada disentimos de la opinión de siete jueces no necesariamente discriminamos, pero ahora es preciso tener algún argumento para demostrarlo. Quizá una forma de hacerlo ver es no aceptar el punto de partida, hacer ver que no poder acceder al matrimonio como está establecido no es una discriminación por parte del estado, sino que son estas personas las que voluntariamente se excluyen.

Todos somos iguales ante la ley. Todos tenemos derecho a casarnos. Pero el matrimonio natural es la unión estable entre un hombre y una mujer que no excluye a priori la transmisión de la vida. Todos, también los homosexuales y lesbianas, tienen derecho a casarse, nadie se lo impide. Otra cosa es que no quieran ellos unirse entre sexos diferentes. Nadie les ha quitado su derecho, simplemente ellos no quieren o no se sienten capaces o inclinados a ejercerlo.

Afirmar que el matrimonio homosexual es un derecho humano –como hace la CIDH- no es decir que todos tienen derecho al matrimonio, pues ese derecho ya existe, sino que, como a algunos ese matrimonio no les gusta, entonces vamos a redefinir el matrimonio, para que sea lo que cada quien quiera. Esto no es igualdad de derechos, es destruir la institución matrimonial para que ya no signifique nada. “Como a algunos no les gusta patear el balón, ahora el fútbol se juega con las manos”. Se “discrimina” al homosexual del matrimonio exactamente igual que al diabético de tomar chocolate: no es que no tengan derecho, es que por algún motivo, del cual ni el estado ni la sociedad son culpables, no les conviene. Cambiar el matrimonio equivaldría a quitar la azúcar del chocolate de todos, para que todos seamos “iguales” o cambiar las reglas del fútbol, para que los basquetbolistas lo jueguen también. No es eliminar una discriminación sino destruir una institución, violentando así la realidad. Defender entonces la institución matrimonial no es discriminar a nadie, máxime cuando muchos homosexuales se han manifestado contra el matrimonio homosexual; nunca se ha sabido que personas de color se manifiestan a favor de la discriminación racial.

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