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Martes, 11 de Diciembre 2018


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mario vargas llosa

Escribe: Tomás González Pondal.- Apareció un artículo de Mario Vargas Llosa intitulado “Nuevas Inquisiciones”, en donde expresa su rechazo al movimiento feminista que, según el autor peruano, es “ahora el más resuelto enemigo de la literatura, que pretende descontaminarla de machismo, prejuicios múltiples e inmoralidades;” aclara que no apunta contra “todas las feministas”, pero sí contra “las más radicales”, y contra “amplios sectores que, paralizados por el temor de ser considerados reaccionarios, ultras y falócratas, apoyan abiertamente esta ofensiva antiliteraria y anticultural. Por eso casi nadie se ha atrevido a protestar aquí en España contra el ‘decálogo feminista’ de sindicalistas que pide eliminar en las clases escolares a autores tan rabiosamente machistas como Pablo Neruda, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte.” Pero, ¿cuál es en el fondo la preocupación que tiene Mario Vargas Llosa? Y es que, según dice, “no es imposible que la literatura, lo que mejor me ha defendido en esta vida contra el pesimismo, pudiera desaparecer”.

 

Muchos pensarán que ahora llegó el turno de reivindicar la figura del famoso novelista del Perú, el turno de decir “esta vez Vargas Llosa con su criterio está luchando por una buena causa”. En definitiva, muchos desearían ahora leer líneas elogiosas para con el escritor peruano. Pero no las encontrarán. Los egoísmos se esconden a veces en zonas demasiado ocultas, pero con una luz de cierto alcance es posible identificarlos. No veo en el artículo de Vargas Llosa una defensa de la literatura buena; veo simplemente una defensa de Vargas Llosa a Vargas Llosa: él se está defendiendo a sí mismo y a sus escritos que, lo digo sin ambages, no ingresan en la buena literatura.

Lo que diferencia al feminismo radical del afamado escritor de Perú, son un par de cosas accidentales y nada más. Por ejemplo, las feministas radicales suelen estar semidesnudas en sus manifestaciones, y entiendo que Vargas Llosa –intento ser justo- aún no ha aparecido semidesnudo en ningún acto público; las feministas rayan paredes, y hasta donde tengo entendido, Vargas Llosa, no. Pero, como dije, son solo cosas accidentales, pues, en el fondo, en lo esencial, ambos, feminismo radical y Vargas Llosa, están unidos en una causa en común: la deformación del hombre. Tanto el movimiento en cuestión como el escritor, ambos apoyan la destrucción de seres humanos en gestación, ambos, están entonces a favor del aborto. Me importa más la defensa del ser humano en gestación que todos los libros de Vargas Llosa. Él está preocupado de que literatura como la que él escribe pueda desaparecer en manos del feminismo, pues eso supondría a su criterio una merma para la cultura, sin advertir que eso no hace desaparecer ninguna cultura; en cambio, el que uno se vuelva cómplices de asesinatos, sí. ¿Cuán culto puedo ser si tengo en mi cabeza tres mil libros leídos y enseño que puedo liquidar al niño en gestación? Tanto en el feminismo como en Vargas Llosa, he apreciado básicamente cuatro cosas en común: un sistemático ataque a la Iglesia Católica; un apoyo a ideologías destructivas de la familia; una degradación de la mujer; y, como queda dicho, su apoyo a las maniobras abortivas. Recuerdo que Vargas Llosa en el 2005 defendió en un artículo suyo el denominado “matrimonio igualitario” y el supuesto derecho a poder adoptar; dijo: “Luego de Holanda y Bélgica, España será en estos días el tercer país en el mundo que habrá legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo, con todos los deberes y derechos incluidos, entre ellos el de poder adoptar niños.” Las críticas a todas las sinrazones de esa nota, que por otra parte son las mismas que dice siempre la ideología nefasta, ya las expuse en varios otros artículos. No es ahora el momento de reiterarlas. Solo digo aquí que Mario Vargas Llosa y el feminismo, con alguno que otro matiz diferenciador, ambos sirven a una misma bestia: la ideología de género.

Quien tiene una obtusa idea de la Inquisición y quien se deleita en autodenominarse liberal, es quien, no lo olvidemos, ha tratado a los legisladores chilenos que se opusieron a la maniobra abortiva (y en ello a todos los que también nos oponemos), de “cavernarios”. Es tan liberal Vargas Llosa, que para probar su incoherencia reclama con una inmoderación a flor de piel la uniformidad de pensamiento, so pena, sino, de caer en la sanción verbal de quien, tras el Nobel, parece que se lo ha ungido no tanto para que se lo tenga como alguien cuyos escritos lo han hecho un escritor consagrado, sino más bien para que sea una especie de consagrado cuya escritura “sacra” es “vox dei”.

Mario nos da noticias de que intenta “ser optimista recordando a diario, como quería Popper, que, pese a todo lo que anda mal, la humanidad no ha estado nunca mejor que ahora. Pero confieso que cada día me resulta más difícil. Si fuera disidente ruso y crítico de Putin viviría muerto de miedo de entrar a un restaurante o a una heladería a tomar el veneno que allí me esperaba. Como peruano (y español) el sobresalto no es menor con un mandatario en Estados Unidos como Trump, irresponsable y tercermundista, que en cualquier momento podría desatar con sus descabellados desplantes una guerra nuclear que extinga a buena parte de los bípedos de este planeta”. Tras leer este párrafo de Vargas Llosa me vengo a enterar del don especial que tiene para poder ver a través del arcano de los hechos: él ya sabe a ciencia cierta –y por eso nos lo da a entender- que Putin de algún modo mandó a envenenar. También quedo deslumbrado por la impresionante coherencia de espíritu del consabido escritor: del exterminador de Obama, no solo en guerras armadas sino como gran aliado de la mega abortista internacional P.P, ni una palabra. Y sin ir tan lejos: ¿a qué quejarse de Trump por algo que no ha hecho, cuando él mismo, Vargas Llosa, apoya a algo que sí se hace a diario, con peores efectos que la bomba atómica, y que se llama aborto? Sí, definitivamente pienso todo lo contrario a lo aseverado por Popper.

Sostiene el autor peruano que la literatura “ha tenido siempre enemigos”, y en rejunte injusto sin distinciones, posiciona a la religión en primer lugar: “La religión fue, en el pasado, el más decidido a liquidarla estableciendo censuras severísimas y levantando hogueras para quemar a los escribidores y editores que desafiaban la moral y la ortodoxia.” Lo invitamos con documento concreto y fidedigno (¡documento concreto y fidedigno, Vargas Llosa!) que diga en dónde podemos ver que la Iglesia haya dicho “liquídese la literatura”. Ya es hora de que esta gran patraña urdida hace tiempo para engaño de la gente y para la posteridad ingenua, caiga de una vez para siempre y se pongan las cosas en su lugar. Mientras que en sucesivos días Vargas Llosa leerá la impresionante obra en tres tomos de D. Francisco Javier Rodríguez, titulada Historia Verdadera de la Inquisición, tengo –prueba en mano- algo que en una de esas le será de mucho interés al famoso novelista de la nación peruana, a saber: en el 2018 hay escribidores que mandan a matar a indefensas criaturas; uno de ellos se llama Mario Vargas Llosa. Una cosa es proteger a la buena literatura de la mala, y otra cosa es mentir diciendo que una institución se dedicó a liquidar a la literatura. Hoy sucede lo siguiente, y el escamoteador Vargas Llosa lo sabe bien: los medios de prensa y redes virtuales censuran, pero a quienes hablan con la verdad. No vamos a engañar diciendo como el escritor peruano que hoy las megas editoriales quieren, por ejemplo, destrozar a la literatura (ya que publiquen sus obra a mansalva habla por sí solo): lo que sucede es que lo que quieren hacer desaparecer es a la buena literatura.

Pero de momento voy a hacer una concesión por simple divertimento mental: voy a conceder que todo el tema de la inquisición es tal como lo pinta Vargas Llosa; y voy agregar que debido a tal tribunal se condenaron a muerte a más de 50.000 mil escritores a los que se los acusó de corruptores de almas. Se podrá o no estar de acuerdo con la acusación, pero es innegable que para algunos había un mal concreto proveniente de la intención voluntaria de una persona concreta. Ahora bien, y esto ya no es pasatiempo mental sino realidad cruda: ¿a cuenta de qué mal justifica Vargas Llosa su adhesión a los modernos tribunales que claman a gritos el asesinato de criaturas humanas en gestación, seres completamente indefensos e inocentes de mal voluntario alguno? Señor Vargas Llosa: lo suyo es inadmisible; quiere ver una supuesta paja en el ojo ajeno, y delante de los suyos tiene una considerable viga. Aquí de ningún modo hay relación con algún hombre cavernario; aquí se trata ya de alcanzar el nivel infrahumano.

Otra afirmación del Nobel de literatura en cuestión y que invita a poner a prueba toda coherencia es la siguiente: “una cultura realmente creativa, de alto nivel, tiene que tolerar en el campo de las ideas y las formas, disidencias, disonancias y excesos de toda índole.” Ya que dice ser un gran tolerante de los excesos de toda índole, ¿para que hace un artículo en queja lastimera y condenatoria contra el feminismo radical que, según él, puede hacer desaparecer a toda la literatura? ¿Es posible quejarse de un exceso si en nombre de la tolerancia se aprueban los excesos? Es una gran estupidez pensar que todo lo que se escriba contribuye a una cultura de alto nivel: mientras más porquería literaria más se reciente la cultura. El absurdo de Vargas Llosa es tanto como decir que los padres serán mejores educadores mientras más le toleren a sus hijos hacer lo que les venga en ganas. En sus propias palabras, la literatura debería tener “derecho de ciudad que podría significar algo parecido a abrir las jaulas de los zoológicos y dejar que las calles se llenen de fieras y alimañas.” Vargas Llosa alimenta la salida de las bestias y luego se queja de lo que solicitan.

Entramos al punto que domina la mayoría de las obras del literato peruano: su interés por la apertura al sexo en desenfreno nacido de las oscuras pasiones de cada autor, muy en especial de él mismo. Por eso su queja contra los libros que denomina “adecentados”: “dejarían sin vía de escape esos fondos malditos que llevamos dentro”. Vargas Llosa parece concebir la literatura como un canal mediante el cual puede exteriorizar sin filtro alguno en el papel cuestiones sexuales que viven en su interior. Entonces de modo novelado justifica sus deseos más ocultos. Como si dejados en el papel los “fondos malditos que llevamos dentro”, sucediese luego algún bien en los fondos interiores, y que, estoy convencido, no se irán por obra de una imprenta. El simbolismo artístico literario del escritor de marras es tan ramplón, que condena a su propia obra a morir asfixiada en el barro, barro que tiene estructura de hombre pero carece de alma humana. Vargas Llosa, como tantos otros autores modernos, solo se sostiene por un negocio editorial y una prensa libertina que aplauden la hechura literaria cuestionada, aplausos que se explican lógicamente por una íntima aprobación y un férreo apoyo a iguales motivaciones que las presentadas por el renombrado novelista. El turbio drama espiritual del literato en cuestión, se explica mucho más con las siguientes confesiones que citaré in extenso, en donde sigue a un autor de cuño freudiano, para el cual el mal canalizado a través de la literatura se vuelve una suerte de purga existencial: “Esto lo explicó muy bien Georges Bataille en varios ensayos, pero, sobre todo, en un libro bello e inquietante: La literatura y el mal. En él sostenía, influido por Freud, que todo aquello que debe ser reprimido para hacer posible la sociedad —los instintos destructivos, “el mal”— desaparece sólo en la superficie de la vida, no detrás ni debajo de ella, y que, desde allí, puja para salir a la superficie y reintegrarse a la existencia. ¿De qué manera lo consigue? A través de un intermediario: la literatura. Ella es el vehículo mediante el cual todo aquel fondo torcido y retorcido de lo humano vuelve a la vida y nos permite comprenderla de manera más profunda, y también, en cierto modo, vivirla en su plenitud, recobrando todo aquello que hemos tenido que eliminar para que la sociedad no sea un manicomio ni una hecatombe permanente (...). Gracias a esa libertad de que ha gozado en ciertos períodos y en ciertas sociedades, existe la gran literatura, dice Bataille, y ella no es moral ni inmoral, sino genuina, subversiva, incontrolable, o postiza y convencional, mejor dicho muerta. Quienes creen que la literatura se puede ‘adecentar’, sometiéndola a unos cánones que la vuelvan respetuosa de las convenciones reinantes, se equivocan garrafalmente: ‘eso’ que resultaría, una literatura sin vida y sin misterio, con camisa de fuerza, dejaría sin vía de escape aquellos fondos malditos que llevamos dentro y estos encontrarían entonces otras formas de reintegrarse a la vida. ¿Con qué consecuencias? El de esos infiernos donde ‘el mal’ se manifiesta no en los libros sino en la vida misma, a través de persecuciones y barbaries políticas, religiosas y sociales. De donde resulta que gracias a los incendios y ferocidades de los libros, la vida es menos truculenta y terrible, más sosegada, y en ella conviven los humanos con menos traumas y con más libertad. Quienes se empeñan en que la literatura se vuelva inofensiva, trabajan en verdad por volver la vida invivible, un territorio donde, según Bataille, los demonios terminarían exterminando a los ángeles. ¿Eso queremos?”.

Teniendo en cuenta la extensa nota citada, el que se equivoca garrafalmente es Vargas Llosa: tanto se equivoca que pasa de sostener con Bataille que la literatura no es moral ni inmoral, y en renglones seguidos afirma sin rodeos que no es bueno empeñarse en buscar una literatura inofensiva. Pues, entonces, si se va a la búsqueda de una literatura ofensiva, y eso por liberación de fondos malditos personales, ¿acaso las ofensas no piden a gritos un plano moral? Y tanto se equivoca que al solo oponerse a lo que el denominada literatura “adecentada”, está dando a conocer su deseo de que la literatura sea indecente (o “indecentada”). Pero esto, una vez más, conduce inevitablemente a una posición moral. Vargas Llosa parece no poder distinguir la presentación del mal tratado con buen arte literario, de hacer del arte un trato con el mal para hacer mal. En “Los Demonios” de Fiodor Dostoievski, se ven aparecer las más grandes lacras del alma humana, pero bajo un arte maravilloso que eleva el espíritu. En Vargas Llosa, por el contrario, lo que se ve muchas veces es la simple liberación de bajos instintos relatados con deliberada minuciosidad, y que fácilmente se descubre la baja intención de querer hacer partícipe al lector de una sensación pasional coincidente con la que el autor tiene en su imaginación y que deja estampada en el papel. En cierta oportunidad un periodista le pregunta al escritor peruano sobre una de sus últimas novelas: “Cinco esquinas se abre con una escena erótica que marca parte de la novela. ¿La prueba de que una escena así funciona es que excite al lector?” Y la respuesta –como si se tratase de una sabiduría suprema- fue: “Si una novela en la que el erotismo desempeña un papel importante no excita al lector es que ha fracasado”. La sola respuesta indica el fracaso de la obra literaria. La verdad que gastar horas y horas de vida en el armado de una novela para lograr que alguien se exite, es descender más como persona; es una burla al lector; es un desaire al arte. Pienso lo que hubiera ocurrido si el texto se hubiera iniciado con un atentado, y si el reportero hubiera preguntando: “¿La prueba de que una escena así funciona es que haga terrorista al lector? Imagino la respuesta del peruano.

Para explicar con más claridad lo anterior, lamentablemente me veo obligado a recurrir a un ejemplo un tanto torpe: si la literatura (o cualquier arte) quedase liberado del plano moral, podría relatar algunos pasajes de lo más bajos que pueda presentarse en imaginación alguna tocante a la madre del autor peruano, y el autor no tendría porqué ofenderse. En definitiva, si me escudo en eso que él sostiene de que el arte no es moral ni inmoral, debería él mismo aceptar sin queja alguna las indecencias más irreproducibles que puedan imaginarse respecto a su progenitora. Y esa misma idiotez la usada en pintura o escultura (y nuevamente en literatura) para que, escudados en ella, poder ofender con indecibles blasfemias, por caso, a Dios o la Virgen. La propuesta vargallosiana de un arte sin moral, es la afirmación de que puede hacerse algo estando uno plenamente despierto pero inconsciente; en otras palabras, es decir que uno es plenamente consciente del arte que hace, al mismo tiempo que es totalmente inconsciente de ese mismo arte (solo en la inconsciencia no interviene la moral). Lo sostenido por Mario es ir contra el principio de no contradicción, lo cual, manifiestamente conduce a la locura.

Si la literatura es la “vía de escapa para los fondos malditos que llevamos dentro”, ¡hay de aquellos que no saben escribir o que no quieren hacerlo! Una inmensa mayoría de la humanidad quedaría condenada a no poder liberarse de las profundidades malignas que moran en lo más hondo de su ser. Esta suerte de principio bondadoso y general establecido por Vargas Llosa, es una mera artimaña que encubre lo siguiente: la blancura del papel no modificará la negrura de un alma; y un alma gustosamente ennegrecida puede tornar al papel blanco en una profunda, extensa y repugnante cloaca. Es una moda en la novela moderna el verse obligada a rendirle pleitesía a los bajos instintos: busca sensaciones rebajando a eso el espíritu; como si se tratase de un requisito indispensable de admisibilidad para ser dada a luz, la referida hechura artística debe al menos en una de sus páginas, destinar unas líneas a descripciones acabadas de sexo. Así, en vez de elevar embota el alma. Parece que hay quienes conciben a la literatura como una posibilidad de trasladar inmundicias detalladas y enumeradas, que al tiempo que entenebrecen más a su autor, puede contribuir a la decadencia de potenciales lectores. Eso en modo alguno es buena literatura, y acaso sirva, entre otras cosas, para sugerir a su hacedor visite a un psicólogo o a un psiquiatra. Ciertamente y en alguna medida el arte es curativo, pero a condición de que no se lo estropeé como remedio. Mal haría quien, para curar una enfermedad, a lo que puede servirle como medicina curativa le inoculare veneno.

Vargas Llosa apunta –en confesión turbia- que la mera exposición de fondos malditos evitará ciertos hechos dados en la vida misma. Textuales palabras: una literatura “adecentada” “dejaría sin vía de escape aquellos fondos malditos que llevamos dentro” trayendo como consecuencia “esos infiernos donde ‘el mal’ se manifiesta no en los libros sino en la vida misma”. Pero con esa sandez en la que parece deleitarse, no se da cuenta que solo alcanza una retroalimentación de lo mismo, haciendo que el fondo abunde más en tinieblas, y, por dicha abundancia, es lógico que más luego se desborde hacia afuera. Se aplica aquello dicho por Cristo: “de la abundancia del corazón habla su boca”. Una cosa es usar el arte para ayudar en la superación de los males, otra cosa es usar los males para hacerle mal al arte. Vargas Llosas a esto no lo ve. No para nada descabellado pensar que el catálogo de bajezas que se encuentra en muchas obras escritas, refieran vivencias personales concretas, pero que gozan temporalmente del silencio de las paredes.

Pienso que Vargas Llosa con su crítica al feminismo radical ha querido abrir el paraguas, para cubrirse de futuras quejas que bien sabe le pueden caer debido a la situación de bajeza en que coloca a la mujer en varias de sus obras. Digamos que el escritor aporta elementos para que haya movimientos que busquen con eso justificarse más. Pero, ¿a quién le quiere hacer creer el autor peruano que las feministas radicales atacan las “inmoralidades”? ¡Qué nadie se confunda! Ellas practican con gusto el exhibicionismo y pregonan el asesinato de los más indefensos. Vargas Llosa quiere limpiar su imagen: no sabe que los fondos malditos hallados en los papeles no son precisamente los que ayudarán a limpiar nada.

Como será que Vargas Llosa no puede ni siquiera sostener su invención de un arte exento de moral, que tiene que terminar hablando de ángeles y demonios, pero con una falacia demasiado maligna: él se hace pasar por los pertenecientes al grupo angelical, cuando, en verdad, está a las claras apoyando el bando de los demonios.

https://elpais.com/.../2.../03/16/opinion/1521215265_029385.html

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