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Viernes, 20 de Julio 2018


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Escribe: P. Mario Arroyo.- Todos los años los cristianos recordamos un suceso único en la historia de la humanidad: la resurrección de Jesucristo. ¿Qué significado adquiere para nosotros este hecho? En realidad no es posible definirlo en breves líneas pero, entre otras cosas, podemos decir que es motivo de inquebrantable esperanza. Los creyentes tenemos el reto de asimilarlo bien; si lo conseguimos, la resurrección nos vuelve, en expresión de san Josemaría, “inasequibles al desaliento.”

¿Por qué? De una forma misteriosa pero al mismo tiempo real, el cristiano intuye que en la resurrección de Jesucristo encuentra a su vez la fuerza para resurgir personalmente. Dicho teológicamente, la misma fuerza que levanta a Cristo del sepulcro es la que nos hace levantarnos de nuestras caídas. El mismo que se levanta de la muerte hace resurgir, las veces que sea preciso, a nuestra alma de la muerte espiritual. No existe forma de colmar la paciencia de Dios, no queda espacio ni excusa para el desaliento, siempre podemos, como el ave fénix, resurgir de nuestras cenizas, en una especie de resiliencia inagotable, cuya fuente es espiritual.

 

La resurrección nos otorga también la seguridad de que en algún momento en nosotros se verificará lo que ya ahora en Él es realidad: que la muerte es definitivamente vencida y comenzamos a participar de la verdadera vida, la vida plena que no conoce ocaso, ni dolor, ni enfermedad, ni muerte. De esta forma despoja de su hierro, de su veneno y oscuridad, a la única realidad que tenemos absoluta certeza de experimentar todos los hombres: la muerte.

Liberados del temor a la muerte podemos afrontar con confianza el desafío de la vida, la aventura del existir cotidiano. Por ello la resurrección de Jesús colma de esperanza y de luz nuestra existencia. Incluso, ante hechos humanamente devastadores, como la pérdida inesperada de un ser querido, el dogma de la resurrección nos da la certeza, en medio del dolor, de que no es un adiós definitivo sino un hasta luego, y de que finalmente encontraremos, purificados, los amores nobles que hayamos cultivado aquí en la tierra, potenciados y llevados a su plenitud a través del amor de Dios.

Lo dice en forma muy hermosa el Papa Francisco en Evangelii gaudium (la alegría del evangelio), texto programático de su pontificado y esclarecedor de su espiritualidad:
“Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable”.

Y no es que Francisco cierre los ojos a la realidad, al mal que aqueja el mundo; sencillamente los abre también a la acción de Dios, que tampoco está “ocioso” en la historia. “Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden (añadiríamos de nuestra cosecha: corrupción que nos asombra). Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce fruto. En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible.

Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible. Esa es la fuerza de la resurrección” (Evangelii gaudium, 276).

El cristiano debe ser realista, no puede olvidar la Cruz, donde Cristo, su modelo, está clavado por amor a él, pero sabe también que la Cruz no es la última palabra. A la Cruz sigue la resurrección, y con esa clave hermenéutica, afronta esperanzado, los desafíos de su vida, los avatares de una existencia empeñada en hacer de este mundo un lugar más digno de los hijos de Dios, más acorde al Corazón de Cristo, un lugar donde ya ahora comiencen a saborearse los frutos de la resurrección, sin desanimarse ante las dificultades, aparentes retrocesos, o el difundirse de la oscuridad en el mundo y el corazón humano. La fe le da la certeza de que el poder de la resurrección es insuperable y de que la bondad de Dios es mayor que la miseria humana.

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