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Sábado, 20 de Octubre 2018


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Escribe: Tomás González Pondal.-  Como si fuera un argumento de fondo y contundente, ciertos abortistas manifiestan: “Ya sé tus razones. ¿No tenés nada nuevo?” Como si en la reiteración de las buenas razones hubiera algún mal o como si el mal radicase en el hecho de que no se den nuevos argumentos. No se trata de nuevas razones, se trata de las razones eternas, que, como tales, atraviesan el tiempo. De algún modo son siempre viejas y de algún modo son siempre nuevas. No matar al ser humano en gestación no es algo nuevo. Basta saber que no debe liquidarse a un nasciturus porque no corresponde asesinar, no porque ahora contemos con el ADN. El ADN viene a confirmar lo bueno del respeto de siempre, no a proponer un respeto recién ahora. Quiero repetirlo: el ADN solo viene a reforzar el respeto que siempre se tuvo por el ser que se está gestando. Ciertamente el ADN es un dato científico nuevo: pero el ADN existe no porque la ciencia lo haya descubierto, sino que la ciencia lo ha descubierto porque siempre existió. Ni la biología ni la genética inventaron el ADN, simplemente lo hallaron. Pero la novedad de poco ha servido para los ciegos. Nada sirve para el que no quiere ver. De modo que me es fácil concluir: el afán de vanguardia no cura a los ciegos.

Tratándose de un embarazo, el hombre común espera con ansias transcurran los nueves meses pues nacerá un ser humano; no hace cálculos mortales, solo considera el tiempo en orden a una alegría mayor. El abortista, en cambio, es un malabarista de la muerte, que considera con obsesión el tiempo para ponerlo al servicio de la destrucción humana.

Si una abogada sostiene en favor del aborto que la maniobra es permitida porque “el feto no sabe escribir poemas” (Julia Mengolini), frente a mi crítica, recibo el “genial” argumento de otro abortista diciendo que no entiendo el deslumbrante sarcasmo utilizado por la favorecedora del aborto. Alguien puede justificar el lanzamiento de varias bombas atómicas para destruir a la humanidad, fundado en que aún el hombre no ha alcanzado el nivel evolutivo del capitán Spock. Y si usted efectúa una crítica, todavía le queda escuchar de alguno de los descollantes intelectuales modernos, el reproche consistente en que: “no entendiste el sarcasmo”. También es imperdible toparse con aquellos que sostienen que “seria largo y verdaderamente inútil hablar sobre este tema”, pues afirman que “nadie va a cambiar su posición sobre el aborto”, y, como si se olvidasen de lo que afirman, se la pasan discutiendo a más no poder. Si van a dar discusión, no aconsejen no hablar. Y si no quieren hablar, mejor que no digan nada.

 

Se lo ha tenido (y se lo tiene) a Stephen Hawking como un científico riguroso al que jamás le gustó mezclar su pensamiento con la fe, y me temo que aquí hay un gran engaño. Stephen Hawking fue fue el padre de un impresionante acto de fe, nada más que del acto de fe más absurdo que puede emanar de quien ha sido considerado una lumbrera científica: literalmente, solo es posible sostener lo del Big Bang de Stephen, haciendo un acto de fe en un postulado irracional, y que, por ser tal, no tiene prueba (es imposible que la irracionalidad encuentre prueba); solo se sostiene en esa creencia circunscripta al absurdo. La teoría del Big Bang tal como fue ideada por Hawking, solo puede probar una sola cosa: que se trata de una creencia irracional en un dogma irracional, cuestión que aleja al astrofísico del riguroso científico por el que se lo tenía. La teoría anti-orden del Big Bang pergeñada por el astrofísico mencionado hizo delirar al mundo, el cual no dudó en consagrarlo como el summum de la inteligencia, y a su teoría como un dogma incuestionable, tan incuestionable que es enseñado en los colegios como si fuera una verdad indiscutible.

No se trata de cualquier Big Bang, se trata de uno que se justifica a sí mismo; que viene de la nada; autoproducido; y que niega a Dios como Creador. Pero me quiero centrar ahora en lo siguiente: se trata de un punto que explotó (caos) y del cual no solo pretende hacerse creer que vino una vida, sino todas las vidas. En resumen, con el Big Bang de Hawking tenemos a una parte importante del mundo que cree como dogma de fe que de un punto caótico salió toda vida, todo orden. Ahora, si a esa gran porción de ese mundo se le dice que hay vida humana desde la concepción, vida humana en un pequeñísimo ser al que con total desprecio se lo llama célula insignificante, se niega a adherir a esa realidad. Cree que de un punto sin orden salió todo vida, mas no admite que en un pequeñísimo ser haya vida humana.

Stephen Hawking no ha probado nada (tampoco habrá jamás prueba del absurdo) sobre su Big Bang, pero gran parte del mundo cree en su creencia. La ciencia realmente probó que hay vida humana desde la concepción, y gran parte del mundo rechaza esa rigurosidad científica.

Cuando usted luche por la defensa de la vida del nasciturus, encontrará a personas contrarias a su posición, las que, entre otras cosas, le harán saber que ellos son “muy serios”. Le dirán cosas como: “Hablando en serio, médicamente una persona deja de existir como tal cuando se produce su muerte cerebral. Allí esa persona deja de existir. ¿Entonces cuando una persona comenzaría a existir como tal? En el momento en que se forma el sistema nervioso central. Y eso es a los 120 días de su concepción. Esto más allá de las creencias religiosas recibidas durante la infancia que condicionan el razonamiento científico.” A esta clase de seriedad como la transcripta le encanta encuadrarse siempre en el marco del “razonamiento científico”. Son “extremadamente serios” porque dicen fundarse en la ciencia. Pero su seriedad es de lo más poco seria. Su seriedad consiste en la torpeza inadmisible de que aprueban una muerte cerebral porque ciertos científicos así lo han determinado, pero rechazan que haya vida humana desde la concepción siendo que la ciencia (la genética) lo ha probado. Vale decir que es el tipo de “seriedad” a la que le encanta acogerse a la ciencia pero solo “cuando me conviene”.

El grado de seriedad científica poseído por algunos es tal, que no alcanzan a ver realmente la realidad más lógica: que gracias a que hay vida humana se puede llegar al desarrollo de un sistema nervioso; y no es que gracias a un sistema nervioso se puede llegar a tener vida humana; en otras palabras, el indicado sistema se da gracias al compuesto humano, y no viceversa. En el momento de la concepción se encuentra primeramente la actividad de la forma sustancial humana, y no, un sistema nervioso desarrollado que vendrá después. El dato dado es evidente y hasta reconocido involuntariamente por los “serios”. Dicen que: el sistema nervioso se forma a los 120 días, cosa que incluso es errónea, pues el desarrollo formativo de todo el ser empieza desde la concepción. El alma es el principio vital del organismo, principio que unifica y que da movimiento inmanente, y es quien informa a todo el ser. El cientificismo de nuestros expertos atacados los hace comprometerse a rajatabla con una fecha, esto es, 120 días, la cual corresponde a un desarrollo material. ¿Y qué tiene que ver esto? Que como eso presenta cierta relatividad propia del desarrollo corporal, se daría el caso de que, si se produjera la completa formación del sistema nervioso a los 121 días, o a los 122 días, o a los 123 días, entonces, ¿no habría ser humano? La comparación con la llamada muerte cerebral les cae en su contra de manera completamente destructiva: es el proceso vital el que subyace en los desarrollos, y gracias a él se dan esas formaciones. El poder del proceso vital concede oportunamente acabamiento al sistema nervioso, pero, reitero, prueba con manifiesta evidencia que, dado que ya hay vida humana, es que más luego se puede producir una formación orgánica determinada. Para colmo de maravillas el ADN presenta una organización desde el inicio, a la que solo resta ir desarrollándose.

No me espanta cuando escucho del adversario que no debo trascender la ciencia humana. Siempre vienen con esa falacia. Como si la ciencia debiera desligarse de la inscripción eterna de “no matar”. No se advierte aquí el punto básico de sentido común: la ley eterna que pide respetar la vida del más indefenso de los seres humanos, es, paradójicamente, hasta lo más científico que existe. Lo más irracional que hay es pretender un apoyo científico para destruir a la maravilla llamada vida humana.

El argumento “serio” de la muerte cerebral, para de ahí proceder al aborto de seres humanos, me hace recordar a la gente que “vive muerta” descripta en el poema de Becker:

“muertos son los que tienen muerta el alma
y viven todavía.
(...)
Por eso hay hombres que en el mundo viven,
y hombres que viven en el mundo muertos.”

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