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Martes, 21 de Agosto 2018


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gnosis

Escribe: P. Mario Arroyo.- Respecto de Dios caben diversas posiciones: creyente, ateo y en medio una amplia zona nebulosa conformada por los agnósticos. La franja de personas que establecen la duda sobre Dios como principio vital es cada vez más extensa y suele ir acompañada de una buena preparación académica. Parece ser la actitud más honesta posible: “no tengo certeza, lo más correcto es decir que no sé”.

Dicha postura denota la humildad de reconocer que no se sabe, pues no se puede “demostrar” (por lo menos lo que se entiende por demostración en las ciencias duras), contándose, aparentemente, con argumentos fuertes tanto a favor como en contra de su existencia. Parecería presuntuoso concluir en cualquiera de los dos sentidos, o sencillamente se trataría de la proyección de los deseos personales, más o menos conscientes.

En el mundo intelectual desde hace tiempo está de moda el agnosticismo. Queda bien y, sobre todo, uno no se compromete demasiado con nadie, escapando así a las consabidas etiquetas descalificadoras y discriminatorias. Es una posición “a cubierto”, más segura, pero también la más cómoda.

 

Ahora bien, ¿podemos vivir ignorando un asunto tan medular en la existencia humana?, ¿da lo mismo saber que no saber? En realidad, se configuran de hecho dos visiones antagonistas de la vida y, aunque no lo confesemos con los labios o el intelecto, nuestra conducta termina manifestando por la vía de los hechos en qué creemos: en Dios o en su ausencia, pues en ambos casos se trata de una creencia.

Las decisiones que tomamos, así como las valoraciones de los hechos que hacemos, muestran finalmente una perspectiva vital abierta o no a la trascendencia. Ponen en evidencia si el horizonte de nuestra vida está limitado a lo tangible y medible, a la dimensión exclusivamente temporal, y por tanto cerrado a otra vida, clausurado a la trascendencia. O, por el contrario, si nuestras decisiones y opiniones muestran nuestra apertura a la realidad espiritual y son consistentes con la idea de que no todo se juega en esta vida, estando abiertas al misterio.

Es oportuno señalar que la apertura al misterio no es sinónimo de irracionalidad o superstición, por el contrario, puede mostrar una visión más racional, pues es consciente de los límites de la propia razón.

Un atento y sincero análisis de nuestras decisiones pone de manifiesto si, en el fondo, creemos o no, si vivimos como si todo se jugara a la carta de la temporalidad o no. Dicho examen nos impulsaría a una toma de postura sincera, clara, auténtica, que se desmarca de modas preconcebidas o del prurito de quedar bien con todos y ser aceptados por la opinión políticamente correcta. También saldría a la luz, por lo menos en el tamiz de nuestra conciencia, si nuestra actitud agnóstica es auténtica o responde a moda, conveniencia o la cobardía de tener que afrontar las críticas del establishment pseudo-intelectual del momento. Es más cómodo vivir como si Dios no existiese y, a la inversa, aceptar su existencia compromete la nuestra.

Dos ejemplos recientes muestran cómo estas perspectivas ofrecen visiones antagónicas del mundo y, por tanto, de lo moral y correcto. El caso de David Goodall, científico de 104 años que va Suiza para recibir la eutanasia, o el de todo el sistema jurídico británico que negó la posibilidad de vivir a Alfie Evans, condenándolo a la eutanasia en forma inapelable y contra la voluntad de sus padres.

En ambos casos se considera a la muerte como “misericordiosa”, “buena”, “una opción moral”. Esta posición solo es consistente si el único horizonte de referencia posible es esta vida, y la única realidad que existe es material, donde no hay espacio para lo espiritual, ni para otro tipo de valor no tangible. La vida humana pierde así su carácter sagrado, no se ve cómo un don recibido, como preludio de algo mayor y diferente. Una postura abierta a la trascendencia y a lo espiritual considerará inmorales ambas decisiones, porque mira la vida como un don y considera que no solo existen variables materiales a la hora de valorarla. Por eso no se siente con la autoridad de disponer de ella en forma definitiva, aunque el interesado ya no quiera vivir o la vida no ofrezca una perspectiva de salud y bienestar.

En cualquier caso, sea uno creyente, ateo u agnóstico, queda siempre la obligación moral de buscar la verdad cara a la propia conciencia, y solo ahí sabremos si nuestra posición es auténtica o responde a conveniencia. Pero también ahí intuimos que daremos cuenta de la comodidad, cobardía o indolencia para buscar la verdad y construir la vida sobre ese cimiento.

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