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Martes, 21 de Agosto 2018


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MarchaVidaLima Ximena 050518

Escribe: P. Mario Arroyo.- Una vez repuestos del impresionante espectáculo de la Marcha por la Vida, puede ser oportuno hacer algunas reflexiones para intentar sacar las consecuencias que se desprenden de tan extraordinario evento. Es la segunda ocasión en la que tengo oportunidad en participar, y si tuviera que pensar una palabra que lo resumiera todo, esta sería: esperanza.

Esperanza porque, para mi sorpresa, el grueso de la marcha estaba conformado por jóvenes, muchísimas mujeres, me atrevería a decir que la mayoría. Esto último es fundamental, pues la mujer es “el santuario de la vida” y, finalmente, la que está vital y existencialmente comprometida con la transmisión de la vida o con su ocaso, por el aborto. La mujer está involucrada de tal forma con la causa de la vida o de la muerte, que resulta consoladoramente esperanzador ver que son muchísimas y son jóvenes quienes secundan la vida. Algún especialista en teoría de conspiración y hermenéutica de la sospecha podrá objetar que eran “acarreadas”. De primera mano y a simple vista no parecía así; por el contrario, se desbordaba la algarabía, la alegría no simulada, el compromiso con un ideal y una causa. Eso no se improvisa ni se actúa, se siente, se vive, se transparenta.

 

Un segundo concepto que viene a la mente al recordar la marcha es la pluralidad. En efecto, es evidente que el principal promotor de la marcha es el Arzobispado de Lima. Este año, además, la Iglesia ha dado un acorde maravilloso de unidad, pues “no han dejado solo” al Cardenal, como si la marcha fuera su capricho u obsesión. Han participado el Nuncio Apostólico y el Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, transmitiendo así al mismo tiempo una imagen de unidad y de compromiso por la vida por parte de toda la Iglesia peruana. Pero la pluralidad iba más allá de los límites de la Iglesia: una vez más, disciplinados como siempre, participaron muchísimos evangélicos comprometidos con el evangelio de la vida. Pero el pluralismo se dejó ver allende las fronteras de lo religioso. Pese a que se busca presentar como un acto confesional, lo cierto es que se veían a bastantes parejas jóvenes con niños que iban por propio pie, sin representar a ningún grupo. Hubo una nutrida –tal vez interesada, ¿por qué no?- concurrencia de personalidades políticas; apoyaron la marcha también homosexuales, algunos de ellos activistas de su causa, y personas comprometidas con la denuncia del machismo y la violencia contra la mujer.

Este último rubro es importante, pues algunas personas y agrupaciones que gustan lucrar del sufrimiento ajeno, o ponerse condecoraciones que no han ganado, pretenden presentar el falaz combo, según el cual el aborto es una forma de violencia contra la mujer o, más light, que si me opongo al feminicidio y a la violencia en contra de la mujer, debo apoyar el aborto, o por lo menos no secundar la vida. La Marcha por la Vida fue un contundente “mentís” a tal abuso conceptual, pues bastantes personas indignadas por la violencia en contra de la mujer, encarnada recientemente en los casos de Jimenita, Eyvi y María Elizabeth, marcharon también en defensa de la vida, en defensa de la mujer no nacida, en protección de la mujer que puede sufrir trauma post-aborto. En resumen, hay una gran diversidad de formas de pensar y de causas sociales y políticas que confluyen, sin embargo, en defensa de la vida.

La Marcha contó también, como va siendo tradición, con un elemento de contraste. Mientras en un sentido marchaban 800 mil personas a favor de la vida, en sentido inverso marcharon unas 40 o 50 a favor del aborto (lo que vi con mis ojos). A pesar de que ese hecho denota una actitud provocativa –nadie pierde el tiempo en ir a manifestarse en contra de estos colectivos-, que evidencia falta de respeto, educación y civilidad, tiene también una lectura positiva. En efecto, pone en evidencia el respeto y la civilidad de los pro-vida y es un elemento de contraste patente y contundente de hacia dónde va la sociedad. Por más que la dictadura de lo políticamente correcto, los medios y los políticos muchas veces fomenten la cultura de la muerte, el pueblo elige la de la vida.

Ahora bien, este balance positivo no justifica caer en una actitud triunfalista. La Marcha constituye cada año un triunfo más contundente, al que no le ha correspondido el adecuado eco mediático y político. Hace falta capitalizar, también políticamente, la marcha, para que la voluntad pro-vida del pueblo se concrete en leyes y en una cultura, también mediática, a favor de la vida. Eso todavía no sucede y, frecuentemente, los que defendemos la vida somos reactivos. La marcha nos recuerda el deber improrrogable de tomar la iniciativa a favor de la vida en las instituciones públicas.

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