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Miércoles, 19 de Setiembre 2018


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Escribe: Juan Manuel de Prada (España).- Cuando supe que se había muerto María Dolores Pradera me golpearon las lágrimas; en lo que ya se nota que soy caballo viejo y cansao, un corazón amarrao al que, cuando le sueltan las riendas, se desboca. Pero ¿cómo no iba a llorar? Creo que María Dolores Pradera fue la primera mujer de la que estuve enamorado, tras haberlo estado de mi madre. O, para ser más exacto, tendría que escribir que estuve enamorado de María Dolores Pradera a la vez que de mi madre; porque, durante algún tiempo, pensé que María Dolores Pradera y mi madre eran la misma persona.

En mi recuerdo más remoto me desperezo placenteramente entre las sábanas con apenas tres años, en un aire perfumado por la flor de la canela; y llega hasta mis oídos la voz de mi madre, cantando las canciones de María Dolores Pradera desde el baño, o mientras se azacaneaba en los fogones, o mientras recorría las habitaciones con un plumero en la mano. Yo a mi madre siempre la veo (me basta cerrar los ojos para hacerlo) con jazmines en el pelo y rosas en la cara; siempre me ha parecido que iba perfumada de magnolia, rociada de mañanita; y cuando paseaba de su mano por las calles de Zamora me sentía un caballero de fina estampa que la llevaba hacia los zaguanes y los patios encantados, las plazuelas y los amores soñados. Luego, cuando dejé los pantalones cortos, mi madre me cantaba, para reprocharme mi desapego: «Y cuando al fin comprendas / que el amor bonito / lo tenías conmigo...». Y, en fin, cuando en la turbia adolescencia me embroncaba con ella, mi madre me lanzaba los mismos reproches y advertencias que María Dolores Pradera: «¡No me amenaces! ¡No me amenaces! / Cuando estés decidido a buscar otra vida, / pues agarra tu rumbo y vete. / Pero... ¡no me amenaces! ¡No me amenaces! / Ya estás grandecito, ya entiendes la vida, / ya sabes lo que haces». Echo la vista atrás y siempre recuerdo a mi madre con una canción de María Dolores Pradera en los labios. Todas las efemérides de mi corazón están ligadas a los boleros y las rancheras, los tangos y los valsecitos que cantaba María Dolores Pradera. Toda mi infancia tiene música de María Dolores Pradera y voz de mi madre, que allá en los yacimientos dormidos de la infancia forman una sola persona, porque mi madre cantaba al menos tan bien como María Dolores Pradera, con la finura y el sentimiento de quien no necesita ponerse sentimental ni desgarrada para hacer vibrar de emoción a quien la escucha.

Las canciones de María Dolores Pradera que tantas veces he escuchado de labios de mi madre me enseñaron que sólo es español auténtico quien ama a todos los pueblos hispánicos y entona sus músicas. Luego supe que todas aquellas canciones no las había compuesto ella y que otros las habían cantado antes. Pero a un purista temerario al que se le ocurrió decirme una noche de copas que María Dolores Pradera había desgraciado alguna de esas canciones le largué un bofetón que lo tiró al suelo; pues fue como si me hubiese mentado a la madre. Muchos años después vi a María Dolores Pradera en sus películas juveniles, casi siempre al lado de Fernando Fernán Gómez (¡que tan genial no podía ser, si había dejado escapar a esa mujer!). También supe que María Dolores Pradera había tenido un largo idilio con el afortunado Luis Calvo, director de ABC, quien al parecer se moría porque ella le escribiese cartas; pero María Dolores Pradera sólo le escribió una, que se publicó en ABC cuando Luis Calvo murió. Es una carta que empieza admirablemente, con una mezcla de ironía, coquetería y pudoroso dolor que revela gran finura de alma –«Con gran esfuerzo y sentimiento te escribo por primera vez en mi vida, porque aunque no del todo analfabeta sí soy muy perezosa»– y termina de forma grandiosa, como sólo una española con retranca puede concluir la carta a un amante muerto: «Sólo te reprocho que no te hayas despedido de mí. Ahora dime a quién consulto yo. No tengo más remedio que comprarme una enciclopedia».

Pero yo creo que una mujer que nos ha llenado la vida de canciones tan bellas y llenas de sentimiento merece, allá en la otra vida, amanecer otra vez entre los brazos de quien más la quisiera en vida, despertar llorando de alegría como yo también espero hacerlo entre los brazos de mi madre, siendo otra vez un niño de tres años que la confunde con María Dolores Pradera, y callar su boca con mis besos, y que así pasen muchas muchas horas, tantas como tenga la eternidad. Y ahora voy a enjugarme las lágrimas, que he escrito todo el artículo con la mirada borrosa.

 

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* Publicado originalmente en  reproducido en La Abeja con autorización del autor

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