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Martes, 17 de Julio 2018


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bebito

Escribe: P. Mario Arroyo.- Hace unos días tuve la bendición de poder administrar el bautismo de emergencia a una pequeña nacida seismesina en neonatología de una clínica. Fue una experiencia maravillosa, con bata, guantes, cabello cubierto, tapabocas, al lado de los emocionados padres que sostenían a la pequeña de un kilogramo de peso, mientras yo derramaba tres gotitas de agua sobre su cabeza e invocaba al Dios Uno y Trino. En la sala había aún otra niña más pequeña, de 600 gramos, que luchaba por vivir, agitaba sus bracitos, estornudaba y tenía su pañalito. El equipo de enfermeras, unos verdaderos ángeles que derrochaban miel y cariño en el cuidado de los bebés.

¿Cuál es la diferencia entre estos niños prematuros, que luchan con su vida a la par de sus esperanzados padres y los niños que presumiblemente nunca verán la luz de legalizarse ahora el aborto en Argentina? Físicamente ninguna. La fatal diferencia es que unos son deseados y otros no. El derecho a vivir estriba el en deseo de un tercero, en la voluntad de alguien, cuando no en el capricho. La vida ya no es absoluta e inalienable, ya no responde a la dignidad, a un valor intangible. Sólo el deseo de otro hombre permite vivir al hombre, y si un hombre no es deseado, otro hombre tiene “derecho” a eliminarlo. La violencia se consagra como garante de legalidad, pues nada más violento que descuartizar a un niño en el vientre de su madre.

Hace tiempo, un buen amigo alemán me contaba, horrorizado, que el mismo médico que había colaborado en el parto de su mujer para traer al mundo a su hija, al terminar cambiaba de sala para practicar un aborto a otra mujer. No hubo solución de continuidad: primero una cosa, luego otra. Primero una niña deseada, luego un niño indeseado. La técnica al servicio del deseo en menoscabo de la dignidad. La vida humana solo vale si es querida.

El debate sobre el aborto hace mucho tiempo que dejó de ser racional. Ahora es cuestión de voluntad, de fuerza, de capacidad de imponer los propios criterios. Las armas no son entonces racionales, puede decirse ahora que, en la guerra, en el amor y en el aborto todo vale. Pero lo más eficaz es mentir y corromper. ¿Curiosa la inversión de la balanza de último momento en los legisladores argentinos?, ¿será que tuvieron una revelación?, ¿habrán visto la luz? No quiero levantar sospechas, pero es muy extraño, como extraña fue la injerencia de Soros en la campaña pro-aborto de Irlanda.

La legalización del aborto se ha servido siempre de la mentira: Roe vs Wade, juicio que en el lejano 1973 abrió la puerta al aborto en Estados Unidos. Años después Norma McCorvey escribió “I Am Roe” (“Yo soy Roe”), relatando cómo mintió en el juicio: nunca fue violada, era simplemente una chica con una vida sexual promiscua que quedó embarazada y fue contratada por el lobby abortista para “hacerse la víctima” (siempre es importante) y decir que había sido violada y quería abortar. Bernard Nathanson, el Rey del Aborto, que con sus propias manos practicó 75 mil, incluyendo a un hijo suyo, y que al ver cómo se defendían los fetos del aborto, gracias a las ecografías, abandonó esta práctica. Con el tiempo reconoció que mintió conscientemente sobre el número de abortos clandestinos y la mortalidad materna, para generar una opinión pública favorable al aborto. Infló las cifras, pues no existía ninguna fiable.

La lista de mentiras, juego sucio, presiones, etcétera, puede seguir. La política ahora es sexual, y el aborto es una pieza clave. Pero la estrategia básica es prescindir de la razón, incluso científica. Hay que apelar al emotivismo, a los sentimientos, a los casos límites exagerados, pero sobre todo, hay que exaltar la voluntad. No puede haber ningún límite para la libertad o la mal llamada “autodeterminación”. Solo mi voluntad, en este caso de la mujer, puede decidir quien vive y quien no, sin necesidad de ninguna explicación. En la ley argentina no cabe, ni siquiera, apelar a la objeción de conciencia: si el médico o la enfermera no lo quieren practicar, son obligados a ello, bajo pena de cárcel. Es una época de oscuridad, donde prima el capricho y se cierran los ojos a las evidencias científicas, las cuales muestran que el concebido tiene ADN diferente de la madre, y en él se contiene la información que condiciona su desarrollo en forma ininterrumpida desde que es embrión hasta su muerte. No importa, solo importa si quiero o no tenerlo, no hay que explicar nada más, la prepotencia se hace derecho y desplaza a la justicia; la ley del más fuerte socaba la civilidad; la pantomima de la “legalidad” encubre la prepotencia.

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