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Miércoles, 26 de Setiembre 2018


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Escribe: Juan Manuel de Prada.- Tenía yo entendido (así me lo enseñaron en la escuela) que las revoluciones las impulsaban desde abajo los humillados y ofendidos, alzados contra gobernantes y plutócratas voraces que los explotaban y oprimían. Lo que en la escuela no me enseñaron es que luego, misteriosamente, todas las revoluciones acababan degenerando en regímenes dictatoriales o incluso totalitarios (por supuesto, tampoco me explicaron en la escuela la diferencia entre una dictadura y un régimen totalitario, tal vez porque no hay régimen más totalitario que la democracia, cuando deja de ser forma de gobierno para convertirse en fundamento de gobierno, como ocurre hoy ante nuestros ojos legañosos). Y que tales regímenes, controlados por las élites revolucionarias, acababan usando de mayor despotismo que los gobernantes y plutócratas voraces derrocados.
Pero ya se sabe que las escuelas son instrumentos de control social a través de los cuales se moldea la conciencia de las nuevas generaciones, para convertirlas en jenízaros al servicio del pensamiento hegemónico establecido. Conformémonos, sin embargo, con el concepto de revolución que nos transmitieron en la escuela. Aceptemos que una revolución es un conflicto que se desata cuando las masas, descontentas ante calamidades sociales notorias e intolerables, se alzan contra las élites que ocupan el poder, forzando su desalojo. Sé que es una definición naïf que ninguna persona con juicio crítico puede tragarse sin sonrojo; pero nuestra época ha alimentado a las gentes con una alfalfa que aniquila el juicio crítico. Asumamos esta definición y tratemos de aplicarla a las revoluciones de nuestra época. Comprobaremos enseguida que no funciona.

Tomemos cualquiera de las revoluciones globales en boga, por ejemplo la llamada ‘revolución feminista’. Si nos ceñimos a su versión autóctona, descubriremos, por ejemplo, que la huelga feminista del pasado mes de marzo fue apoyada, entre otras personalidades, por... (¡oh, sorpresa!) la reina Letizia y Ana Patricia Botín. También, por cierto, por todos los líderes y lideresas de opinión con púlpito mediático y sueldo fastuoso. ¡Qué revolución tan rarita, córcholis! Vuelvo la vista atrás y no encuentro ninguna revolución popular que fuese apoyada por reyes, banqueros y millonetis. Por el contrario, descubro que tales personajes emplearon todos los medios a su alcance (y eran medios crudelísimos) para reprimirlas; descubro que no tuvieron empacho en solicitar la intervención del ejército, en divulgar las intoxicaciones más atroces sobre sus cabecillas y en enviarlos al cadalso. Exactamente lo contrario ocurre en estas revoluciones hodiernas, que más bien parecen una operación sistémica concertada por los poderosos de la tierra, en connivencia con toda la prensa sistémica del mundo mundial. Porque, si uno prueba a estudiar los apoyos que estas revoluciones poseen ‘a nivel global’... ¡cáspita! Resulta que uno se tropieza con los siguientes apellidos: Soros, Obama, Gates, Hilton, Rockefeller... ¡Pero si son apellidos de gobernantes y plutócratas! ¿No eran estos, exactamente estos, los opresores y explotadores contra los que se levantaban los humillados y ofendidos? ¿Mediante qué lindo birlibirloque han amanecido convertidos en revolucionarios? ¿Desde cuándo las revoluciones son auspiciadas, patrocinadas y aplaudidas por las élites del poder mundial y los gerifaltes del turbocapitalismo?

Y, volviendo la vista atrás, descubro que todas las revoluciones últimas obedecen al mismo esquema. Me acuerdo entonces de una frase intimidante que en cierta ocasión leí a Pier Paolo Pasolini: «El neocapitalismo se presenta taimadamente en compañía de las fuerzas del mundo que van hacia la izquierda. En cierto modo, él mismo va hacia la izquierda. Y yendo (a su modo) hacia la izquierda tiende a englobar todo lo que marcha hacia la izquierda». Y me acuerdo también de una reflexión sobrecogedora que Aldous Huxley desliza en el prólogo de Un mundo feliz: «En la medida en que la libertad política y económica disminuyen, la libertad sexual tiende a aumentar. Y el tirano hará bien en alentar esa libertad. En colaboración con la libertad de soñar despiertos bajo la influencia de los narcóticos, del cine y de la radio, la libertad sexual ayudará a reconciliar a sus súbditos con la servidumbre, que es su destino».

Y entonces, por fin, entiendo por qué las élites del poder mundial y los gerifaltes del turbocapitalismo promueven estas revoluciones de falsa bandera.

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