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Martes, 16 de Octubre 2018


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Escribe: Mario Linares.- Fue necesario que todo un país fuera invadido y ocupado para forzar un tratado. No había otra manera y todo ello pasaba por destruir la escuadra peruana.

Solo tres barcos "aptos" para el combate. Destruida la Independencia por un caso fortuito, solo quedaban dos aptos, pero uno solo era la escuadra, uno solo era el Perú en los mares, uno solo, su comandante y su tripulación.

1879, 8 de Octubre, 9.50am, Punta Angamos. Un proyectil impacta en el puente de mando del Huascar.

Atrás quedó doña Dolores Cavero y sus hijos en Piura, los agasajos y reconocimientos en El Callao y Arica; atrás su inicio en la vida de mar a los 9 años como aprendíz de grumete; atrás su bautizo de fuego en el Combate de Abtao en donde, ironías de la historia, al lado de buques chilenos se enfrentó con éxito a parte de la escuadra española antes del Combate del 2 de Mayo; atrás, las correrías famosas del Huascar, un barquito menor comparado con los blindados chilenos pero que a pesar de su ventaja quedaban una y otra vez humillados por la pericia de Grau, llegando inclusive en alguna ocasión a situarse entre dos blindados chilenos impidiendo el cañoneo de ellos pues temían dañarse, pero no el suyo. Atrás quedó el Almirante Williams Rebolledo destituido al no poder hacerle frente retrasando con ello todos los planes de invasión y causando con ello preocupación en los financistas británicos y desasosiego en el pueblo chileno que se arrepentía de haberse enfrascado en la guerra.

Atrás las oraciones ante el cuadro de Santa Rosa que presidía su camarote; atrás las famosas correrías que nunca afectaron puertos indefensos más si fortificaciones portuarias y embarcaciones bélicas; atrás el paseo por costas chilenas causando temor en puertos y caletas que permanecían sin iluminación para evitar ser atacadas mientras se reportaba su avistamiento en varias localidades - al mismo tiempo -, mientras toda la escuadra chilena lo perseguía en el Callao; atrás la captura del transporte Rimac tomando como prisioneros a todo el regimiento de caballería Yungay; atrás el haber roto el bloqueo de Iquique y en donde ante los humos a distancia del Huascar y de la Independencia y desafiando la orden del chileno Prat de dar combate, la Virgen de Covadonga al mando del "bravo" Condell - marino mediocre y borrachín -, pegó la huída junto con el transporte La Mar quien izó bandera estadounidense, imaginamos, para estupor y rabia de Prat y sorpresa de Grau.

Algunos afirman que el curso de la guerra pudo haber cambiado si Grau luego de hundir La Esmeralda a punto de espolonazos, cañoneo y metralla, en vez de dedicarse a recoger sobrevivientes chilenos, hubiese perseguido a Condell y hundido su buque. Nosotros creemos que esa conjetura, es eso nada más, una conjetura, que además se torna improbable pues siendo que ambos combates fueron paralelos, el Huascar no hubiese tenido tiempo de llegar.

Encallada la Independencia no por la habilidad chilena de navegar por arrecifes dado que Condell no conocía obviamente la costa peruana, este demostró ser de la misma ralea de quien fuera despúes el mayor criminal de la Guerra del Pacifico, el asesino, incendiario y saqueador Patricio Linch. Descargando todo el plomo que tenía sobre un barco que se hundía, sin asistir a sobrevivientes a nado, sino repasándolos a tiro de fusilería desde su cubierta, Condell para deshonor de su armada, pasó a estar en las antípodas de Grau.
En punta Angamos, uno tras otro los oficiales peruanos asumen el mando del Huascar, sin granadas Pallizer capaces de penetrar los blindados chilenos, quedándoles solo el espolonazo y batirse con la ametralladora de cofa para barrer las cubiertas enemigas, la frustración cunde cuando el monitor se inmoviliza del daño infringido por el bombardeo de seis naves ante lo cual se ordena el hundimiento abriéndose las valvulas del monitor. Paralizado, indemne, en pleno trance de sacrificio y de una final de leyenda, sin nada que disparar, el navío peruano fue abordado evitándose el hundimiento que en curso tenía varias cuartas de agua.

Los oficiales peruanos sobrevivientes arrojan sus sables al mar para no rendirlos y precisan que la driza que sostenía el pabellon nacional fue dañada por la metralla varias veces y que en cada oportunidad fue repuesta y que nunca el buque se rindió.

En la obra chilena "Adios al Séptimo de Línea", se describe que los restos de Grau, un pedazo de pierna enfundada en botín de cuero, fueron subidos al Blanco Encalada en absoluto silencio. Ya en cubierta, con gran respeto y marcialidad la marina chilena rindió honores a nuestro almirante reconociendo su valía, la de un hombre que no confundió la guerra con el crimen y que honró también al comandante enemigo por su comportamiento heróico devolviendo trofeos de guerra a su viuda. Cartas de Grau y de Carmela de Pratt atestiguan ello.

1879, 8 de Octubre, 9.50am, Punta Angamos. Grau deja este mundo y nos regala su epopeya.

Cuando niño, recuerdo el minuto de silencio en su honor, recuerdo que los policías detenían el tránsito, que la gente bajaba de sus autos y de pie todo era silencio. Hoy, los jóvenes no saben quién fue ese gran peruano ni lo que hizo ni que el curul antiguo que se conserva al pie de la mesa de dirección del Congreso le pertenecía cuando fue diputado por Paita. No saben nada. Da pena, es algo que debe enmendarse pues se les está privando de sentimientos de agradecimiento y de orgullo por la entrega y hazañas de Grau, por su sacrificio, por haber cumplido la promesa de no volver al Callao sin el Huáscar. Se están perdiendo la experiencia de estar henchidos de emoción los 8 de octubre recordando que ese buquecito que custodiaba el mar del Perú al mando de Grau, era una tremenda bestia de acero en el mar que vomitaba fuego y causaba ansiedad y pavor al enemigo y que a pesar de ser muy inferior al Blanco Encalada y al Cochrane, no se rindió jamás.

Grau, al igual que Bolognesi y sus hombres en el morro y en cada calle de Arica; al igual que el taita Cáceres en la serranía peruana luchando con sus campesinos soldados, hasta el último cañonazo, hasta el último cartucho, hasta la última piedra de huaraca, respectivamente, gritaban mezclando pisco y pólvora, ¡Viva el Perú! ¡El Perú no se rinde carajo! ¡Grau, marino epónimo de nuestro mar, peruano ilustre, buen esposo, padre ejemplar, católico ferviente, legado de todas nuestras generaciones!

¡Salve, gran Almirante Miguel Grau! ¡Honor y gloria para el más grande marino que el Pacífico ha conocido!

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